He vivido siglos creyendo que los monstruos éramos nosotros.
He visto imperios caer, lenguas morir, cielos cambiar de dioses. Pero nada me preparó para la forma en que una sola Cazadora de vampiros me enseñó a temerle al amor más que a la estaca.
Si estás leyendo esto, Belladona de la Cruz, significa que no fui lo bastante fuerte para huir de la mano que temblaba al alzar el arma… y que aun así tuvo que hacerlo.
No me llores.
Reza por ti.
Porque amar a un inmortal no es desafiar a la muerte.
Es aprender a sostener la estaca entre tus dedos, no por deseo, no por odio, sino por el juramento que te obligaron a llevar en la sangre.
Y dejarla caer sobre mi corazón.
Es mirarme a los ojos mientras lo haces, buscar en ellos al monstruo que te enseñaron a odiar y encontrar, en su lugar, al hombre que te suplicaba en silencio que corrieras, que vivieras, que fueras libre.
Es sentir cómo mi eternidad se apaga en tus manos, mientras la tuya, tan breve, se rompe en el mismo instante.
Es saber que, en ese golpe, no solo me matas a mí, sino también a la parte de ti que alguna vez creyó que el amor podía salvar algo en este mundo.
Después vendrá el silencio.
Vendrá el peso de mi nombre en tu pecho, la costumbre de buscarme en cada sombra, la herida de llamarme en sueños y despertar con la boca vacía.
Caminarás entre los tuyos con la estaca limpia y las manos manchadas, con la fe intacta ante sus ojos y el corazón hecho ceniza bajo las costillas.
Y cada noche, cuando reces como te enseñaron, sabrás que tus palabras no buscan perdón para mí.
Las buscas para ti.
Porque no me mataste por dejar de amarme.
Me mataste porque te obligaron a recordar quién eras antes de amarme.
Y aun así, Belladona, si el mundo me diera otra eternidad, volvería a caminar hacia tu estaca solo para que, por un instante más, me mires como lo hiciste aquella vez en la que casi fuiste libre.
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Editado: 27.01.2026