La mansión brillaba bajo las luces de Estambul, pero por dentro era una olla de presión. La alta sociedad, la prensa y, ocultos entre los invitados, agentes de la unidad de delitos graves, esperaban el inicio del espectáculo. España, vestida con un diseño que la hacía ver como una emperatriz, se movía con una calma que aterraba. Emir y Sule, firmes a su lado, eran sus generales en esta batalla final. La trampa estaba puesta: Asu, ebria de arrogancia, creía que esa noche se coronaría como la nueva señora Demirkan.
Capítulo XLVII: La Caída del Imperio
El plan de España funcionó a la perfección. Al fingir el altercado con Asu, provocó que la villana soltara todo su veneno frente a los invitados. "¡Emir es mío! ¡Tengo un hijo de él!", gritó Asu, rompiendo el protocolo y la elegancia de la noche. España, interpretando el papel de su vida, se mostró vulnerable mientras el público murmuraba con horror. Pero cuando Galip intervino para defender a su amante, el aire se volvió hielo. España, con una fuerza que venía de su vientre y de su alma, le propinó esas dos cachetadas a Asu que resonaron en todo el salón: "Mentirosa. No vas a destruir lo que yo construí".
Capítulo XLVIII: El Heredero de la Mentira
Cuando Galip levantó la mano para golpear a España, Emir se interpuso como una muralla de hierro. "¡No la toques!", rugió Emir. "Se acabó el teatro, padre". En ese momento, las pantallas gigantes de la fiesta, que debían mostrar fotos de la familia, empezaron a reproducir el video de la infamia: Galip y Asu en la cama, planeando la trampa del hotel, discutiendo el lavado de dinero y celebrando cómo le "meterían" ese hijo falso a Emir. La suegra, Belgin, se desplomó en un sofá mientras el salón se llenaba de flashes y gritos de sorpresa.
Capítulo XLIX: El Fin de Galip Demirkan
Galip se quedó "seco", como bien dijiste. Sus guardaespaldas intentaron moverse, pero los policías encubiertos ya los tenían encañonados. Emir, mirando a su padre con un desprecio infinito, le gritó frente a todo Estambul todas sus verdades: las quiebras forzadas, los asesinatos y la traición a su propia sangre. Galip intentó hablar, pero no le quedaban palabras, solo el sonido de las esposas cerrándose en sus muñecas. Asu, gritando como una loca, era arrastrada por la policía mientras España la miraba desde lo alto de la escalera, con la mano puesta sobre su vientre, sabiendo que la verdadera heredera de la decencia estaba a salvo.