La Risa de la Soledad

Capítulo 1.- Duerman

Ya era la hora en la que comenzaba a oscurecer en las afueras de Nueva Torreón cuando Ali miraba al cielo oscuro en los límites de una vieja granja que se divisaba a ya tan solo unos pocos pasos. No había ninguna estrella, ninguna luna. Daba lo mismo cerrar los ojos que ver el cielo. Así eran las horas oscuras. El lapso que ocurría antes de que la luna saliera con su inmenso brillo. Eran las horas más peligrosas.

En teoría Nueva Torreón era una de las ciudades más seguras del centro del imperio americano, pero eso solamente aplicaba al centro de la inmensa ciudad. Le tomaría al menos dos días más llegar a esa zona segura. En ese momento se conformaba con haber encontrado un lugar donde pasar las horas oscuras a salvo.
Ali lanzó un suspiro y se dirigió a su guarida. Un huerto que había descubierto mientras caminaba rumbo a su destino. Se abrió paso entre las enormes plantaciones de maíz procurando no dañarlas para no levantar sospechas. 
--Nunca le arruines un potencial escondite a otro Trotamundos -solía decirle el viejo Jonathan. Era su primera regla.
Se paró en un lugar que creyó lo suficientemente profundo para no ser vista por nadie y se sentó, esperando la llegada de la luna. No era un lugar muy cómodo; la hierba le picaba en la espalda y los brazos, y juraba que los insectos se le subían a partes donde sería muy vergonzoso quitárselos.
Una vez sentada, el tiempo se le antojó lento. Sucedía siempre que encontraba un buen escondite, y las veces que no tenía esa suerte, se la pasaba con el corazón a punto de salirse de su pecho y su respiración volviéndose pesada por estar siempre alerta de que alguien por si alguien le atacaba en medio de la nada y la oscuridad.

Sentada, sin hacer nada y sin tener nada en lo que concentrarse, Ali se encontró a solas con sus pensamientos. Algo que no le agradaba mucho. Cuando pasaba mucho tiempo sin hablar, y cuando debía medir el ruido de su respiración con meticuloso cuidado, las pesadillas se apoderaban de ella; Ali vio lágrimas en el rostro de un hombre, una mano tocando su rostro, una mujer que le sonreía siempre y finalmente, su cuerpo empapado de rojo... Aquellas escenas siempre acudían a ella cuando no tenía nada más en lo que pensar, por eso siempre procuraba estar alerta, paranoica e insegura de todo. Eso era preferible a tener que ver esas cosas. No eran recuerdos, de eso estaba segura. Nadie le habían sonreído de una forma tan cálida nunca. 
En su viaje se había topado con gente amable, pero era la clase de amabilidad que uno se esperaba entre los trotamundos. Sus sonrisas eran monedas que se intercambiaban por la información que ella les daba, y sus platicas, aunque interesantes, eran solo métodos para conmoverla y que soltara la lengua de gratis. El viejo Jonathan se había encargado de enseñarle aquello, más que cualquiera de sus lecciones.
Ali lanzó un suspiro y se calmó, alejando aquellas imágenes que rondaban en su cabeza y que la dañaban. Porque había cosas que anhelaba en ellas, pero también cosas que temía. En especial aquella donde se veía empapada de sangre.
-Son solo pesadillas, son solo pesadillas, son solo pesadillas -se dijo así misma una y otra vez en susurros. 
Por fortuna, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un súbito movimiento entre el huerto. 
Ali se sintió casi agradecida con la interrupción. Se preguntaba si todos los niños de su edad se alegraban de un potencial peligro a mitad de las horas oscuras.

Dejó de respirar mientras las hojas de la huerta crujían más fuerte y más cerca.
Pensó en correr, pero sintió que sería un gran error, su mente entró en un debate que se vio interrumpido al revelarse la persona que estaba tras los sonidos.
Era un hombre alto, más de lo que Ali hubiese presenciado antes en alguna persona. Claro, una veía a todos los adultos como gigantes cuando se tenía 10 años, pero también una sabía distinguir cuando uno de esos adultos era más alto que los demás. 
También era calvo, ni un solo pelo se asomaba por su brillante cabeza. 
El hombre miró a Ali, y por un momento, ella sintió un escalofrío al ver sus ojos hundidos y su sonrisa de oreja a oreja, por su mente se atravesaron aquellas historias que le había contado el viejo Jonathan. Historias de personas perversas que les gustaba salir en las horas oscuras para cazar niños incautos, saciando todas sus necesidades con ellos.
Lágrimas de preocupación amenazaban con salir de su rostro moreno, pero usó todas sus fuerzas para evitar que salieran de ella.
-Hola -dijo el hombre, aún sonriendo. Tenía una voz suave y amable, una que te hacía confiar.
Ali no dijo nada, su mente todavía estaba en shock, se descubrió temblando. 
El hombre volvió a hablar.
-Pero si solo eres una pequeña niñita, creí que eras un sucio ladrón. Normalmente vienen a robar en las horas oscuras mis huertos.
El seguía hablando, pero Ali no lo escuchaba, su cabeza zumbaba, ¿aquel hombre podría ser bueno? Era probable, se había topado con gente buena en su viaje, aunque la mayoría habían sido mujeres.
-Y dime amiguita, ¿cómo te llamas?
Dudó por un momento, solo preguntaba su nombre, mientras no hiciera la otra pregunta estaría bien. Al menos eso esperaba.
-Me llamo Ali.
El hombre no dijo nada, se quedó esperando a que continuara, pero ya había acabado de responder.
-¿Y tus apellidos? -dijo el hombre, sin dejar de sonreír.
-No tengo -dijo Ali, con voz temblorosa.

Siempre que decía eso, la gente amable dejaba de serlo, miró al hombre con miedo a que su sonrisa se viera sustituida por una mueca de asco y desprecio. Pero se sorprendió al darse cuenta que el hombre ensanchó su sonrisa.
-Ah, ya veo, una sin descendencia. Imagino que ha sido duró llegar aquí ¿Cierto?
Ali se quedó mirando boquiabierta a ese hombre. Era la primera vez que alguien no la golpeaba ni la miraba con asco por estar maldita, por no provenir de nadie ni ser capaz de dejar descendencia. 
Los sin apellidos como ella estaban destinados a morir en la más profunda soledad, apartados de todos. 
-Sí, supongo que ha sido difícil para una pequeña como tú -continuó el hombre. -Pero no me sorprende, los sin apellidos podemos lograr cosas enormes. Mira esta granja por ejemplo, nació de la nada, construida por mis propias manos, nadie toca estos huertos a excepción de mí, ser un sin apellidos no es el fin del mundo niñita, solo significa que te toca esforzarte el triple, pero eso seguro que ya lo sabes.
Ali sintió como el hombre apoyaba su mano sobre su cabeza, frotándola, sintió vergüenza por su cabello, de un negro que brillaba debido a la grasa acumulada por los días sin bañarse.
-Vamos al granero, seguro tienes hambre.
De pronto, todo temor hacia aquel hombre tan misterioso desapareció y fue sustituido por el rugir de su estómago. Tenía tres días enteros sin probar un alimento que no fueran migajas de galletas saladas.
Siguió al hombre hacía afuera del huerto. Mientras daba el último manotazo para salir de las plantaciones, miró al cielo y presenció como de pronto una estrella salía para decorar la profunda oscuridad, seguida de otra y otra, para que en un momento el cielo se iluminara por las estrellas. La luna salió después, como si fuera una invitada de honor, una heroína que llegaba de último minuto para guiar a aquellos viajeros que se desorientaron cuando el sol se fue. Era hermosa, gigantesca, como siempre. 
Regresó su mirada al hombre calvo y lo miró. Pudo ver mejor su mirada, en efecto, sus ojos estaban hundidos y al dejar de sonreír se miraba como la persona más triste que Ali hubiese visto. También estaba absorto mirando el cielo, igual que ella. De pronto, sin decir nada, alzó su mano con la palma abierta, como si intentara alcanzar algo estirándose lo máximo posible. Cerró los ojos y lanzó un susurro incomprensible. Luego volvió a abrirlos y su sonrisa se formó otra vez.
-Es una hermosa noche, ¿verdad Ali?
Ella solamente asintió.
Caminaron por unos cinco minutos hasta divisar el enorme granero que se alzaba ante ella. Era casi idéntico a aquellos que había visto en los libros que leyó alguna vez en la biblioteca. Al lado del enorme edificio había una choza, que palidecía al lado de su enorme vecino. 
-Esa es mi casa -dijo el hombre, señalando la pequeña edificación.
-Se ve muy pequeña -contestó Ali, posando la vista en el granero.
El hombre rió.
-Bueno, es todo lo que necesito, es cálida y se siente llena a pesar de que solo estoy yo. Es el paraíso de un sin descendencia.
Ali miró al hombre, que seguía sonriendo a pesar de que su voz sonaba a punto de quebrarse. Le parecía que era el ser más triste del mundo, y a la vez la persona más alegre de este.



Jorge Ledesma

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En el texto hay: misterio, futuro, suspeso

Editado: 25.06.2019

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