Dicen que la curiosidad mató al gato, pero nunca dicen qué fue lo que descubrió antes de caer.
Cuando logré descifrar el primer manuscrito Voynich, pensé que mi sed de respuestas finalmente quedaría saciada. Había publicado la verdad y sobreviví para contarlo. Pero la curiosidad no se apaga tan fácilmente; es un veneno dulce que se te mete en las venas y te exige más.
La luz de la lámpara parpadeaba sobre mi escritorio. Frente a mí, dentro de un sobre sin remitente que me había llegado esa misma tarde, yacía una fotografía en blanco y negro. Era la imagen de un folio jamás catalogado del manuscrito. Mismas plantas imposibles, misma caligrafía indescifrable... pero con un detalle distinto: en la esquina, un sello de cera roja con un símbolo que me hizo dar un vuelco al corazón.
Mi instinto me decía que quemara esa foto y me olvida de todo. La prudencia me pedía a gritos cerrar el cajón y no mirar atrás. Pero mi curiosidad —esa chispa obstinada que me define— fue más fuerte.
—No puedo dejarlo así... —murmuré, acercando la lupa al papel.
El primer libro había respondido a la pregunta de qué decía el texto. Pero este nuevo folio me planteaba un dilema mucho más oscuro: para qué fue escrito realmente. Y justo cuando la curiosidad me devoraba por completo, escuché unos pasos sigilosos detenerse al otro lado de mi puerta.
La verdad no solo seguía viva, sino que alguien venía a impedir que la descubriera.
Editado: 30.07.2026