La Rosa de Sax

CAPÍTULO II: Villa Zenith

No había dudas de que ser rico era como vivir en una dimensión paralela.

Los asientos de terciopelo blanco eran tan grandes que podían albergar a dos personas sin rozarse, con paneles laterales para ofrecer una privacidad absurda para un simple traslado de plebeyas. Había luz ambiental, una mini pantalla con audífonos, una mesa retráctil y hasta botones para llamar a la asistente del bus.

Diez horas de viaje hasta la capital, pero se sintieron como flotar en una nube VIP.

Valeria no pudo evitar pensar para quién habían diseñado esos buses originalmente.

¿Para un montón de plebeyas sin importancia?

Permíteme dudarlo.

Aun así, agradeció no tener que interactuar con nadie, especialmente con ninguna competidora —el resumen de sus conversaciones: vendería mi alma a Satán por un lugar en la final—, más que con la asistente de vez en cuando. Quería disfrutar al máximo sus últimos minutos de paz antes de la tormenta mediática.

Una voz sonó por los parlantes:

—Les avisamos a todas las pasajeras que estamos a tres minutos del destino. Por favor, no olviden sus pertenencias al bajar. ¡Les deseamos muy buena suerte!

Valeria sintió una punzada de curiosidad y movió la cortina de la ventana para mirar.

Unas rejas enormes se abrieron de par en par para darles paso, permitiéndole ver lo que había dentro.

Ahí estaba, frente a sus ojos: Villa Zenith.

El hogar de los famosos bastardos Mistral, los hijos ilegítimos de Xavier Kingswell.

La mansión tenía tres pisos altos, con una fachada moderna y sorprendentemente casual. Las ventanas grandes y casi sin adornos destacaban sobre paredes blancas impecables, otorgándole un aire de sobriedad elegante. Un pequeño jardín frontal antecedía a una enorme puerta doble que parecía más ornamental que funcional.

Pero el bus no se detuvo allí.

En lugar de dirigirse a la entrada, tomó un camino lateral que bordeaba el edificio hasta desembocar en un jardín trasero enorme, donde un montón de personas se aglomeraban junto al camino, como si esperaran instrucciones.

Cuando el equipo de seleccionadores se comunicó con “Katrina” —obviamente Valeria tomó la llamada— y le dijeron que se alojaría en la mismísima Villa Zenith, su primera reacción fue arquear una ceja.

¿Se habían quedado sin presupuesto o qué?

El año pasado, para el certamen anterior, habían alquilado un hotel cinco estrellas para hospedar a las señoritas. Por supuesto que jamás las hubiesen recibido en The Fortress, el hogar de los soberanos y su familia.

Nadie —en especial las concursantes— pareció fijarse en ese detalle. Lo único de lo que hablaban mientras esperaban para subir al bus era de lo emocionadas y privilegiadas que se sentían por ser las primeras en pisar Villa Zenith.

Si no hubiera estado escondida dentro de su hoodie, habrían visto cómo Valeria rodaba los ojos hasta la nuca. La arrogancia era muy atrevida a veces, porque se les olvidaba que la gente de servicio era plebeya… ¡y ellas también!

Pero daba igual.

Dentro de esa arrogancia había una verdad: era la primera vez que los medios tenían acceso al interior de Villa Zenith.

Ni siquiera los soberanos eran tan herméticos como Atlas Mistral; aunque los medios no podían publicar imágenes de The Fortress como quisieran, sí habían tenido acceso limitado al interior al menos un par de veces.

Pero Villa Zenith… nunca.

Esta era la primera vez.

—Por favor —la asistente del bus se dirigía a todas—, tomen sus pertenencias y esperen abajo junto con el resto de las chicas —señaló la salida con un movimiento grácil, casi coreografiado—. Los miembros del personal se encargarán del resto de su equipaje.

Valeria esperó a que todas salieran, incluso las que estaban en los asientos detrás de ella. Detestaba chocarse con la gente en los pasillos. Eso le dio la oportunidad de seguir escuchando algunas conversaciones:

—Estoy tan emocionada, ya quiero verlo —la morena de ojos claros apretaba los labios y danzaba sobre la punta de sus pies.

—Yo me conformo con un beso… —dijo una pelirroja, que se volteó para susurrarle a la rubia—. Solo uno, y no se olvidará de mí jamás.

Valeria tuvo que ahogar una risa.

Atlas era probablemente el hombre más cotizado de Sax, incluso más que su propio hermano.

Si el certamen anterior había llevado a los padres a ofrecer a sus hijas, este había arrastrado a las hijas a venderse por sí mismas.

Qué patético.

—Yo me conformo con que cierres el pico y muevas el culo —una chica de cabello negro y largo le sonreía a la rubia como si disfrutara la provocación—, a no ser que tu lengua sea más larga que tus piernas.

—Cuánto derroche de clase —la pelirroja se limitó a mirarla con arrogancia, pero la rubia batió el pelo con altanería, y prosiguió—. Espero que seas tan hábil en las pruebas.

—En las pruebas como en la vida —la morena se giró para guiñarle un ojo a Valeria—. ¿No te parece, tortuguita?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.