La residencia del espejo

Capítulo 4: El Reflejo Roto

La mañana siguiente en la oficina se sintió como una partida de ajedrez donde el tablero había sido alterado. Elena, siguiendo las directrices de Mateo, cruzó el umbral del edificio con una determinación renovada. Había pasado la noche organizando sus archivos y preparando un sistema de respaldo para cualquier comunicación con Víctor. Sin embargo, al entrar en su cubículo, un vacío gélido la recibió: su equipo de cómputo no estaba. En su lugar, había un aviso de "revisión técnica de seguridad".
​Víctor apareció casi al instante, con su sonrisa mecánica y una carpeta bajo el brazo.
​—Elena, qué bueno que llegas —dijo, manteniendo un tono de voz que pretendía ser profesional—. Hemos detectado un posible acceso no autorizado a los servidores centrales desde tu terminal. Por protocolo, debemos retener tu equipo hasta que se aclare la situación. Mientras tanto, tu acceso al sistema está restringido.
​Elena sintió que el pulso se le aceleraba. Era un movimiento de manual; Víctor estaba cortando sus líneas de comunicación, dejándola incomunicada y vulnerable. Sus manos, instintivamente, buscaron el borde de la mesa para estabilizarse, pero entonces recordó la voz de Mateo: "No reacciones. Él necesita tu duda".
​—Entiendo el protocolo, Víctor —respondió ella, con una calma que ni ella misma sabía que poseía—. ¿Podrías proporcionarme el número de incidencia oficial de IT para poder hacer el seguimiento del proceso?
​La sonrisa de Víctor vaciló apenas un segundo. No esperaba una respuesta analítica; esperaba un gesto de desesperación o un intento de defensa emocional.
​—Es un proceso interno, no te preocupes por eso ahora —respondió él, dándose la vuelta con una seguridad fingida—. Dedícate a organizar el archivo físico de la bodega mientras resolvemos esto.
​Elena lo vio alejarse. El movimiento de Víctor era claro: intentaba humillarla asignándole tareas de rango inferior y manteniéndola bajo observación constante. Pero, mientras se dirigía a la bodega, su mente, en lugar de fracturarse, comenzó a ensamblar el rompecabezas. Víctor necesitaba que ella fuera la responsable del fallo de seguridad. Si lograba que ella fuera despedida por una "falta técnica", su carrera quedaría marcada para siempre.
​Esa tarde, el colapso llegó, pero no fue de Elena. Fue una sobrecarga sensorial de ansiedad que ella logró transformar en una acción fría y deliberada. Se escabulló al área de mantenimiento, donde sabía que el servidor local de la planta baja no estaba conectado a la red de seguridad principal de la empresa. Conectó su unidad de almacenamiento personal —una precaución que Mateo le había insistido en preparar— y extrajo los logs de entrada y salida de su terminal durante los últimos tres días.
​Al ver la pantalla, la confirmación llegó como un golpe seco: el acceso no autorizado no había venido de su terminal, sino de la cuenta de administrador de Víctor, ejecutado desde su propia oficina a altas horas de la madrugada. Él mismo estaba manipulando los registros para incriminarla.
​Elena se sentó en el suelo frío de la bodega, con el corazón golpeándole las costillas. Ya no era la guardiana invencible, ni tampoco la víctima que lloraba en el baño. Era un sujeto en medio de una guerra de desgaste. Al salir, envió un mensaje cifrado a Mateo: "El enemigo ha movido ficha. Tengo las pruebas de la manipulación. El tablero es nuestro".
​Al cruzar la calle, sintió por primera vez en semanas que el peso de la armadura no era una carga, sino una herramienta. El reflejo que veía en los escaparates ya no era el de una chica rota, sino el de una estratega preparada para el contraataque.




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