La Rosa y el Cardo

Parte 13

Un día, ocurrió algo que cambió la relación entre lady Elizabeth y el laird Duncan MacLeod. Era un día soleado y cálido, uno de los pocos que había en Escocia. Lady Elizabeth decidió salir a pasear por los alrededores del castillo, acompañada por Alice y algunos guerreros. Quería disfrutar del paisaje, que era hermoso y variado, con verdes prados, azules lagos, blancas montañas y coloridas flores. Quería respirar el aire, que era fresco y puro, que le llenaba los pulmones y le aliviaba el espíritu. Quería sentir la libertad, que era su anhelo y su sueño, que le daba fuerza y esperanza.

El laird Duncan MacLeod se enteró de que su esposa había salido, y decidió seguirla, sin que ella lo supiera. Quería verla, quería hablarle, quería acercarse a ella. Quería saber qué hacía, qué pensaba, qué sentía. Quería demostrarle que se preocupaba, que se interesaba, que la amaba.

Lady Elizabeth llegó a un claro del bosque, donde había un pequeño arroyo, que corría con suavidad y alegría. Se quitó los zapatos, se remangó el vestido y se metió en el agua, que estaba fría y limpia, que le mojaba los pies y le refrescaba el cuerpo. Se sintió feliz, se sintió viva, se sintió libre. Se puso a cantar, se puso a reír, se puso a bailar.

El laird Duncan MacLeod la vio desde detrás de un árbol, y se quedó maravillado, se quedó cautivado, se quedó enamorado. La vio como una ninfa, como una hada, como una diosa. La vio como una mujer, como una esposa, como una amante. La vio como nunca la había visto, como nunca la había sentido, como nunca la había querido. Se sintió feliz, se sintió vivo, se sintió libre. Se acercó a ella, se unió a ella, se entregó a ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.