La rosa blanca y el pájaro ruiseñor

176. Dorian

Todos miraban al estúpido de mi hermano bailando con “la princesa de los rumores”. No quería verlo, no porque sintiera celos, sino porque me preocupaba el repentino interés de Donovan en Stella, esta noche me estaba costando mantenerme al margen con ella y de solo observarlos, podría ser evidente.

Solo podía mirar de vez en cuando y esperar que, si algo sucedía, sería el príncipe Stefan quien tendría mayor intervención. Él estaba mucho más atento que yo, y tampoco eran una mirada de celos, era la misma preocupación la que compartíamos.

Ya estaba pensando en la manera de acercarme disimuladamente para ponerles fin cuando las exclamaciones de la gente me hicieron voltear.

Stella había caído y era mi hermano quien le ofrecía su mano para ayudar a levantarla, tan solo detrás llegó el príncipe Stefan a apoyar, yo hice lo mismo.

Le ayudé tomando la otra mano de Stella, cuando ella me vio, noté en sus ojos miedo y terror, mismo que intentó disimular al instante.

—¿Estas bien? —susurré preocupado, ella no me miró, pero asintió con la cabeza.

—Está bien, solo tuvimos un pequeño accidente con su vestido —intervino Donovan.

—Me llevaré a mi hermana, necesita tomar aire fresco —anunció el príncipe Stefan que acababa de cubrirla con su sacó.

Solo entonces la solté y dejé que fuera guiada por su hermano. En ningún momento vi a la guardia, pero sabía que debía estar cerca.

Algo no estaba bien, miré a Donovan, él ya se iba por un trago; yo también me alejé disimulando. Nada bueno podía venir de este imbécil y yo quería saber que le había hecho a Stella.

Me acerqué un poco a las puertas del jardín. Ahí, cerca de la fuente se encontraba Stella con su hermano, casi enseguida llego su chica guardaespaldas. Esperaría el momento para poder acercarme.

Otros invitados se me aproximaron e iniciaron una breve platica. Jamás fui descortés, aunque mi vista seguía cuidándola de vez en cuando.

Pronto vi como su hermano se levantaba y la dejaba un momento a solas con su guardaespaldas, esa era mi oportunidad y la aproveché.

Me disculpé con los invitados y salí a con ella.

Stella tenía los ojos perdidos, mientras su guardia le abrazaba desde el hombro. Comencé a preocuparme.

¿Qué le había hecho para verla así?

Sin embargo, pronto notó mi presencia porque en cuanto levantó la vista, su rostro se iluminó solo con verme y eso me hizo sentir especial.

—¡Dorian! —dijo mi nombre como si fuera un alivio— No lo tomes a mal, pero, ¿no deberías estar adentro? —me preguntó dulcemente.

—Los invitados pueden esperar, tú no.

Un ligero rubor se presentó en sus mejillas. No la abrace como hubiera querido, mis manos aún estaban dentro de mis bolsillos y heche un rápido vistazo detrás de mí. Este lugar seguía siendo a la vista de todos.

—¿Puede? —pregunté a su guardia y esta asintió— Ven conmigo —pedí—. Vayamos a otro lugar más discreto.

Stella se levantó, le dio una última mirada a su guardia, esta le sonrió con ternura y después la guíe jardín adentro. Cerca del columpio entre los árboles a donde el bullicio del palacio no tenía vista.

Ahí senté a Stella y entonces me incliné para darle un beso. Uno tierno y corto que enseguida mejoró mi ánimo y el de ella.

—¿Y bien? —le pregunté arrodillándome frente a ella— ¿Me dirás que sucedió?

Ella parpadeo y no respondió enseguida, en su lugar parecía pensar que palabras decir.

—Me caí —dijo avergonzada, pero no me lo creí, debía haber algo más.

—Stella, te conozco y conozco al idiota de mi hermano. ¿Qué te hizo? —volví a insistir sonando un poco más duro de lo que me hubiera gustado, pero todo en cuanto a Donovan me daba mala espina y no iba a soportar que se metiera con mi novia.

Una vez más Stella me analizó con ojos preocupados, no tristes, no asombrados, no tiernos y eso era lo que más me asustaba, porque su respiración seguía un tanto alterada y me dolía verla así.

—Ven conmigo —pidió— a Rosnia. Cuando nos graduemos, por favor ven conmigo.

Una terrible sensación de preocupación me invadió. Sí, me sorprendí por su propuesta, pero más por la manera suplicante en que me lo decía. Por instinto busqué su mano y ella se levantó, yo la imité sin dejar de soltarla.

—¿A qué viene esto?

—Prométeme que lo pensarás —insistió.

—Te lo prometo.

—No quiero estar lejos de ti —añadió, su mirada me ponía nervioso.

—Stella…

—Por favor, no preguntes más. Estoy un poco aturdida por la vergonzosa escena —confesó apretando mis manos—. Dime que al menos lo pensarás.

—Stella, ¿qué sucede?

Ella se mordió el labio y meneo la cabeza. Entonces relajo su gesto y sonrió cambiando de tema.

—Nada, solo estoy preocupada por el futuro.

—¿Viste algo que te preocupe?

Si pareció sorprenderse con mi pregunta, lo disimuló bastante bien. En su lugar, negó con la cabeza y después acaricio mi mejilla.




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