El restaurante tiene un nombre que nadie recuerda. Es deliberado. Los lugares donde se toman decisiones de vida o muerte no deben ser memorables. Deben ser borrables. Negables. El tipo de establecimiento que desaparece de los mapas si alguien pregunta demasiado.
Miguel nos escolta hasta una puerta lateral. Entrada discreta. Nada de pasar por el comedor principal donde gente común mastica filetes caros sin saber que a metros de distancia se decide quién vive y quién muere.
El pasillo es estrecho. Iluminación tenue. Alfombra roja que amortigua nuestros pasos. Como caminar sobre sangre silenciada.
Romina camina a mi lado. Su brazo todavía enlazado con el mío. Puedo sentir la tensión en sus músculos. Está lista para huir. O para luchar. Todavía no sé cuál.
Miguel abre una puerta. El salón privado se revela.
Y entramos al nido de serpientes.
4.1. La Anatomía del Poder
El aire en la mesa de roble es denso, pesado, como plomo recién fundido. Puedo saborearlo en la parte posterior de mi garganta. Metal y malicia.
Esta no es la boda. Esto es la junta directiva. Y la junta directiva solo entiende un idioma: la matemática de la lealtad y el costo de la desobediencia.
La mesa es enorme. Roble macizo que probablemente tiene cien años. Superficie pulida que refleja las caras de los hombres sentados alrededor. Doce rostros. Doce máscaras de civilidad sobre instintos de supervivencia.
Los doce Barones del viejo imperio Nivar. Cada uno controla un pedazo crítico del rompecabezas: los muelles, la distribución, el juego clandestino, los sindicatos, las rutas de lavado, los archivos que mantienen a políticos y jueces con la boca cerrada. Juntos, son medio continente de poder ilegal operando bajo fachada de negocios legítimos.
Y la mayoría de ellos, si pudieran, me ahogarían en el vino que rechacé anoche. Lo veo en sus ojos. Esa mezcla particular de resentimiento y cálculo. ¿Quién es este limpiador que ahora se sienta donde se sentaba un rey?
Me ajusto los gemelos de plata—ritual de supervivencia—y tomo mi lugar en la cabecera de la mesa. La silla es demasiado grande. Diseñada para un hombre más corpulento. El viejo Don medía metro noventa y pesaba cien kilos. Yo soy más delgado. Más joven. Más prescindible en sus ojos.
Pero estoy aquí. Y ellos están sentados. Esperando.
El único candelabro que ilumina la sala cuelga directamente sobre la mesa. Diseño deliberado. Proyecta sombras largas y nerviosas en las paredes. Hace que todos parezcan más grandes. Más amenazantes. Más monstruosos de lo que son.
Romina no está aquí todavía. Cinco minutos de retraso. Calculado. Aprobado por mí con un simple asentimiento esta tarde.
La Metáfora de Cenicienta Oscura: debe ser visible, pero no desesperada. Debe llegar después de que yo establezca presencia. Debe entrar como refuerzo, no como muleta.
Los Barones murmuran entre ellos. Conversaciones en voz baja. Evaluándome. Midiéndome. Buscando grietas en la armadura.
Reconozco a la mayoría:
Víctor Ochoa - Sesenta y dos años. Controla los muelles del este. Ex marinero convertido en magnate del contrabando. Manos como yunques. Cerebro como calculadora. Leal al dinero, no a las personas.
Ramón Silva - Cincuenta y ocho. Distribución terrestre. Red de camiones que mueven producto desde la frontera hasta el corazón del país. Tiene tres hijos. Los tres trabajan para él. Dinastía en construcción.
Patricia Mendoza - La única mujer Baron. Cuarenta y nueve años. Controla el juego clandestino. Casinos, apuestas deportivas, loterías ilegales. Fría como hielo. Calculadora como banquero suizo. Nunca sonríe. No necesita hacerlo.
Esteban Varela - El Padre. El Ciervo. Ya lo conozco. Ojos rojos de tanto llorar o beber. Probablemente ambos. Representa los intereses "espirituales" del Consejo. Código para: lava dinero a través de la Iglesia.
Y por supuesto, Florencia Iscariote - La Serpiente. Sentada dos sillas a mi derecha. Vestido rojo. Siempre rojo. Como advertencia. Como promesa. Como sangre que todavía no se ha derramado pero lo hará.
Hay otros siete. Menos importantes. Más reemplazables. Aprendices de tiburón en océano de megalodontes.
Florencia me sonríe. Es la sonrisa de alguien que sabe algo que tú no sabes. La sonrisa de quien tiene la respuesta del examen mientras tú todavía estás leyendo las preguntas.
"Dante," dice con voz como miel envenenada. "Qué honor finalmente comenzar. Aunque esperaba que tu... esposa... nos acompañara."
Antes de que pueda responder, la puerta se abre.
Y Romina entra.
4.2. La Entrada de la Reina
El silencio es instantáneo. Como si alguien hubiera presionado pausa en el universo.
Romina camina hacia la mesa con pasos medidos. Ni rápido ni lento. El ritmo exacto de alguien que sabe que todos los ojos están sobre ella y no le importa.
El vestido es de seda color carbón. No negro—eso sería luto. No gris—eso sería sumisión. Carbón. Como diamante antes de ser pulido. Potencial comprimido bajo presión extrema.
Modesto pero caro. Puedo ver la calidad en cómo la tela captura la luz del candelabro. En cómo se mueve con ella como segunda piel. Esto no es vestido de tienda departamental. Esto es haute couture. Esto es declaración de guerra en seda italiana.
Lleva el cabello recogido en moño bajo. Sofisticado. Sin un mechón fuera de lugar. El maquillaje es sutil—apenas se nota, pero transforma. Resalta los pómulos. Enfatiza los ojos. Crea máscara de control absoluto.
La única joya que permite: un broche de diamantes en el escote. Lo reconozco inmediatamente. Perteneció a Isadora Nivar. La madre del viejo Don. Reliquia familiar que se pasa de generación en generación. Símbolo de continuidad. De legitimidad. De sangre pura.