Sostuve el pergamino con cuidado, intentando memorizar cada trazo rojo. Pero antes de que pudiera guardarlo en mi mochila, un sonido seco a mis espaldas cortó el silencio de la abadía.
—Llegas a tiempo, Inés. Aunque pensaba que tardarías un poco más en descifrar el dial.
Me giré lentamente. Saliendo de la sombra de los arcos no estaba un extraño encapuchado, ni un miembro de la sociedad protectora. Era Julián. Llevaba las manos en los bolsillos de su abrigo y una sonrisa amarga en el rostro.
—¿Tú? —murmuré, dando un paso atrás y pegando la espalda al altar—. Fuiste tú quien me envió a la cafetería... me pusiste en el camino de Mateo.
—Tenía que asegurarme de que abrieras esa caja —dijo, acercándose despacio—. Tú eres la única con la intuición suficiente para conectar las pistas. Mateo y su grupo llevan décadas protegiendo un papel que ni siquiera entienden. Pero nosotros... nosotros sabemos lo que realmente vale.
—¿Nosotros? ¿A quién le estás vendiendo esto, Julián?
Su sonrisa desapareció. En ese instante comprendí que mi amigo de la universidad ya no existía; la codicia y la obsesión por el manuscrito lo habían consumido por completo. No estaba allí para ayudar a la historia, sino para subastarla al mejor postor.
Escuché ecos de pasos apresurados acercándose por el corredor principal. Julián no venía solo. Había tendido una trampa perfecta para dejar que yo hiciera el trabajo pesado de abrir la caja y luego arrebatarme el descubrimiento.
Miré a mi alrededor desesperada. El pergamino estaba en mis manos, pero las salidas estaban bloqueadas. Tenía solo un par de segundos para actuar antes de que sus acompañantes cruzaran la puerta.
Editado: 30.07.2026