El sonido del mar golpeando contra las rocas se hacía cada vez más ensordecedor. Descendí por el Sendero del Acantilado hasta dar con la entrada de la cueva, oculta tras una cortina de hiedra y parcialmente anegada por la marea.
Encendí la pequeña linterna de mano y me adentré en la penumbra. El aire aquí dentro era denso, impregnado de un olor a sal y tierra húmeda que parecía haber estado atrapado durante siglos. A medida que avanzaba, las paredes de roca natural comenzaron a dar paso a sillería de piedra tallada a mano.
Finalmente, el túnel desembocó en una amplia estancia circular. En el centro de la sala se erigía una gran estructura de piedra oscura, cubierta de relieves geométricos.
Me acerqué con el corazón latiéndome en el pecho. Al alumbrar los grabados de la pared, sentí un escalofrío: los dibujos eran idénticos a los folios botánicos del manuscrito Voynich. Esas plantas imposibles con raíces entrelazadas no eran flores reales, sino el mapa esquemático de los contrapesos que sostenían la bóveda.
En el centro del altar había una hendidura redonda, del tamaño exacto del sello de cera roja del folio que me habían enviado al principio de todo esto.
Escuché entonces el eco de unas pisadas resonando por el túnel de entrada. Varias linternas potentes comenzaron a iluminar la oscuridad del pasillo. El tiempo se me había agotado.
Editado: 31.07.2026