La Cenicienta original usó la magia para llegar al baile. Yo uso el odio y la seda. En la vida real, el carruaje no se convierte en calabaza a medianoche, sino que la carroza blindada se asegura de que regreses a tu jaula de cristal. Puntualmente. Eficientemente. Sin escapatoria.
He pasado toda la mañana en una sesión de tortura vestida de lujo. Tres horas y cuarenta minutos de manos extrañas tocando mi cuerpo, moldeándolo, transformándolo en algo presentable. En algo vendible.
Peluqueros que huelen a productos químicos caros. Maquilladores que hablan en idiomas que no entiendo mientras pintan mi cara como lienzo. Y una diseñadora de Milán—Milán, por supuesto, porque nada local es suficientemente bueno para la presentación de la nueva señora Murillo—que voló específicamente para vestirme.
Doce mil dólares en boleto de avión. Quince mil en honorarios. Más el vestido, que probablemente cuesta lo que gana una familia promedio en seis meses.
Mi cuerpo es la pieza central de Dante. Su primer gran anuncio público como nuevo Don. Y yo, la Nivar, tengo que ser una obra maestra. No para mi vanidad—hace años que la vanidad murió en mí, asesinada por soledad y exilio—sino para su guerra.
Soy el arma. Él es el tirador.
5.1. El Disfraz de la Reina
"Más alto," ordena Isabella, la diseñadora. Tiene acento italiano grueso como miel oscura. "La cabeza más alta. Eres reina, no sirvienta."
Enderezo la espalda. Levanto el mentón. La postura que me enseñaron en el internado suizo. Hombros atrás. Columna recta. Como si un hilo invisible me jalara hacia el cielo.
Buena postura es primera línea de defensa, decía Madame Rousseau, la instructora de etiqueta que parecía general nazi en traje Chanel. El mundo respeta la columna vertebral recta. El mundo devora la espalda encorvada.
Isabella ajusta el vestido por décima vez. Sus manos son rápidas, profesionales, pero cada toque se siente como invasión. Como recordatorio de que mi cuerpo ya no es completamente mío.
El vestido es azul medianoche. Tan oscuro que absorbe la luz. En ciertos ángulos parece negro. En otros, revela profundidades de azul como océano antes de tormenta.
Está adornado con diamantes. No muchos—Isabella tiene mejor gusto que eso—pero suficientes. Colocados estratégicamente en el escote. En la cintura. Lugares donde la luz los captura y los hace brillar como estrellas perdidas.
Es un color que recuerda a la lealtad que no existe. Azul de sangre real. Azul de antiguos linajes. Azul de mentiras bien contadas.
"Perfetto," susurra Isabella, dando paso atrás para admirar su obra. "Sei una dea. Una diosa."
No me siento como diosa. Me siento como maniquí en vitrina. Como objeto exhibido. Como propiedad valiosa que debe ser mostrada para validar la inversión.
Me acerco al espejo de cuerpo entero. El que instalaron en mi suite específicamente para esta transformación. Tres metros de cristal sin piedad que refleja cada detalle. Cada imperfección. Cada mentira.
La mujer que me devuelve la mirada es hermosa, sí. No puedo negarlo. La belleza está ahí, innegable. Estructura ósea perfecta heredada de madre que era legendaria por su apariencia. Piel clara sin manchas. Ojos verdes que brillan como joyas bajo las luces perfectamente colocadas.
Pero su belleza es una máscara. Lo veo en sus ojos. En la rigidez de su sonrisa. En la manera que sostiene su cuerpo—tenso, alerta, listo para huir o luchar.
Es máscara de buena educación y dignidad que me costó años forjar en el internado de la soledad. Donde aprendí que mostrar dolor es invitar abuso. Que la vulnerabilidad es debilidad. Que sobrevives escondiéndote detrás de perfección pulida.
Es el disfraz perfecto para la esposa estable y dócil que Dante necesita para su carrera.
Excepto que no soy dócil. Y la estabilidad es actuación que perfecciono cada día con más esfuerzo del que nadie imagina.
"Pareces la joya de la corona, señora Murillo," dice Isabella con admiración genuina. Como si acabara de pintar obra maestra. Como si yo fuera su Mona Lisa personal.
"Solo soy la corona," respondo. La voz apenas un susurro. Corrección que ella no entiende pero que necesito decir en voz alta.
No soy la joya. Soy el contenedor. La estructura. La cosa que sostiene lo valioso pero que en sí misma es solo metal moldeado.
Isabella se ríe, pensando que es modestia. No lo es. Es precisión brutal.
5.2. La Inspección del Dueño
La puerta se abre sin aviso. Por supuesto que sí. La cerradura que instalamos es solo para la puerta del vestidor. Esta puerta principal de la suite sigue siendo territorio compartido.
Dante entra vestido con esmoquin impecable. Tom Ford, si no me equivoco. Negro perfecto. Camisa blanca almidonada. Corbata de seda que probablemente cuesta más que el vestido de novia promedio.
Se ve... bien. Odio admitirlo. Pero objetivamente, se ve bien. El traje transforma al limpiador en líder. Al Cuervo en Don. Es armadura tan efectiva como la mía.
No me mira. Me escanea.
Sus ojos se mueven sistemáticamente. De arriba abajo. Evaluando. Midiendo. Buscando fallas. Es mirada que he visto doctores usar cuando examinan pacientes. Clínica. Despersonalizada. Eficiente.
Se detienen en mi rostro. Hermoso. Inexpresivo. Letal en su control.
"¿Y la sortija?" pregunta. Refiriéndose al anillo que discutimos ayer. El anillo de compromiso que nunca recibí. El anillo de bodas que usé una vez y luego guardé en cajón.
"No la necesito," respondo. Voz más fuerte que el susurro de antes. Voz que reclama espacio. "La tinta de nuestros contratos ya dejó marca en mi piel. Las marcas visibles son redundantes."
Pausa. Mantengo su mirada.
"Además, mis manos están ocupadas sosteniendo este imperio."
Es provocación. Pequeña. Pero provocación al fin. Recordándole que no soy solo decoración. Que tengo función. Que soy necesaria.