La Rosa del Criminal - 2

Promesa




Cansada de su trabajo, Rose estiró las manos, relajando sus músculos. Se quedó sentada pensando en Michael y Robin. Aunque dijo que no dejaría que Robin se interpusiera en su relación, no podía dejar de buscarlo. Después de todo, había sido su objetivo desde hacía muchos años. 


Decidió no agobiar a Michael con la búsqueda de Robin, pero no dejaría de buscar a su hermano. Incluso subiendo su foto en las redes sociales no le dio ninguna información que la decepcionara. Aparte de confiar únicamente en la policía, siguió buscándolo por sus propios medios pero como siempre nada le sirvió. 


—Estoy cansada —murmuró Rose mientras apoyaba la frente en la mesa del despacho. 


—Trabajar siempre cansa a la gente. Por eso deberías descansar un poco—. Melisa puso los ojos en blanco. 


—¿Quién trabaja siempre? Últimamente es cuando menos me concentro en mi trabajo. Realmente me pregunto por qué nuestro gerente no me ha despedido todavía. 


—Porque eres una belleza. Ningún gerente puede perder a una mujer tan hermosa como tú—. Melisa le guiñó un ojo. 


Rose dejó escapar un suspiro dándole una mirada de cansancio. Luego miró la planta de rosas blancas recién comprada sobre el escritorio y comenzó a trazar sus dedos sobre la pequeña maceta. 


—A Michael le encantará—. Sonrió recordando su cara. —La primera vez que lo conocí, lo golpeé con una maceta—. Su sonrisa se amplió recordando el primer momento. Luego miró a Melisa. —Y él se llevó ese rosal rojo a su casa y empezó a cuidarlo. Así empezó nuestra historia. 


Una brillante sonrisa se formó en los labios de Melisa al ver a su amiga feliz, sonrojada y tímida como una adolescente que se ruboriza al hablar del hombre de sus sueños.  

—Es como si esa rosa roja fuera tu primer bebé y esta rosa blanca tu segundo—. Soltó una risita. 


—Eres tú, que te vas a casar y a formar una familia. Soy yo, quien debe burlarse de ti. 


Las mejillas de Melisa se sonrojaron y su cara se puso roja. Rose le pellizcó la mejilla. 

—Estás muy guapa así. 


Melisa apartó la mano de Rose. 

—No intentes robarme a mi marido. 


—¿Marido ya? —Rose se rió. —¡Bien! Entonces soy la madrina del pequeño Peter o de la pequeña Melisa. 


—¡Basta Rose! —La cara de Melisa se puso más roja mientras imaginaba su futuro con Peter. 


Luego siguieron trabajando mientras charlaban a ratos y al anochecer salieron para ver a Michael ya esperando a Rose allí. 


—¡Michael! —se dirigió hacia él, emocionada, pero al ver su pequeña expresión de enfado se quedó confundida. —¿Qué ha pasado? Mira, lo que te he comprado—. Dijo mostrándole la pequeña planta de interior. 


Su expresión seguía siendo la misma que la confundía aún más. Ella se sentó en el asiento trasero en silencio y él se marchó. En cuanto llegaron a su casa, él gritó:  

—¿Qué estabas haciendo? 


—¿Yo? —se encogió de hombros. —Nada. ¿Qué quieres decir con eso? 


—¡Rose! Dijiste que no sacarías el tema de Robin entre nosotros. 


—Y no lo hice—. Ella frunció el ceño dejando a un lado su bolso de oficina. 

—Saliste en busca de Robin durante tu horario de oficina—. Gritó, decepcionado con ella. 


Ella cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró levantando una ceja. 


—No lo niegues, Rose. 


—No lo estoy negando. Pero, ¿cómo lo sabes? 


Él tragó saliva sin saber qué responder. Siguió mirándola, preparándose para mentir pero cuando abrió la boca para hablar, ella se anticipó. 

—No digas que me vigilan todo el tiempo. 


Michael agachó la cabeza rompiendo su mirada con ella, sin poder negar la verdad. 


—¿En serio? —se burló ella. —Michael cómo puedes… 


—¡Rose! Necesito saber si estás a salvo, siempre. ¿Cómo puedes pensar que voy a permitir que te quedes sola en algún lugar? 


Ella le dirigió una mirada furiosa hacia él. 

—No soy la única que trabaja en esa oficina. Odio que me vigilen o me sigan. Pídeles que se vayan. 


—No. Lo siento—. Rompió su mirada. 


—Mich… 


—Y el tema aquí no es sobre ser observado sino sobre tu búsqueda de Robin. OTRA VEZ—. Gritó recalcando las palabras. —Prometiste algo, ¿lo olvidaste? 


—Dije que no dejaría que se interpusiera entre nosotros pero nunca dije que lo dejaría—. Contestó en un tono normal para no calentar la situación. —¡Michael! Te prometo que no dejaré que se interponga entre nuestra relación pero… encontrarlo es algo personal. 


—¿Personal? —resopló él. —Pensaba compartir una noticia contigo y me has arruinado por completo el ánimo. 


—No entiendo por qué te enfadas tanto. Te dije que no te molestaría por ello, pero no me dejas hacerlo por mi cuenta también. ¿Por qué? —le miró con su cara de interrogación. —¿Me estás ocultando algo? Michael no vuelvas a romper mi confianza, por favor. 


—¡Otra vez no! —sin decirle nada, se dirigió a su habitación, enfadado. 


Con su reacción, ella se enfadó al mismo tiempo que se sintió herida. No le pidió que la apoyara en el asunto de su hermano ni volvió a sacar el tema entre ellos, pero su reacción le dolió mucho. 


El tiempo paso, pero Michael no salió de su habitacion lo que la hizo sentir muy culpable. La idea de que había vuelto a estropear su relación la hizo sentir muy mal. Levantandose del sofá, comenzó a caminar hacia su habitacion, pero antes de llegar, Michael salió de su habitacion, haciendo que ella dejara de moverse. Se miraron por un momento. 

—¿Saliste para calmarme? 


—Me conoces muy bien—. Él dejó escapar una risa y le cogió las manos. —No siento haber enviado a la gente a vigilarte, pero sí siento mi repentino arrebato. Tengo mis razones. 


Ella asintió con la cabeza aceptando sus disculpas.  

—Yo también lo siento. Siempre te molesto. 


Él la acercó a su abrazo dejando que todas sus preocupaciones se desvanecieran con su simple abrazo. Ella rodeó su estómago con sus manos y apoyó su cara en su pecho esbozando una amplia sonrisa. 


Después de unos segundos de perderse en el abrazo del otro, ella se apartó un poco. 

—Querías decir algo. ¿Qué era? 


—Que… —dudó sin entender si realmente podía hacerlo. 


—¿Qué es? —ella arrugó la frente. 


Respiró profundamente. 

—Pensé en lo que dijiste… y… decidí darle una oportunidad. 


—¿Dar una oportunidad a qué? 


Se sentó en el sofá pasándose los dedos por el pelo. Después un silencio se inmutó.  

—Siempre he sido un artista, pero nunca lo vi como un sueño a alcanzar hasta que… —la miró a los ojos brillando todo el amor que tenía en ella. —Hasta que lo vi con tus ojos. Era el sueño de mi madre y el mío también… —le cogió las manos. —Eres una mujer increíble a los ojos de todos y lo haré para demostrar que soy digno de ti. No te defraudaré. Por mí, por nosotros y por nuestro mejor futuro. 


—Michael… —por alguna razón, sus ojos se llenaron de lágrimas, y su corazón se llenó de una enorme alegría. 


—Quédate a mi lado, siempre—. Casi suplicó con la mirada. 


—Lo haré. Esta es mi promesa. 








 




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