Capítulo 1
Despertar con un hormigueo recorriendo todo tu cuerpo. Un calor deslizándose por tus muslos y subiendo hasta las mejillas. Esa incómoda certeza de haber sido tocada por algo —o por alguien— y, al mismo tiempo, saber que no es real.
Elena tardó unos segundos en regresar del todo. Su mente aún se aferraba a los restos del sueño, resistiéndose a soltarlos, como si al despertar perdiera algo importante.
No era una mañana cualquiera.
No desde hace una semana. El mismo sueño la atormentaba por las noches de aquel mes de marzo. Demasiado vívido. Demasiado cercano. No era tanto lo que había ocurrido… sino quién había aparecido.
Un hombre fuera de lo común. Alguien completamente ajeno a su vida. Ni siquiera reconocía su cara o su silueta. Un desconocido que, sin explicación alguna, había decidido irrumpir en sus sueños. Y lo había estado haciendo incontables veces.
—No puedo creerlo —susurró, aún recostada, con la mirada perdida en el techo.
Levantarse por las mañanas nunca había sido sencillo para Elena. El insomnio la acompañaba desde hacía tiempo, robándole las horas de descanso y dejándola atrapada en una vigilia interminable. Siempre tenía la sensación de que, si se dormía, algo importante ocurriría sin ella: un mensaje inesperado, una llamada tardía, algún detalle mínimo que, en su mente, justificaba permanecer despierta.
Cada mañana era una pequeña batalla.
Se levantaba justo a la hora exacta que le permitiera llegar al laboratorio de Neurociencias de la facultad de Biología con uno o dos minutos de margen. Sin desayunar realmente: solo café y alguna fruta, lo suficiente para engañar al cuerpo y mantener la glucosa estable. El resto lo resolvía más tarde, en los huecos del día, bajando a la cafetería por cualquier cosa que pudiera llamar “desayuno”.
Pasaba ocho o nueve horas en el laboratorio, procesando muestras, registrando resultados y analizándolos en busca de pequeñas conclusiones que, con suerte, aportarían algo significativo a su tesis doctoral.
La decisión de dedicarse a la investigación no había sido parte del plan inicial de Elena. Después de concluir una carrera en Química, trabajó durante dos años en distintas industrias farmacéuticas, siguiendo un camino estable, predecible… pero insuficiente.
Siempre había querido ir más allá de lo establecido.
Y mientras trabajaba, cursó una carrera en psicología en modalidad virtual. No fue una decisión impulsiva, sino una necesidad silenciosa: entender el comportamiento humano desde algo más profundo que lo observable, descomponerlo, casi como si también pudiera explicarse a través de reacciones, compuestos y estructuras invisibles.
Pero últimamente, ni la lógica ni la química parecían suficientes para explicarlo todo.
Como ese sueño.
La tenía atrapada. Tanto, que su concentración parecía haberse tomado el día libre.
—¡Elena a la una, Elena a las dos, Elena a las tres! ¿Hola? —la voz de Gerardo llegó desde algún punto del laboratorio, arrastrándola de vuelta a la realidad.
El desconcierto, al parecer, ya no era solo suyo.
—¿Sí? Mande… mande, perdón —respondió, un poco tarde, con un dejo de vergüenza mientras intentaba recomponerse.
—¿Todo bien contigo? —preguntó Gerardo, apoyándose ligeramente en la mesa, observándola con más atención de la habitual—. Nunca te había visto tan… ida.
Elena parpadeó un par de veces, como si eso bastara para volver del todo.
—Sí, sí… perdón. Es que… tuve mala noche.
Gerardo alzó una ceja, con una media sonrisa que ya anunciaba burla.
—¿Mala noche o buena noche? —replicó—. Digo, de todos modos, tú nunca duermes.
Elena soltó una pequeña risa por la nariz, más por inercia que por gracia, mientras desviaba la mirada hacia las muestras frente a ella.
—Algo así… —murmuró.
Gerardo no se movió.
—Ajá. ¿Y ahora sí vas a contar o lo dejamos en misterio?
Elena dudó apenas un segundo. Podía sentir aún ese rastro incómodo del sueño, como si se negara a desaparecer del todo.
—Es… complicado.
—Uy, eso suena interesante.
Ella negó suavemente con la cabeza, retomando el pipeteo como si eso cerrara la conversación.
—No, es algo que un ingeniero no entendería.
Gerardo soltó una risa breve.
—Oye, qué ofensiva.
—Realista —corrigió Elena, sin mirarlo.
El zumbido constante del laboratorio apenas lograba sostener la rutina de la mañana. Elena intentaba concentrarse en las muestras frente a ella, pero su mente seguía traicionándola, regresando una y otra vez a imágenes de ese sueño.
Entonces, la puerta se abrió. No fue el sonido lo que la aterrizó de nuevo, sino el cambio en la atmósfera. Como si algo —o alguien— alterara ligeramente el ritmo de todo lo demás.
—Chicos —anunció la voz firme de la doctora Lucía Meza desde la entrada—, interrumpimos un momento.