La rosa de Varenne

01

La primera vez que vi el castillo me pareció un sueño hecho realidad. Me pareció demasiado hermoso para pertenecerle a personas como la familia real: personas capaces de hacer gran daño.

Se erguía sobre una colina, con paredes blancas y detalles en color dorado. El sol de la mañana hacía que resplandeciese. Las torres eran adornadas por azulejos de color celeste y largas banderas con el escudo real, que ondeaban como si danzaran a causa del viento.

Desde el camino lograba ver el jardín real que se extendía hasta las murallas, repleto de rosales, fuentes y árboles perfectamente podados. Incluso a la distancia divisé un par de estatuas de mármol con la apariencia del rey.

Estaba entusiasmada, pero mi padre, sentado frente a mí en el carruaje, no compartía el sentimiento.

—No pongas esa cara —me dijo.

Yo desvié la vista de la ventana hacia él.

—¿Qué cara?

—La de alguien que no entiende lo que está sucediendo —murmuró—. La de alguien que descubrirá que habría sido más sencillo nacer como campesina.

—No pongo esa cara —respondí—. Y si lo hiciera, simplemente no me mires.

Él rió suavemente y pasó una mano por su cabello. Me sorprendió un poco; no era habitual oírlo feliz, no en los últimos años.

Mi padre era Lord de Beaumont, pero no era algo que dijéramos con orgullo. Durante generaciones los Beaumont habían poseído tierras, viñedos, caballos y una mansión que en su tiempo fue considerada de las más hermosas del reino.

De todo eso solo quedaba la mansión y no en buen estado. Solo conservamos el título y poco más. Las propiedades fueron vendidas, luego los caballos e incluso las joyas de mi madre.

Bajé la vista a mi vestido. Era azul pálido de mangas arrugadas y cuello alto. Había pertenecido a mi madre, cuando ella tenía mi edad. En algún momento fue hermoso, ahora la tela lucía desgastada y el color opaco; una costura sobresalía al costado.

No estábamos en la ruina, no aún. Pero estábamos lo suficientemente cerca para tener que recurrir a esto.

—Recuerda a qué vienes —dijo mi padre.

—A servir a la princesa. Lo sé —murmuré.

—Y compórtate —suspiró.

—¡Sé comportarme! —bufé.

—No discutas con nobles —añadió y me acarició el cabello.

Volví la vista a la ventana del carruaje, el castillo cada vez más cerca.

—También somos nobles —musité—. Solíamos serlo.

Mi padre ignoró el comentario y me miró, escéptico.

—Rosalie.

—Padre.

—Discutiste con Lord Alistair el invierno pasado —murmuró.

—Él dijo que las mujeres no deberían tener derecho a heredar tierras —gesticulé frustrada en el aire.

—Y le arrojaste vino.

—Era vino blanco —suspiré—. No manché tanto su ropa.

Mi padre se sobó las sienes, pero no pudo decir más. El carruaje se detuvo frente al palacio. Había decenas de personas alrededor: guardias, sirvientes, nobles, comerciantes.

La razón era clara: el príncipe se iba a casar, en apenas tres meses. Sebastian Varenne iba a casarse con la princesa Odette de Marceau.

Todo el mundo hablaba de ello: la unión de los dos reinos prometía paz en las fronteras, nuevas rutas comerciales y una alianza que probablemente sería recordada durante generaciones.

Sería una boda perfecta, con un príncipe perfecto y una princesa perfecta. Dos familias reales perfectas. Y yo estaba a punto de entrar en ese mundo como dama de compañía de la princesa de nuestro reino, la hermana del príncipe.

No era exactamente el destino que había imaginado para mí. Pero dadas las circunstancias, estaba dispuesta a aceptarlo.

Un criado abrió la puerta y bajó los escalones. Mi padre salió del carruaje primero y me tendió la mano. Cuando puse un pie en el suelo, sentí que todo el ruido del mundo desaparecía durante un instante. El castillo era aún más hermoso de cerca.

Las paredes blancas estaban cubiertas de enredaderas verdes y pequeñas flores rosadas. Había fuentes a ambos lados de la entrada y una enorme escalinata de mármol conducía hasta las puertas principales.

Por encima de ellas colgaba el escudo de armas de la familia Varenne: un león dorado sobre un fondo azul. Me quedé mirándolo un momento antes de empezar a caminar.

Subimos los escalones. Una mujer nos esperaba en la entrada. Era alta, delgada y vestía de negro, con un pequeño broche de plata en forma de lirio.

—Lord Beaumont.

Mi padre inclinó la cabeza.

—Lady Mirelle.

—Y esta debe ser su hija.

La mujer me observó de arriba abajo. No de una manera grosera, sino de una manera profesional, lo cual fue peor.

Me miró como si estuviera calculando cuánto costaba mi vestido, cuánto había dormido la noche anterior y qué posibilidades había de que cometiera una estupidez durante mi primera semana.



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En el texto hay: enemiestolovers, fakedating, royal love

Editado: 26.08.2026

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