La reina que se niega a ser esclava.

Capítulo 6: La Decisión Final

Un jugador de ajedrez no se queja de las piezas que le tocan. Simplemente calcula la forma más eficiente de usarlas. Es matemática fría. Estrategia despojada de emoción. El sentimentalismo es para quienes pueden permitirse perder.

Mi vida era la que todos decían que querían. Dinero. Apellido. Educación en los mejores internados de Europa. Acceso a círculos donde la entrada cuesta más que vidas enteras. La princesa del imperio criminal más poderoso de la región.

Pero siempre había sido una ilusión. Jaula dorada es todavía jaula. Exilio elegante es todavía exilio. Y el amor parental que nunca recibí no se compensa con cuentas bancarias en Suiza.

Ahora, como esposa de Dante Murillo, mi rol era de pieza en tablero que no elegí pero que debo jugar. Y yo no iba a ser un peón. Los peones son sacrificables. Desechables. Se mueven hacia adelante sin poder retroceder hasta que los eliminan o—en raras ocasiones—llegan al otro lado y se transforman.

Yo no necesitaba transformarme. Ya era lo que necesitaba ser.

Iba a ser la Reina. La pieza más poderosa. La que se mueve en todas direcciones. La que protege al Rey pero que también puede destruir imperios.

6.1. El Santuario de Secretos

Llegamos a la mansión pasada la medianoche. El Bentley se desliza por el camino de grava como fantasma regresando a su tumba. Las luces de la casa están encendidas—Teresa nunca duerme hasta que regresamos, fiel como perro guardián.

Miguel abre la puerta. Dante sale primero. Revisa perímetro con ojos entrenados. Buscando sombras que no deberían estar ahí. Movimientos sospechosos. Amenazas potenciales.

Nada. Esta noche, al menos, estamos seguros.

Me ofrece la mano para ayudarme a salir. Lo acepto. No por necesidad—puedo salir de un coche sin asistencia—sino por mantener apariencias. Incluso frente a nuestro personal, el teatro continúa.

Entramos en silencio. El vestíbulo está demasiado iluminado. Demasiado brillante después de la oscuridad del coche. Tengo que parpadear varias veces para ajustar la visión.

Teresa aparece desde algún pasillo. Como siempre. Como si tuviera sexto sentido para nuestras llegadas.

"¿Necesitan algo?" pregunta con voz suave. Profesional. Nunca invasiva.

"No," responde Dante. "Retírese. Ha sido noche larga."

Ella asiente y desaparece. Dejándonos solos en el vestíbulo demasiado grande de esta casa demasiado fría.

"Necesitamos hablar," dice Dante. No es pregunta. Es declaración.

"Sí."

"Mi oficina."

"La biblioteca sería más privada."

Me mira con expresión que no puedo leer. Luego asiente.

"La biblioteca entonces."

La biblioteca privada de Dante es santuario. Caja fuerte de caoba y cuero con más secretos que libros. Aunque hay muchos libros—cientos, quizás miles—alineados en estanterías que cubren tres paredes completas del piso al techo.

Primeras ediciones. Clásicos. Algunos probablemente valiosos. La mayoría nunca leídos. Comprados por peso y apariencia más que por contenido. Decoración para impresionar visitantes.

Pero hay algunos—los que están en el escritorio, los que tienen marcadores, los que muestran desgaste—que Dante realmente lee. Maquiavelo. Sun Tzu. Biografías de hombres poderosos que cayeron estúpidamente. Aprende de errores ajenos. Inteligente.

El único sonido es el crepitar controlado del fuego en la chimenea. Alguien lo encendió antes de nuestra llegada. Preparación. Todo en esta casa es preparación. Nada es espontáneo. Nada es casual.

Las llamas proyectan sombras danzantes en las paredes. Luz naranja que hace que todo parezca más dramático. Más cinematográfico. Como si estuviéramos en escena de película noir en lugar de vivir realidad brutal.

Dante cierra la puerta. No con llave—no necesita hacerlo. Nadie entrará sin permiso.

Se dirige al bar. Mueble antiguo de nogal con colección de licores que probablemente vale más que coche promedio. Whisky escocés de treinta años. Coñac francés. Ron cubano que es oficialmente ilegal pero accesible si conoces a las personas correctas.

Se sirve whisky. Macallan. Doble. Sin hielo. Lo sostiene sin beber. Como si el acto de servir fuera ritual más importante que el consumo.

No me ofrece. Sabe que no lo quiero. He visto lo que el alcohol hace a hombres de poder. Cómo disuelve juicio. Cómo revela secretos que deberían permanecer enterrados.

Mi padre bebía cuando estaba nervioso. Cuando las cosas salían mal. Cuando las paredes se cerraban.

Bebía mucho en sus últimos meses.

"Siéntate," dice Dante. Gesto hacia los sillones de cuero frente a la chimenea.

"Prefiero estar de pie."

"Como quieras."

Se sienta. Yo permanezco de pie junto a la ventana. Observando mi reflejo en el vidrio oscuro. La mujer en el vestido azul medianoche que parece heroína trágica de ópera italiana.

Quién es ella, me pregunto. ¿La conozco todavía?

6.2. La Revelación de La Mantis

"¿Quién es el Zorro, Dante?" pregunto finalmente. Rompiendo el silencio. Refiriéndome al mensajero de Aurora Killian. Al hombre con cicatriz que apareció como fantasma y desapareció igual.

Dante bebe. Pequeño sorbo. Saborea. Traga.

"Un cobarde con boca rápida," responde. Voz neutral. "Trabaja para Aurora desde hace... cuatro años, creo. Hace el trabajo sucio que ella no quiere hacer. Mensajes. Reconocimiento. A veces intimidación menor. Nunca mata. No tiene estómago para eso."

"Pero Aurora sí."

"Aurora tiene estómago para cualquier cosa." Pausa. "El mensaje era de La Mantis. Personal. Dirigido. Te ha visto, Romina. En el evento. Antes también, probablemente. Y te ha puesto un precio."

Las palabras flotan en el aire como humo. Envenenando. Sofocando.

"¿Cuánto?" pregunto. Curiosidad mórbida. ¿Cuánto vale mi vida en el mercado negro de asesinatos?

"No lo sé. Todavía. Miguel está investigando. Pero no es sobre el dinero." Se inclina hacia adelante. Codos en rodillas. "Aurora cree que eres el eslabón débil para llegar a mí. Elimínate a ti, me desestabiliza a mí. Sin legitimidad Nivar, el Consejo se fractura. Los Barones se rebelan. El imperio colapsa."




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