Aproveché el momento en que las luces de la trastienda parpadearon para salir disparada hacia la puerta de servicio. Escuché el grito de Julián a mis espaldas y el eco seco de unos pasos persiguiéndome, pero la ventaja de conocer los pasillos oscuros era mía.
Giré a la izquierda, atravesé el antiguo patio y salí a la noche abierta. La lluvia continuaba cayendo con fuerza, convirtiendo el sendero en un barrizal empinado. La libreta y los folios en mi mochila pesaban como plomo, pero la certeza de lo que tenía en las manos me daba fuerzas para seguir corriendo.
Según el mapa que acababa de descifrar uniendo ambos libros, la entrada a la cámara de sellado no estaba en la abadía, sino en los acantilados a dos kilómetros al este, justo donde las ruinas romanas se internaban en el mar.
El motor de un vehículo rugió a la distancia. Una camioneta negra avanzaba a toda velocidad por el camino principal con las luces largas encendidas, cortando la niebla y acortando la distancia entre nosotros.
No me quedaba tiempo. Si Julián y su gente llegaban primero a la entrada del acantilado, usarían la fuerza para abrir el recinto sin entender la advertencia del manuscrito. Tenía que llegar a la cámara, descifrar la última cerradura y asegurar el secreto antes de que ellos lo echaran todo a perder.
Respiré hondo, apreté las tiras de la mochila y me interné por el atajo del bosque, ladra abajo, hacia el sonido distante del oleaje.
Editado: 31.07.2026