La Rosa y el Cardo

Parte 12

El laird Duncan MacLeod se sentía cada vez más confuso, frustrado y celoso. No tenía problemas, no tenía enemigos, no tenía rivales. Tenía un castillo, tenía un clan, tenía un reino. Tenía una esposa, tenía una mujer, tenía una amante. Pero no tenía amor, no tenía pasión, no tenía felicidad.

El laird Duncan MacLeod no entendía a su esposa, que le resultaba tan extraña, tan diferente, tan especial. No entendía por qué leía libros, por qué escribía cartas, por qué bordaba tapices, por qué rezaba a Dios. No entendía por qué le hablaba en inglés, por qué le vestía con sus ropas, por qué le guardaba sus cosas, por qué le ocultaba sus sentimientos. No entendía por qué le hacía el amor, por qué le daba placer, por qué le daba cariño, por qué le negaba su amor.

El laird Duncan MacLeod también intentaba acercarse a su esposa, que le exigía respeto y paciencia. Le enseñaba el idioma, que era su lengua y su cultura, y que le ayudaba a comunicarse y a comprenderse. Le enseñaba las costumbres, que eran su tradición y su orgullo, y que le ayudaban a integrarse y a respetarse. Le enseñaba la historia, que era su pasado y su presente, y que le ayudaba a valorar y a admirar.

El laird Duncan MacLeod no lo sabía, pero su actitud y su comportamiento no pasaban desapercibidos para su esposa. Lady Elizabeth lo observaba con curiosidad, con interés, con deseo. Lo veía como un hombre valiente y leal, que defendía a su clan y a su reino, que se enfrentaba a sus enemigos y a sus adversidades. Lo veía como un hombre noble y cortés, que la trataba con respeto y amabilidad, que la protegía y la honraba. Lo veía como un hombre guapo y apasionado, que la abrazaba, que la besaba, que la amaba.




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