Tan solo era el primer día y ya se le estaba agotando la paciencia.
Las chicas tardaron al menos una hora más en estar todas listas, y como mínimo treinta minutos extra de pasarela. Cuando por fin se acomodaron en sus sillas, la ceremonia empezó… aunque aún no había señales de Atlas ni de nadie de su equipo.
Se entonó el himno de Sax, se dio la bienvenida a las concursantes y a la prensa, se soltó un discurso pomposo sobre lo afortunadas que eran por haber sido elegidas y bla, bla, bla… y todavía no aparecía.
Valeria empezó a sospechar.
Presentaron a la preceptora —Glorialba, una señora circunspecta encargada de la administración y cuidado de las chicas—, y se le cedió el micrófono para explicar las reglas. Las reglas que todas ya sabían:
No se puede salir de la Villa sin autorización.
No está permitido tener relaciones amorosas con nadie que no sea Atlas.
Hay un horario estricto que debe cumplirse —clases de etiqueta, historia, oratoria, entre otras—.
No se permite la agresión entre concursantes.
Por supuesto que no… mientras no descubran que fuiste tú, pensó Valeria.
La ganadora de los retos semanales obtiene el privilegio —la desgracia— de tener una cita con Atlas.
Y por último, pero no menos importante: La Rosa.
La Rosa era el título otorgado a la favorita del heredero. La regla dictaba que La Rosa no podía ser eliminada sin importar qué, cómo o cuándo: la favorita era prioridad absoluta. Nadie podía sacarla.
Hace años esa regla se implementó para “proteger los intereses del heredero”, aunque era más que evidente que la realidad era otra. Para Valeria, aquello estaba diseñado para fomentar la competencia. Un incentivo así hacía que las concursantes estuvieran dispuestas a mucho más si sabían que, pasara lo que pasara, no podían ser eliminadas.
Manipulación básica.
El problema era que ser La Rosa era lo más fortuito y circunstancial del universo. El certamen duraba de cuatro a seis meses según el avance, y por lo general cada mes la Rosa era una chica distinta. Claro, en los últimos meses —cuando la competencia estaba en su punto cumbre— solía repetirse, pero eso era una anomalía de la recta final, no un indicador de victoria.
La preceptora seguía con su discurso, pero no había rastro de Atlas. Así que Valeria empezó a mirar a los lados; tal vez no lo había notado y sí estaba allí, esperando su gran entrada… ¿verdad?
No sería capaz de dejar esperando a la prensa nacional, ¿verdad?
No podía ser —y si lo era, era aún más temerario de lo que ella pensaba— que se atreviera a dejar en ridículo al Priorium, a la casa Kingswell y, peor aún, a toda Sax.
¿Verdad?
¿Iba a venir… verdad?
Pues, después de veinte minutos de haber terminado el discurso de la preceptora, empezó a dudar.
Luego de sesenta minutos, estaba más que asombrada.
Pero después de los noventa… ya estaba enojada, hambrienta, con el trasero acalambrado y, paradójicamente… divertida.
En ese momento, más que en ningún otro, deseaba estar sentada en el sofá de su casa, comiendo palomitas con su familia, mirando semejante espectáculo y burlándose hasta la saciedad de las pobres idiotas que se habían quedado esperando a su príncipe azul…
De no ser porque una de esas pobres idiotas era ella.
No la malinterpreten: no tenía ni una pizca de ganas de conocer al tipo, pero tampoco podía evitar sentirse ofendida al pensar en todo lo que había pasado en el galpón, más el hambre y el dolor de nalgas…
¡Dios, esto era insufrible!
Así que ahí estaba ella, casi podía sentir cómo le salían montones de humo por los oídos. Pero seguía observando con la mayor discreción posible.
La prensa estaba ansiosa pero sonriente, seguramente dándose el festín mediático del año.
Las chicas se veían aburridas, algunas hasta tristes, y otras…
Vio a la morena. Estaba unos asientos más adelante.
Minerva.
Tal vez fue porque ya la tenía en su radar, pero durante la sesión en el galpón había captado su nombre en el aire. Sorprendentemente para Valeria, parecía tan enojada como ella misma… tal vez más. Estaba… ¿frustrada?
Siguió paseando la mirada. Los miembros del personal estaban alineados a los lados, parados como estatuas.
Pobre gente.
Al menos ella estaba sentada. Si pudiera, les daría su asiento, pero imaginaba que no sería prudente, y que ninguno aceptaría.
Vio a Caleb. Incluso en esa situación seguía sonriendo pero… espera.
No estaba sonriendo. Estaba…
¡Hijo de su madre!
Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no carcajearse.
Me cae muy bien. En lo que a personas se refería, el gusto de Valeria siempre había sido particular.