La Rosa y la Espada.

Capitulo 5: Forja de Alianzas Secretas.

Darvelis,
Bóvedas inferiores de la Fortaleza Darvelion,
Tercera vigilia de la noche, vísperas del anuncio del compromiso.

Las losas sudaban frío.

El corredor descendía en rampa ligera desde las cocinas interiores hasta las entrañas de la fortaleza. A cada tramo, una lámpara de aceite colgada en clavos torcidos marcaba el ritmo de las sombras sobre la piedra. Allí abajo no llegaba el murmullo de los patios ni el crujido de las carrozas en el patio de armas; sólo se oía el goteo paciente de alguna fisura antigua y el leve zumbido de la llama cuando encontraba una corriente de aire. En aquel ambiente raro y extraño, se hallaba Tharen Darvelion, quien avanzaba lento, medido y con paso acompasado, con una mano en la pared y la otra cerrada alrededor del pomo de una lámpara cubierta. Iba sin escolta visible. No la necesitaba; los hombres que le seguían, en fila irregular, eran su mejor coraza aquella noche: barones norteños de capa pesada, un par de condes de provincias interiores, señores de casas menores que habían alzado su fortuna en guerras de frontera y ahora temían perderla en una sola firma, en un solo juramento nupcial bajo orden del Alto Rey. Al fondo del corredor, la bóveda se abría en una sala baja, sostenida por tres columnas de granito sin pulir. Era una antigua bodega de vinos convertida en almacén de cosas que nadie quería ver en la luz del día: toneles vacíos, cajas de madera apiladas y barriles de sal. En el centro se había colocado una mesa larga, basta, con manchas de vino viejo. Y sobre ella, seis candelabros de hierro repartían una luz amarilla, insuficiente para borrar todas las sombras.

Tharen se detuvo junto a la mesa y dejó la lámpara. Observó, con gesto breve, cómo los demás se repartían los bancos. Algunos se sentaron de inmediato, como si aquello fuera una reunión más de tantas; otros permanecieron de pie, dándose tiempo para medir las caras de los presentes. El olor a humedad, a madera y a cuero mojado llenaba el aire.

«Así huele la verdad», pensó Tharen. «Nunca a incienso de capilla ni a perfumes de corte; jajaja la verdad huele a sótano».

—Estamos todos —dijo, sin alzar demasiado la voz—. Cerrad esa puerta.

Un criado viejo, sin insignias, corrió el cerrojo grueso de hierro. El sonido resonó en las bóvedas como un anuncio solemne: a partir de aquel instante, lo que se dijera allí no pertenecía ni al rey, ni al consejo, ni a los escribas. Sólo a ellos.

El barón Haldrik de Norveras, hombre ancho, barba entrecana, habló el primero:

—Muy bien Tharen… —Carraspeo y se corrigió—. Mi lord. Habéis mencionado en vuestros mensajes que esto no era una mera queja de salón, sino un consejo de guerra. Aquí estamos. ¿Qué guerra?

Tharen sostuvo un instante su mirada. Haldrik era unviejo lobo de frontera, acostumbrado a llamar a las cosas por su nombre. No sería fácil contentarlo con eufemismos.

—Los he reunido aquí para hablaros de la guerra que aún no se ha declarado —respondió Tharen—. La que puede evitarse si se piensa antes de alzar la espada. O la que estallará dentro de unos años, cuando todos nosotros seamos súbditos, si hoy callamos.

No todos entendieron de inmediato. El conde Merenos de Branth, más joven, dedos finos, capa demasiado limpias para aquel lugar, frunció el ceño.

—Habláis del compromiso con Valthenor —dijo—. Del matrimonio de vuestro hermano con la Rosa del Sur. Eso ya está decidido en el Consejo. Firmado, sellado y aplaudido. Y avalado por el Alto Rey.

Tharen sonrió por lo bajo.

—Decidido en la superficie —replicó Tharen—. En las bóvedas, mi señor Merenos, las decisiones pueden deshacerse, o al menos torcerse. Para eso os he convocado.

Hubo un murmullo breve. Varios de los ahí presentes sabían de qué se trataba, pero esperaban escucharlo de sus labios. Las sombras se movieron sobre el rostro de Tharen cuando este tomó asiento en la cabecera, sin respaldo tallado, como uno más, pero con la mesa por delante como frontera de autoridad.

—Hablemos con palabras claras —prosiguió—. El Duque Arvad Darvelion, mi padre, ha decidido unir Darvelis y Valthenor mediante el matrimonio de Kaeren con Elaerith, Pero eso es algo volátil, hasta mi padre puede cambiar de opinión. Se dice en palacio del Alto Rey, que es una alianza de rosas, una unión de honor, un puente entre castas. Yo la llamo de otra manera: contaminación.

La palabra cayó pesada, como un lingote sobre la madera.

Haldrik entornó los ojos.

—«Contaminación de castas» —repitió—. Si, ya lo habéis dicho en vuestros mensajes. Es un término antiguo, mi lord. Los maestros de linajes lo usan cuando quieren asustar a muchachos en las academias. ¿Debo creer que hoy lo usáis con nosotros? ¿en serio?

Tharen apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos. Se tomó un breve momento. Sabía que aquella noche no bastaba con apelar al miedo; debía dotarlo de forma, de relato y mito.

—En Darvelis —dijo— conocemos bien nuestras castas. Nacimos en el norte, bajo vientos fríos, entrenados en disciplina, en deber y en la idea de que la nobleza es una carga y no un festín. Las casas del Sur, como Valthenor, tienen otras virtudes: belleza, astucia, una diplomacia que parece seda y es cadena. No son inferiores ni superiores. Son distintas. Cuando una casta norteña se junta con otra norteña, sabemos lo que nace. Cuando una casta sureña se mezcla con la suya, también. Pero cuando se cruzan… ahí empieza lo imprevisible.

El conde Merenos se permitió una sonrisa irónica.

—¿Me vais a hablar de los viejos cantos de nodrizas, mi lord? ¿De hijos nacidos con ojos que cambian de color, de sangres grises y jóvenes de corazón partido? Hemos visto muchos matrimonios mixtos entre provincias sin que el mundo se caiga a pedazos.

—No hablo de cantos —contestó Tharen, sin elevar el tono—. Hablo de la maldición de las dos frutas.




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