El sueño no llega. O llega en fragmentos rotos, como cristal pisoteado. Pedazos filosos de inconsciencia que cortan más que descansan.
Me quedé despierto hasta las cuatro de la madrugada, fumando en el balcón de mi suite. Observando la ciudad dormida. Las luces parpadeantes. Los secretos escondidos en edificios oscuros. Pensando en la mujer al otro lado de la puerta sin cerradura.
Cuando finalmente me arrastré a la cama, el sueño que vino fue errático. Sueños de sangre y contratos. De su padre riéndose con whisky en mano, diciendo "cuídala, Cuervo" segundos antes de que las balas encontraran su cráneo. De Romina caminando hacia mí con un vestido que se convertía en sudario. De puertas que se abrían solas.
Me desperté a las seis y media con la boca seca y un dolor de cabeza que latía al ritmo de mi pulso.
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas como acusación. Gris. Fría. Indiferente a los pactos nocturnos y las guerras silenciosas.
Me duché en agua casi hirviendo. Dejando que el calor quemara la fatiga. El vapor llenó el baño de mármol negro, convirtiendo el espacio en nube de olvido temporal. Hubiera querido quedarme ahí. En ese limbo blanco donde los problemas se disuelven en vapor.
Pero los imperios no se construyen desde la ducha.
Me vestí con cuidado. Traje gris oscuro. Camisa blanca sin corbata—todavía recuerdo la sensación de nudo de horca de anoche. Gemelos de plata. Los mismos de siempre. Pequeño ritual de supervivencia.
Siete y cuarto. Hora de enfrentar el primer día de mi nueva vida.
3.1. El Desayuno de Guerra
Bajo las escaleras con pasos medidos. La casa está en silencio. Ese silencio particular de lugares grandes con pocas personas. Opresivo. Artificial.
Teresa ya está despierta. Por supuesto que sí. La eficiencia no duerme. Ha preparado café—puedo olerlo desde el segundo piso. Arábica tostado oscuro. Amargo como la verdad.
El comedor es otro ejercicio de minimalismo brutal. Mesa de vidrio y acero. Sillas que parecen más arte que mobiliario. Vista panorámica del jardín posterior, donde nada crece todavía porque la casa es demasiado nueva. Solo tierra preparada. Potencial sin cumplir.
Me siento en la cabecera. Posición de poder. Costumbre.
Teresa aparece con una bandeja. Café negro. Tostadas. Mermelada que probablemente sea artesanal y cara. Huevos revueltos con algo verde que podría ser cilantro o perejil. No pregunto.
"¿La señora...?" Teresa deja la pregunta suspendida. Todavía no sabe cómo navegar esta nueva dinámica.
"Déjala dormir," digo. Sorprendentemente generoso de mi parte. O estratégicamente calculado. "Fue una noche larga."
Teresa asiente y desaparece con la gracia de quien ha aprendido a ser invisible.
Bebo el café. Está perfecto. Odiosa perfección. Como todo en esta casa diseñada para impresionar más que para vivir.
Reviso mi teléfono. Diecisiete mensajes de texto. Tres llamadas perdidas. Dos correos urgentes. El imperio no duerme tampoco.
Lorenzo (Tesorero): "Necesitamos hablar. Hay un problema con las cuentas del norte."
Florencia: "Buenos días, Don. Espero que la noche de bodas haya sido... productiva."
Puedo sentir el veneno goteando de ese mensaje. La Serpiente nunca pierde oportunidad para recordarme que está observando.
Miguel: "Tres coches sospechosos rondando el perímetro a las 3 AM. Tomé placas. Dos registradas a nombre falso. Una a un conocido de Killian."
La Mantis. Claro. Haciendo reconocimiento. Midiendo defensas. Planeando.
Ignoro los mensajes por ahora. Primero necesito más café. Y un plan para el día.
El plan se complica cuando escucho pasos en las escaleras.
Ella está despierta.
3.2. La Aparición de la Reina
Romina baja las escaleras como si fuera su casa. Como si yo fuera el invitado. Postura erguida. Pasos seguros. Nada de la incertidumbre de anoche.
Ha cambiado el vestido de novia por algo más práctico: pantalones de lino negro, blusa de seda blanca, cabello recogido en cola alta. Sin maquillaje. No lo necesita. La belleza estructural de su rostro no requiere artificio.
Sus ojos tienen sombras debajo. No durmió bien tampoco. Pequeña satisfacción.
"Buenos días," dice. Neutral. Ni cálido ni hostil. Como saludo entre colegas en reunión de negocios.
"Buenos días," respondo. Mismo tono. Mismo territorio neutral.
Se sienta. No en el otro extremo de la mesa—eso sería demasiado obvio—sino tres sillas a mi derecha. Distancia calculada. Ni muy cerca ni muy lejos.
Teresa reaparece como invocada. "¿Café, señora?"
"Sí. Negro. Sin azúcar."
Interesante. Tomamos el café igual. Pequeño dato inútil que mi cerebro archiva de todos modos.
El silencio se instala entre nosotros. Incómodo. Pesado. Ninguno quiere ser el primero en hablar. Como si hablar primero fuera admitir necesidad.
Teresa trae el café. Otra taza. Otro platillo. El tintineo de porcelana contra porcelana es ensordecedor en el silencio.
Romina bebe despacio. Evaluándome sobre el borde de la taza. Esos ojos verdes diseccionando cada gesto mío. Buscando debilidad. Buscando patrón. Buscando la grieta en la armadura.
"¿Dormiste bien?" pregunto finalmente. Pregunta estúpida. Ambos sabemos la respuesta.
"Como bebé," miente. "¿Y tú?"
"Como tronco," miento también.
Más silencio. Este es más cómodo. Hemos establecido que ambos vamos a mentir. Ahora podemos continuar.
"Tengo reunión a las diez," digo. "Con Lorenzo y tres de los barones del distrito norte. Problemas con el territorio. Alguien está moviendo producto sin autorización."
No necesito decirle esto. Pero lo hago. Parte del trato de anoche. Transparencia selectiva.
"¿Quieres que vaya?" pregunta. No con entusiasmo. Con obligación. Cumpliendo su parte del contrato.
"No," digo. Ella parpadea, sorprendida. "Todavía no. Esta es reunión técnica. Números y amenazas. Nada que requiera el apellido Nivar. Pero esta noche..."