El traqueteo del tren de medianoche me sirvió de somnífero tenso durante dos horas. Bajé en una estación olvidada, donde la niebla de la madrugada se pegaba a los muros de piedra. A pocos kilómetros de allí, erguida sobre una colina, se recortaba la silueta de la abadía de San Jerónimo.
Caminé entre la vegetación húmeda hasta llegar a los viejos portones de madera de la estructura. Esperaba encontrar un edificio abandonado y en ruinas, pero al acercarme me percaté de un detalle que me erizó la piel: una hilera de luces tenues iluminaba las ventanas del subterráneo.
Entré con cuidado por una brecha en la muralla lateral. El eco de unas voces graves y pausadas retumbaba en los pasillos de piedra. Me deslicé en las sombras de la arcada principal y me asomé al patio interior.
Allí había un grupo de personas reunidas en círculo. Llevaban ropas oscuras y sencillas, pero en sus manos portaban láminas y réplicas del manuscrito Voynich. En el centro de la reunión, sobre un altar de piedra, reposaba una caja de latón grabado.
—La guardiana del primer libro ha comenzado a mover las piezas —decía una voz firme entre la multitud—. Mateo ha cumplido su parte al entregarle las coordenadas. Ahora debemos asegurarnos de que complete el camino antes de que la facción rival intervenga.
Apreté los puños, oculta tras una columna. Mateo no solo me había ayudado: me estaba utilizando. Formaba parte de una sociedad protectora que llevaba siglos custodiando el manuscrito, guardando sus secretos para que no cayeran en manos equivocadas.
La pregunta ya no era solo qué ocultaba el manuscrito, sino de qué lado estaba yo en este juego de sombras.
Editado: 30.07.2026