La noche en la ciudad era fría y húmeda. Con el abrigo abrochado hasta el cuello y la fotografía bien guardada cerca de mi pecho, caminé a paso rápido hacia la pequeña cafetería donde había quedado con Julián.
Julián era el único historiador en el que aún podía confiar... o al menos eso quería creer. Había sido de gran ayuda con mi primer libro, pero desde que la verdad sobre Voynich salió a la luz, algo en él había cambiado. Estaba más distante, más cauteloso.
Al entrar, la campanilla del local sonó suavemente. Lo vi sentado en la mesa del fondo, agitando su café con la mirada perdida en la ventana.
—Llegas tarde, Inés —dijo en cuanto me senté frente a él, sin siquiera levantar la mirada.
—Tuve... una visita inesperada antes de salir —respondí en voz baja, inclinándome hacia adelante—. Julián, mira esto.
Saqué la fotografía y la deslicé por la mesa de madera. Cuando él vio el contenido, su rostro perdió todo el color. Sus dedos temblaron por un segundo antes de cubrir la imagen.
—¿De dónde has sacado esto? —musitó, mirando a nuestro alrededor para asegurarse de que nadie nos observaba—. Inés, dime que no te estás metiendo otra vez en esto.
—Me llegó por correo. Quien me lo envió sabe que fui yo quien descifró la primera parte. ¿Sabes algo del archivo de los Valenti? Necesito saber si este folio pertenece a su colección.
Julián guardó silencio durante varios segundos. Cruzó los brazos y me miró fijamente, con una expresión insondable en el rostro.
—Los Valenti cerraron sus archivos al público hace semanas, justo después de que publicaras tu libro —dijo finalmente con tono sombrío—. Pero conozco a alguien que puede hacerte entrar... aunque no te va a salir gratis.
Una corazonada extraña me erizó la piel. Su respuesta había sido demasiado rápida, demasiado preparada. ¿Realmente estaba intentando ayudarme o me estaba guiando directo a una trampa?
Editado: 30.07.2026