Mateo apagó la luz principal del taller en un movimiento rápido y me tomó del brazo para llevarme hacia la trastienda. La sombra en la acera no se movió, pero pude ver el reflejo de una figura alta esperando pacientemente bajo la lluvia.
—Toma esto —susurró Mateo, presionando en mi mano una libreta de tapas duras con las anotaciones de las coordenadas astronómicas—. No puedes volver a tu casa, Inés. Si saben que estuviste aquí, tu piso será el primer lugar donde buscarán.
—¿Y tú qué harás? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Yo solo soy un viejo librero con una tienda abarrotada; sabré cómo distraerlos. Pero tú tienes que salir por el pasaje trasero y dirigirte al norte, hacia la vieja abadía de San Jerónimo. Ahí es donde las coordenadas del mapa cobran sentido.
Salí por la puerta posterior a un callejón estrecho y frío. La lluvia comenzaba a caer con fuerza, lavando el empedrado y reflejando las luces distantes de la ciudad. Guardé la libreta dentro de mi chaqueta, junto a la fotografía, y eché a correr hacia la estación.
El camino a la verdad ya no era una simple investigación académica en una biblioteca silenciosa. Se había convertido en una carrera a oscuras, donde cada paso me alejaba más de la seguridad de mi vida normal y me adentraba en las sombras de una conspiración centenaria.
Al subir al último tren de la noche, miré por la ventanilla empañada. La aventura recién comenzaba, y no había marcha atrás.
Editado: 30.07.2026