Precisamente Alicia ya casi había olvidado la gravedad de la situación, debido a lo surrealista de la escena que estaba presenciando. Aquellos dos hombres, ancianos, discutían delante de ella, a la que suponían dormida. Rodrigo, el que acababa de entrar y sorprender a su socio dormido, era un hombre que no tenía nada que ver físicamente con su compinche. Éste a diferencia de Amancio, mostraba un aspecto más juvenil. A pesar de su edad, lucía un bronceado saludable y una figura esbelta, lo que le confería una imagen mucho más saludable. Pronto se evidenció que era éste quien llevaba la voz cantante, y no sólo por el justificado rapapolvo emitido hacia el dormilón de Amancio.
—¿Es que te crees que esto es un juego? Esta gente se mueve en el campo como animales salvajes. Un descuido y somos paté de foie.
—Lo sé, Rodrigo. Llevamos dos noches sin dormir apenas, y sin comer…
—¡Sí, ya lo sé! Sin comer… Y más que vamos a seguir así. —Cambiando el tono, siguió Rodrigo—: Hay que pedir el rescate cuanto antes; tenerla retenida es un riesgo muy alto.
—Vamos a llamar por teléfono a…
—¡¿Teléfono?! —le cortó Rodrigo inmediatamente—. No puedes ser tan lerdo. Estos agroflautas ya ni conocen esa palabra. Hace años que no ven un teléfono.
—Pues tú dirás cómo vamos a hacerles llegar el mensaje.
Alicia no podía creerlo. Había sido secuestrada por dos idiotas que ni siquiera habían trazado un plan. Pensó que ese hecho tenía dos vertientes: una positiva y una negativa. La negativa era que la impericia de éstos podría dar resultados fatalmente inesperados. La positiva, sin embargo, le hacía pensar en una probabilidad muy alta de que aquel par de lumbreras cometiera un error. Ese error lo podría aprovechar en su beneficio. El flaco siguió hablando:
—Amancio, tranquilo. Ya lo tengo todo pensado. Tú tranquilo, siéntate a reposar la cena. —Amancio hizo un gesto desaprobando la ironía del otro—. Acabo de redactar una nota en la que ponemos nuestras exigencias y el modo de llevarlas a cabo. La colgaré antes de que despierten, en la plaza de su hediondo asentamiento.
—¿Sabrás llegar?
—No te preocupes por mí. Tú haz bien tu parte del trabajo. Asegúrate de que la nena esté quieta y no haga tonterías. —Hizo una pausa y mirando con pena a Amancio respondió a su pregunta—: Subiré por el mismo camino que nos llevó a donde atrapamos a la niña. Y creo que desde allí es todo hacia abajo hasta el poblado. Con el caballo estaré de vuelta en tres horas.
Rodrigo se acercó a Alicia y la zarandeó para comprobar que estuviera inconsciente. Alicia, atemorizada, se concentró en relajar todos sus músculos, para fingir estar desvanecida. El hombre se dio la vuelta para dirigirse a la puerta y mientras salía se volvió hacia Amancio y tensando la expresión de sus ojos, dijo:
—Si fallas, te mataré.
* * * * *
Daneel, de rodillas junto a lo que había sido Cástor, no pudo evitar un fogonazo en su interior. Pensó en la posibilidad de que su hermana se encontrara en unas circunstancias similares. No había tiempo que perder. Daneel cruzó una mirada con su tío, y se pusieron en marcha.
Tomó un pañuelo de su hermana que encontró en las alforjas de Samos, y se lo restregó a Pólux por el hocico. Daneel tenía la esperanza de que el perro realmente pudiera llevarlos hasta ella; había motivos para la esperanza, si bien ya les había conducido hasta Cástor. O eso era lo que creían, y en realidad lo que había ocurrido era que se lo habían encontrado en el camino de forma fortuita. Era lo único que tenía para aferrarse a la posibilidad de encontrar a su hermana en buenas condiciones.
El perro pareció entender la situación. En cuanto Daneel le puso la tela en el hocico, el perro hizo un quiebro, y empezó a correr en dirección norte. El tío Óscar, montado ya en su caballo, apremió a Daneel. Éste de un salto se subió a Samos, al que espoleó vigorosamente, mientras tiraba de las riendas hacia el perro, que se desvaneció en la negrura del bosque. Samos leía todos los gestos del cuerpo de Daneel, lo que se tradujo en un trote ligero, buscando un balance entre la premura de la situación y la necesidad de una prudencia que los mantuviera a salvo de cualquier accidente fatal.
Poco rato después de subir por la falda de la sierra en dirección a la cresta, llegaron al paso que daba acceso al otro lado; al valle de los «de fuera». En su corta vida Daneel no tenía recuerdos de cómo era el otro lado; al igual que su hermana, eran muy pequeños cuando emigraron; nada recordaba de su vida fuera de Edén. Naturalmente todo aquello le sobrepasaba. No sabía a dónde iba, ni qué podría encontrarse allí. Sin embargo, la compañía de su tío le tranquilizaba.
Óscar sí conocía el mundo exterior, sí había vivido allí. Su tío emigró al valle junto con sus padres y hermana cuando tenía treinta y ocho años. Había sido albañil, y llevaba cinco años sin un empleo estable cuando decidió marcharse con ellos. Sólo chapuzas que eran insuficientes para seguir allí. Cuando Leo le habló de unirse a los cesecés, no se lo pensó dos veces. Al mes siguiente los cinco iban en la caravana de camino a una nueva vida.
Lo primero que le impactó a Daneel, nada más alcanzar con la vista el valle del otro lado, fue aquel mosaico de luces anaranjadas que moteaban el terreno hasta donde le alcanzaba la vista. Eran como racimos de estrellas dibujando patrones caprichosos. En algunos de aquellos cúmulos, las luces se concentraban formando manchas más extensas. Era como si el firmamento hubiera decidido cambiar de lugar. Su tío le aclaró que allí era costumbre iluminar las zonas habitadas.