La Rosa de Sax

CAPÍTULO I: EL Segundo Certamen

Por cosas como esta, Valeria estaba segura de que ya debería ser legal divorciarse de los hermanos. No pedía mucho: una separación legal, una orden de alejamiento de por vida, cualquier trámite que la desligara de su hermana y de sus desastrosas decisiones de una vez por todas.

—Debes ir tú, hija —su padre cargaba cada palabra con un dramatismo casi teatral—. Sabes que, si dejo que tu hermana vaya, se meterá en problemas, la golpearán o, peor… ¡la matarán!

Valeria se resistió con todas sus fuerzas. Gritó una y otra vez que no lo haría, juró que jamás les hablaría de nuevo, y estuvo a nada de arrancarle a su hermana esos horribles cabellos tinturados de rojo cereza. Pero nada de eso importó cuando la voz de su madre se impuso sobre todas en la habitación:

—¡Valeria Sophia! Escúchame bien, jovencita. Ella es tu hermana, y esto es lo que hace la familia: nos protegemos los unos a los otros —la señalaba con el dedo, con esa mirada que claramente decía atrévete a desafiarme—. Vas a ir en lugar de tu hermana…

—Pero, mamá… —las lágrimas de Katrina rodaban por sus mejillas como si estuviera sufriendo la más cruel de las injusticias.

—¡Silencio! No quiero escuchar tu voz en un mes, ¿me oíste? —Valeria podía pensar en, al menos, veinte métodos eficaces para garantizarlo, y ninguno prometía ser agradable—. Y tú —volvió a encararla—, ¡irás porque lo digo yo!

¡Ta da! Las palabras mágicas.

Si pudiera recolectar todas las veces que su madre había zanjado una discusión con esa frase, construiría una pila más alta que el mismísimo Everest.

Y así fue como terminó haciendo fila para subir al bus que la llevaría al quinto círculo del infierno, también conocido como: la mansión de los bastardos Mistral.

Verán, Sax no era un país común. Hace muchos años había sido comprado —o, mejor dicho, estafado— por una familia poderosa: los Kingswell. Desde entonces regían el territorio bajo una peculiar modalidad de monarquía que bautizaron Poderato.

La vida en Sax no era tan mala. Si respetabas las reglas, pagabas tus impuestos y, sobre todo, dejabas que los Kingswell hicieran su regalada gana como si las leyes no existieran, todo marchaba bien. Podías prosperar: montar un negocio, comprar una casa, formar una familia, tener perros, gatos, piojos… lo que se antojara.

La familia de Valeria era de Sax desde antes del Poderato. Habían vivido allí sin problemas por más de cinco generaciones y conocían bien las leyes en papel y —mucho mejor— las leyes no escritas.

Las leyes en papel eran sencillas: sucesión, impuestos, nada de armas, nada de estafas, propiedad privada es privada, matar no está permitido.

Las leyes no escritas: si eras inepto, te borraban de la línea de sucesión. ¿Armas? Que no las vieran bajo el sol del mediodía. ¿Matar? si tenías las conexiones apropiadas… no era realmente un problema.

Claro que conseguir esas conexiones era difícil. Para eso existía el evento más esperado por la plebe: El Gran Certamen. Un concurso diseñado para “conectar” a la plebe con el Poderato mediante el matrimonio con alguna afortunada señorita… y demostrar que los Kingswell no eran solo un montón de dictadores con nombre bonito, sino parte del “colectivo común”.

Por favor.

Para Valeria, más que El Gran Certamen, era La Gran Idiotez. Ellos no eran iguales, ni lo serían jamás. Los Kingswell vivían en otro plano existencial, muy lejos de la realidad plebeya.

Lo que más la sacaba de sus casillas era que, tan solo un año atrás, ya se había celebrado El Gran Certamen.

Cuando se anunció oficialmente que buscaban señoritas adecuadas para comprometerse con Ryan, el hijo mayor de Xavier y Scarlett Kingswell —los soberanos de Sax—, media ciudad inscribió a sus hijas como si se tratara de un mercado callejero.

De las miles, sesenta afortunadas fueron seleccionadas: altas, curvilíneas, hermosas como musas griegas.

Ya saben.

La definición científica de “adecuada”.

Su hermana estuvo deprimida casi un mes entero porque —afortunadamente— Valeria descubrió a tiempo sus intentos por inscribirse como candidata. Y, en un acto de hermandad muy responsable, le estrelló el teléfono contra el suelo antes de que pudiera enviar su postulación. Cada milisegundo de ese crujido fue música para sus oídos. Luego la acusó con sus padres, y su madre la remató con un buen coscorrón.

Sin embargo, Valeria estaba segura de que lo que más le dolió no fue el teléfono. Su melodrama se debía a que había frustrado sus sueños de posiblemente —para nada posible— ser famosa y —aún más imposible— convertirse en señora de Kingswell.

El Gran Certamen era un evento nacional: entrevistas, pruebas, sesiones de fotos. Las chicas tenían su momento de fama, especialmente las últimas cinco.

Y todos sabían que esas cinco eran las más cotizables —y explotables— incluso después del certamen. Conseguían los mejores trabajos, un ascenso inmediato en la escala social, matrimonios más convenientes —y más escandalosos—. Tus problemas económicos, tus problemas legales y, básicamente, tu vida entera podían resolverse con solo haber concursado.

Valeria sabía que sus papás jamás dejarían que la imprudente de su hermana fuera una competencia carnicera, donde todas las concursantes estaban dispuestas a todo con tal de seguir concursando.




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