La reina que se niega a ser esclava.

Capítulo 7: La Belleza Vendida

7.1. El Espectáculo de la Ilusión

Mi vida siempre ha sido el espectáculo que otros quisieron. Yo solo una actriz que aprendió a interpretar el papel que le asignaron. Hija modelo. Estudiante ejemplar. Heredera elegante. Esposa obediente.

Máscaras que me pongo y me quito según la audiencia. Según la necesidad. Según lo que se requiere para sobrevivir otro día en este mundo donde mostrar tu verdadero rostro es invitar al cuchillo.

Hoy, el rol es La Reina sobre el Tablero. Y el vestuario debe ser perfecto.

Teresa toca la puerta de mi suite a las nueve de la mañana. Tres toques suaves. Siempre tres. Como si fuera código.

"Adelante," digo desde el vestidor. Estoy revisando opciones. Demasiadas opciones. Un armario lleno de vestidos que no elegí. Ropa que Dante ordenó. Que diseñadores enviaron. Que stylists curaron.

Nada es realmente mío.

Teresa entra con bandeja. Café negro. Tostadas que no voy a comer. Fruta cortada con precisión geométrica. Desayuno que es más arte que nutrición.

"El señor Murillo solicita su presencia en su oficina," dice con voz neutral. "Dice que es urgente."

"¿Cuándo?"

"En media hora, señora."

Asiento. Teresa deposita la bandeja y desaparece. Eficiencia silenciosa que aprecio más de lo que expreso.

Treinta minutos. Suficiente para decidir quién seré hoy.

Elijo el vestido que Dante me hizo poner—aunque "elegir" es generoso cuando hay una sola opción real. Es trampa de satén color medianoche. Simple. Sin adornos. Pero diseñado para recordar que bajo toda la seda, yo soy la pieza más peligrosa.

No es el azul de hace dos noches. Este es más oscuro. Más profundo. Como océano en su parte más honda donde la luz no llega y las criaturas son monstruosas.

El corte es perfecto. Se ajusta como segunda piel. No es sexy de manera obvia—no hay escote dramático, no hay raja hasta el muslo. Pero es sexy de manera subliminal. En cómo se mueve. En cómo sugiere sin mostrar. En cómo promete sin entregar.

Es vestido de mujer que sabe exactamente qué es y qué vale.

No uso joyas de la familia Nivar. Las guardo en caja de seguridad. No por sentimentalismo—hace tiempo que el sentimentalismo murió—sino por estrategia. Son demasiado obvias. Demasiado llamativas. Dicen "heredera" con demasiada fuerza.

Hoy necesito decir algo diferente.

Bajo a la oficina de Dante exactamente a las nueve y media. Puntualidad es respeto. O al menos fingimiento convincente de respeto.

La puerta está entreabierta. Toco dos veces de todos modos.

"Entra," dice su voz desde dentro.

La oficina está bañada en luz matinal que entra por ventanas enormes. Dante está de pie frente a su escritorio, no sentado. Está revisando documentos. Varios. Esparcidos en superficie como cartas de tarot prediciendo futuro.

Me mira cuando entro. Evaluación rápida. De arriba abajo. No es mirada lasciva—aunque hay algo ahí, enterrado bajo capas de control. Es mirada táctica. ¿Funciona el vestuario? ¿Proyecta lo que necesitamos proyectar?

Debe funcionar porque asiente con aprobación mínima.

"Perfecto," dice. "Acércate."

Obedezco. Camino hacia el escritorio. Tacones hacen clic suave contra madera pulida. Sonido que anuncia llegada. Que marca territorio.

"Hoy vamos a la subasta," dice sin preámbulo. "De arte. En el distrito financiero. Comienza a las dos. Necesitamos estar ahí a la una y media. Entrada estratégica."

"¿Subasta?" Pregunto. No estaba en el plan que discutimos anoche. O si lo estaba, no lo mencionó.

"Cambio de último minuto. Miguel recibió información esta mañana. El Zorro estará ahí. Aurora lo envía a observar. A recopilar inteligencia. A evaluar si somos vulnerables."

"¿Y vamos a demostrarle que somos vulnerables?"

"Vamos a demostrarle exactamente lo que queremos que vea. Que eres hermosa. Enamorada. Un poco tonta. Completamente inofensiva."

Sonrío con ironía. "Inofensiva. Eso es nuevo para mí."

"Por eso funcionará. Nadie te ha visto así. Todos te han visto como la heredera fría. La princesa de hielo. La Nivar que no sonríe. Hoy sonríes. Hoy eres la esposa enamorada que no sabe nada de negocios y solo quiere complacer a su marido."

La idea me revuelve el estómago. Interpretar a la idiota. A la decoración. A todo lo que he luchado por no ser.

Pero entiendo la estrategia. Y la estrategia es más importante que el ego.

"¿Y después?" pregunto.

"Después rompemos la ilusión. Demuestras que no eres tonta. Que sabes los números. Que eres socia, no accesorio. El Zorro reporta a Aurora. Aurora recalibra. Decide que eres amenaza mayor. Viene por ti más rápido."

"Y cuando venga, la atrapamos."

"Exactamente."

Abre cajón de su escritorio. Saca caja. No es la del anillo Nivar. Es diferente. Más moderna. Menos elegante.

La abre. Dentro hay brazalete. Oro antiguo. Pesado. Con diseño intrincado que parece más funcional que decorativo.

"Esto," dice, levantándolo, "es más que joya."

Lo examino más de cerca. El mecanismo de cierre es extraño. Más complejo de lo necesario. Con pequeño panel que parece fuera de lugar.

"Es rastreador," explica. "GPS integrado. Miguel puede monitorearte desde su tablet. Saber exactamente dónde estás en todo momento. Si algo sale mal—si Aurora decide acelerar el plan y atacar hoy—podemos llegar a ti en minutos."

Extiendo mi muñeca. "Ponlo."

Lo hace. Sus dedos rozan mi piel. Contacto inevitable pero que dura microsegundo más de lo necesario. El brazalete es frío. Pesado. Se asienta en mi muñeca como... cadena no es la palabra correcta. Como recordatorio. Como conexión forzada con el hombre que necesito pero que no pedí.

"Si eres el cebo," dice mientras asegura el cierre, su voz más áspera de lo normal, más íntima, "necesito saber dónde estás."

La aceptación de esa humillación—porque es humillación, no nos engañemos—es mi primera victoria del día. Porque él necesita esto más que yo. Su control depende de mi cooperación. Y yo acabo de dársela.




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