Llegamos al castillo sin avisar y sin bullicio. Ni Vero ni yo queríamos alboroto alrededor de nosotros y aunque sé que a mi padre no le importaba mi presencia, no era lo mismo para mi madre quien me reprendió por no haberle informado antes.
No sé si era yo o el aire se sentía más pesado. Me costaba trabajo mantenerme tranquilo. Sentía que en cualquier momento aparecerían cualquiera de los dos o los dos juntos, y sé que me había repetido una y otra vez que esto sucedería tarde o temprano, pero creo que en el fondo aún no me acostumbraba.
Le pregunté a mi madre que habitación me correspondía. Debía recordarle que ya no vivía más aquí, pero me comentó que mi habitación había quedado intacta. De igual manera insistí para usar el ala de invitados. Sí, estaba escapando.
Mi madre me levantó una ceja, no quería que se percatará de la verdadera razón.
—¿Sabes que, aunque tu actual titulo sea otro, sigues siendo el segundo príncipe de esta nación, cierto?
—Pero ya no vivo aquí.
—Aquí siempre tendrás un lugar al que volver.
No. No pensaba lo mismo.
Realmente, casi nunca viví aquí. Desde los seis me enviaron a los dormitorios del Colegio y apenas pase unos meses después de la graduación hasta que me enviaron a Tornes. Así que no. Este lugar, sin mi madre, ni Sunny, me parecía bastante frívolo.
—Preferiría mi espacio. Lejos.
Mi madre asintió sin remedio y me acompaño por los pasillos.
Había cambiado bastante poco el lugar. Las mismas pinturas, los mismos colores, los mismos estampados. Quizá algunas flores eran diferentes.
—¿Tu las cambiaste? —le pregunte cuando se percato de mi gesto curioso.
—Mi decorador favorito estaba en Tornes —contestó y me reí—. ¿Usarán la misma habitación? —preguntó mirando de Vero a mí y viceversa.
Ambos nos miramos y meneamos las manos y la boca y la cabeza. Quizá todo de la sorpresa.
—No, aún dormimos en habitaciones diferentes —contestó ella por mí.
—Sí. Nos gusta nuestro espacio —añadí y mi madre lo acepto.
—De acuerdo, le pediré a los sirvientes que les preparen las habitaciones. —Entonces pareció dejarnos instalarnos, pero se dio la vuelta y me miró—. Tu hermano pidió que te reportaras con él cuando llegarás.
Mi mandíbula se tensó. No había pasado ni una hora y no iba a dejar de molestarme. Le agradecí y después de disculparme con Vero para dejarla sola, bajé al despacho.
Toque la puerta y su estúpida voz me pidió entrar. Desde ya me ponía de malas.
—¡Ah, llegaste! Lo hiciste antes de lo que pensé —dijo apenas me vio entrar—. ¿Cuál es la urgencia? —se burló— ¿Ansiabas ver algo o alguien?
—Me pediste venir apenas llegara. ¿Qué es lo que quieres? —pregunté sin rodeos.
El estúpido de mi hermano se levanto y se recargo en su escritorio. Traía un vaso con licor en la mano. Realmente no me importaba si tomaba desde esta hora, pero el brillo en su muñeca captó mi atención.
Me tomó un segundo identificarlo, pero cuando lo hice, algo dentro de mí se quebró. Reconocía esa pulsera y me obligue a no mostrarle mis sentimientos. Aunque por dentro, comenzaba a sentirme enojado y traicionado, otra vez. Cada vez que comenzaba a olvidar este resentimiento, ver esto de frente me recordaba lo mal que lo pase hace tres años.
—Se va a llevar a cabo una audiencia con mi futuro cuñado —aguante las ganas de rodar los ojos— y esta es la primera vez que se te permite asistir como nuevo Duque de Tornes —explicó—. Quiero asegurarme de contar con tu apoyo.
Levante los brazos sin ganas y me encogí de hombros.
—Respondo a ti. No sé porque me pedirías eso —respondí tenso.
—Porque temo que el pasado te siga moviendo.
Negué con la cabeza y sin ganas.
—¿Seguro? —añadió— Porque no has dejado de mirar esta pulsera.
Hubo un silencio, uno que se volvió espeso. Comencé a respirar más hondo, recordándome no caer en sus provocaciones. Luego me cruce de brazos.
—No vine a hablar del pasado.
—Eso me agrada —soltó con una sonrisa arrogante—. Es de ella, se le cayó. Es muy despistada, ¿sabes? ¿La recuerdas así de torpe? No importa, ¿si la vez puedes decirle que yo la tengo?
No respondí. Al menos no al instante. No quería caer. Así que solo asentí lentamente. Pero siendo sinceros, no soportaba verle la pulsera en la muñeca.
Fue entonces que mi parte irracional me domino y levanté la mano.
—¿Puedo verla?
Donovan me miró un momento buscando alguna sospecha. No tenía ningún plan o intensión más allá de no ver como la traía puesta. Solo sentía la necesidad de tocar de nuevo esa rosa de cristal.
Para mi sorpresa, se la quito y me la cedió.
Seguía igual de brillante como la recordaba. El broche un poco más gastado, pero seguía siendo llamativa.
Me odié al recordar cuando me tomé la tarde en la que me tocaba ayudar en el consejo para salir a comprar una nueva pulsera.
#3162 en Novela romántica
#677 en Fantasía
#441 en Personajes sobrenaturales
romance, princesa realeza romance principe, enemytolovers romance odio amor
Editado: 12.08.2025