8.1. El Silencio de la Espera
La Mansión Murillo se ha convertido en bunker elegante. Bunker con mármol italiano y arte en las paredes, pero bunker al fin. Las ventanas están selladas con persianas blindadas. Las puertas tienen cerrojos adicionales que Miguel instaló esta mañana. Los guardias patrullan perímetro en turnos de dos horas.
Nos hemos estado preparando durante tres días. Tres días desde la subasta. Tres días desde que el Zorro reportó a Aurora que la esposa del Don no es decoración sino amenaza activa.
Tres días esperando que la Mantis haga su movimiento.
El estudio de Dante—convertido en centro de comando—huele a café frío y tensión acumulada. Solo el tenue zumbido de los servidores y el sonido de nuestras respiraciones. Y ocasionalmente, el clic de Miguel tecleando en su laptop. Monitoreando. Vigilando. Esperando señales.
Dante está de pie frente a cuatro pantallas gigantes que ocupan pared entera. Cada una muestra vista diferente del mismo lugar: un almacén abandonado en los muelles. El lugar que yo elegí para el intercambio.
No fue elección aleatoria. Estudié mapas durante horas. Revisé registros de propiedad. Hablé con contactos que Miguel me facilitó. Este almacén específico tiene historia. Fue propiedad de empresa fachada vinculada a Aurora. Cerró hace dos años después de "inspección de seguridad" que encontró demasiadas irregularidades.
Aurora lo conoce. Se sentirá cómoda ahí. Confiada.
Esa confianza es su debilidad.
"El Zorro llegó hace diez minutos," informa Dante. Su voz es baja y uniforme, sin una pizca de emoción. Como si estuviera comentando el clima. "Entró por entrada norte. Solo. Al menos visiblemente."
Señala pantalla superior izquierda. Puedo ver figura pequeña—hombre con la corbata de seda que ya es su marca registrada—caminando hacia el centro del almacén. Movimientos nerviosos. Como siempre. El Zorro es muchas cosas pero valiente no es una de ellas.
"Aurora no lo enviará solo," digo. No es predicción. Es certeza. "Sabe que le dimos un cebo demasiado inteligente. Sabe que esto podría ser trampa."
"Por supuesto que lo sabe." Miguel interviene sin levantar vista de su laptop. "Hemos detectado tres vehículos en radio de dos kilómetros. Dos sedanes y una van. Todos con placas falsas. Todos posicionados estratégicamente para cobertura o escape rápido."
"¿Ocupantes?"
"No podemos confirmar desde aquí. Pero asumo mínimo dos por vehículo. Quizás más en la van."
Hago cálculo mental. Entre seis y diez hostiles. Contra nosotros tres—Dante, Miguel y yo—más los cuatro hombres que Miguel posicionó en perímetro exterior.
Números no están a nuestro favor. Pero números nunca cuentan historia completa.
Estoy sentada frente al monitor principal. La adrenalina me hace temblar. No por miedo a morir—hace tiempo que acepté esa posibilidad como ocupacional—sino por miedo a fallar en mi venganza.
Este es mi momento de Decisión Final: demostrar que soy más que la hija de un Don caído. Más que la esposa decorativa. Más que el cebo en trampa de otro.
Soy cazadora también.
"Mi brazalete está activado," digo, tocando el oro pesado en mi muñeca. El rastreador que instaló Dante hace tres días. "Mi posición será segura. Miguel puede monitorearme en tiempo real."
"Hasta el segundo," confirma Miguel. "Y tengo equipo de extracción en espera. Tres minutos de tu posición. Si algo sale mal—"
"Nada va a salir mal," interrumpo. Más confianza de la que siento pero necesaria de todos modos. "Ella vendrá por mí. Quiere mi cabeza como trofeo. Como declaración de que los Nivar finalmente están extintos."
Dante finalmente se gira desde las pantallas. Me mira con expresión que no puedo leer completamente. Hay preocupación ahí—enterrada bajo capas de control pero presente. También hay algo más oscuro. Posesividad. Como si la idea de perderme—no por afecto sino por utilidad estratégica—fuera inaceptable.
"No te muevas del punto ciego hasta que te dé la señal," ordena. No es sugerencia. Es comando. "Si me equivoco en el timing, si Aurora llega antes de lo anticipado, si cualquier variable cambia..."
Deja frase incompleta. Pero termina en mi mente: te conviertes en la carroña que tanto me gusta recoger.
"Entendido."
"¿Armada?"
Levanto el borde de mi abrigo. Glock 19. La misma que Dante usa. Quince balas. Una en recámara. Me la dio hace dos días junto con tres horas de entrenamiento rápido en sótano convertido en rango de tiro.
"¿Sabes usarla?" preguntó entonces.
"Sé apuntar y apretar gatillo. El resto es física."
Sonrió. "Suficientemente bueno para distancia corta. No intentes ser francotiradora."
Ahora, mirando el arma en su funda bajo mi costilla, me pregunto si realmente seré capaz de usarla. De apuntar a ser humano y eliminar su existencia con pequeño movimiento de dedo.
Supongo que lo averiguaré pronto.
8.2. El Cebo se Mueve
El viaje al almacén toma veintitrés minutos. Miguel conduce. Dante va en asiento del pasajero. Yo estoy atrás del Range Rover blindado que Miguel aseguró esta mañana. Ventanas polarizadas. Chasis reforzado. Motor modificado para aceleración y velocidad.
Tanque de guerra disfrazado de SUV de lujo.
Nadie habla. El silencio es pesado. Lleno de pensamientos no expresados. De miedos no admitidos. De posibilidades que ninguno quiere verbalizar.
Miguel rompe el silencio cinco minutos antes de llegar.
"Última oportunidad para abortar," dice. Voz neutral. "Podemos dar vuelta. Decir que hubo complicación. Reprogramar."
"No," respondo inmediatamente. "Aurora esperó tres días. No esperará tres más. Si abortamos, ella sabe que tenemos miedo. Que somos débiles. Atacará cuando seamos más vulnerables."
"Romina tiene razón," agrega Dante. "Esto termina hoy. De una manera u otra."
Llegamos al punto de posición. Doscientos metros del almacén. Suficientemente cerca para ser visibles. Suficientemente lejos para tener opciones.