La Rosa y la Estaca

Capítulo 1 flores para un amor muerto

El cementerio no me daba miedo por lo que había, sino por lo que faltaba. Todo era gris y las tumbas parecían olvidadas. La tierra estaba dura, pisoteada, y las cruces de piedra se inclinaban como si ya no tuvieran fuerzas para mantenerse en pie. Vi restos de cera vieja pegados a las lápidas, flores secas convertidas en polvo y ceniza acumulada en los rincones. Aquel lugar llevaba años sin que nadie lo cuidara.
El frío se colaba por mi ropa y me dolía el pecho al respirar. La tumba no tenía nombre. Solo una cruz de piedra rota y un altar cubierto de ceniza, flores negras y promesas que nadie cumpliría.
Avancé sola. El aire estaba tan frío que me quemaba los pulmones. En la lápida, tallado con una letra que habría reconocido incluso a oscuras, leí:
Aquí solo existía la muerte.
Las manos me temblaron. La estaca colgaba de mi cinturón como una burla.
—Aquí solo existía la muerte... y nada puro podía crecer en la oscuridad —susurré, sintiendo el viento frío rozar mi piel.
Mis palabras se desvanecieron entre las piedras. No hubo respuesta, solo un peso inmóvil que me rodeaba.
Aun así, lo sentí. Un escalofrío me recorrió la espalda y, por un instante, creí que Benedict estaba ahí, detrás de mí, con esos ojos que nunca aprendieron a odiarme. Di un paso atrás, como si pudiera rozarlo con mi propia sombra.
—Entonces explícale a mi corazón por qué te ama —habló entre dientes Benedict, con la voz rota, repitiendo las palabras que me había pronunciado la última noche antes de morir.
Cada sílaba se alojó en mi pecho, imposible de ignorar.
Me arrodillé frente a la tumba. El frío de la piedra se filtró en mis dedos mientras apoyaba la estaca. El viento movía hojas secas a mi alrededor y, por un instante, juré sentir su aliento rozándome la nuca, tan cerca y, sin embargo, imposible de tocar. Mi corazón latía con fuerza, recordándome que a veces el amor dolía más que la muerte misma.
—Porque el amor floreció donde solo debía existir la muerte.
Recordé mi respuesta de aquella noche a Benedict. La punta de la madera raspó la lápida. El sonido fue lento, cruel, eterno. Letra por letra, la frase nació bajo mis manos sangrantes:
El amor floreció donde solo debía existir la muerte.
Apoyé la frente contra la piedra fría.
—Te amé, Benedict Vireaux, y esa fue mi condena... y mi salvación.
El viento movió las rosas negras alrededor de la tumba y cerré los ojos. Por un instante juré sentir unos labios que ya no existían rozando los míos. No recé; nunca supe cómo hacerlo. Me quedé allí unos segundos respirando despacio, contando latidos que no eran míos.
La estaca pesaba en mi cinturón ancho de cuero oscuro, resistente, pensado claramente para el combate y la caza contra vampiros. Rodeaba mi cintura y servía como portaobjetos multifuncional.
Llevaba numerosos colgadores y fundas integradas. En el lado derecho colgaban estacas de distintos tipos de madera, afiladas y alineadas como munición. Entre ellas tintineaban pequeños frascos de vidrio con líquidos de distintos tonos: agua bendita, pociones y otros preparados. También llevaba tubos metálicos y herramientas alargadas, bien aseguradas para que no se movieran mientras caminaba.
Del lado izquierdo descansaba un crucifijo metálico que se balanceaba suavemente con cada paso, recordando a cualquiera que lo viera cuál era mi oficio: cazadora de lo sobrenatural. La hebilla era discreta y funcional, sin adornos. Camuflaje puro.
Aquel cinturón no era solo equipo. Me recordaba quién era... y por qué había venido.
Cuando me aparté, mis dedos quedaron manchados de polvo y ceniza. Los limpié con mi capa sin pensar. Miré alrededor, esperando algo que no sabía definir: una señal, tal vez, o simplemente sentir menos vacío.
Pero el cementerio seguía igual, quieto e inmóvil, como si el mundo hubiera decidido no intervenir.
No hubo ruido ni movimiento, solo una presión en el pecho, leve pero constante, como cuando alguien se queda demasiado cerca, y el vendaval se volvió más pesado mientras tragaba saliva.
Todo a mi alrededor había cambiado sin moverse.
La estaca aún vibraba en mi mano. No sabía si era por la madera recién hundida en el corazón de Benedict o si era mi propio pulso, desbocado, negándose a aceptar lo que acababa de hacer.
Su cuerpo yacía contra el mármol roto del antiguo cementerio. Las velas blancas se apagaban una a una, como si la noche misma cerrara los ojos. La sangre espesa se deslizaba por la piedra, perdiéndose entre la lluvia que caía a través del techo derrumbado.
—No quería ser esto. No quería convertirme en lo que me hicieron.
Las voces de mi familia resonaban en mi memoria, el juramento, la sangre y la fe convertida en una cadena, me puse de pie con dificultad.
La estaca cayó de mi dedo y golpeó el suelo, pero no me agaché para recogerla.
—Si existía algo después de esto, espérame aquí. Porque yo ya no pertenecía a ningún lado —pronuncié en voz baja.
Antes de marcharme, arranqué la rosa manchada de sangre y la apoyé sobre el pecho de Benedict, en su cámara funeraria.
Por primera vez en mi vida no quise ser parte de la familia de la Cruz. Di la espalda al cuerpo del vampiro que amaba.
Al monstruo que nunca fue, al hombre que fue mi única verdad. No lo maté solo para salvar mi linaje; al obedecerlo también me condené a mí misma.
Lo entendí por mí misma, sin que nadie me lo enseñara, mientras me alejaba del cementerio bajo la lluvia. Al llegar a mi mansión, el frío de la piedra me cubrió de inmediato, aunque las paredes eran gruesas y desnudas en su mayoría. Algunos tapices pesados colgaban para protegernos del viento.
La taza que mi madre sujetaba entre las manos de metal viejo estaba gastada por los años, con marcas de uso que contaban silenciosamente tardes pasadas frente al fuego. El aire olía a humedad y madera vieja, mezclado con el aroma tenue del té. Por un instante sentí que la casa estaba viva de algún modo.
Lo comprendí todo sin palabras ni instrucciones. Solo observaba y sentía cada detalle, cada sombra, cada golpe de viento que se colaba por las rendijas de los tapices, recordándome que todavía estaba viva y que tenía un propósito que cumplir.
Estaba hecha para durar. El metal estaba opaco, sin brillo, pero limpio, y al beber dejaba un leve sabor áspero que se diluía con el vino caliente. El vapor ya no subía. El vino se había enfriado hacía rato. Lo supe sin probarlo mientras miraba la taza de metal. En esta casa todo se enfriaba rápido.
Mi padre no estaba, o al menos eso creí al principio. Me quité los zapatos en la entrada. El suelo de piedra estaba húmedo y frío bajo mis pies. La capa, pesada por la lluvia, caía sobre mis hombros con olor a leño mojado y tierra. La dejé colgada en un gancho torcido, sin preocuparme por acomodarla.
Pequeñas gotas de agua caían al suelo, formando charquitos que reflejaban la luz gris que entraba por la ventana.
Nadie dijo nada. Solo la calma y el sonido de mis propios pasos llenaban la habitación.
Mi capa era de un tono marrón terroso, apagado por la lluvia y el barro, con matices verdosos donde la humedad se había calado más profundamente. No tenía brillo; parecía absorber la luz de la habitación, como si el tiempo y el uso la hubieran desgastado.
Los bordes estaban un poco más oscuros, manchados de agua y polvo, dando la sensación de que el agua había viajado por caminos largos y empapados antes de que yo llegara a casa.
—Llegaste —afirmó mi madre.
Nunca era una pregunta.
—Sí —reconocí.
Me acerqué despacio. Cada paso parecía medido por algo que no podía nombrar.
Me senté frente a ella sin levantar la vista. Seguía mirando la taza, como si en el fondo oscuro pudiera leerse algo distinto a lo que ya sabía.
—¿Te mojaste? —preguntó.
Asentí.
—Está lloviendo —señalé hacia la ventana.
Mi ventana estaba hecha de pequeñas placas de vidrio unidas con plomo, delicadas como joyas. La luz se colaba a través de ellas, traslúcida y suave, bañando la habitación con un resplandor cálido, aunque apenas podía distinguir el mundo que había afuera. Mirarla me hacía sentir dueña de aquel espacio, un refugio que iluminaba y protegía, donde la riqueza se mostraba en los detalles más simples.
—Lo sé —contestó mi madre, Isadora.
Nos quedamos así un rato. Ese tipo de pausa no era sosiego, sino acumulación. Como si cada palabra no dicha se hubiera ido apilando con los años, ocupando espacio entre nosotras.
—¿Lo hiciste? —preguntó al fin Isadora.
Respiré hondo, por necesidad.
—La deuda está saldada, madre —susurré con frialdad.
—¿Cómo...?—
Mi madre cerró los ojos. Apenas un segundo, lo suficiente para sostenerse. Luego los volvió a abrir.
Negué con la cabeza antes de que terminara la pregunta.
—No quiero entrar en eso, mamá —dije.
Asintió. Lo aceptó sin discutir. Isadora, mi madre, siempre había sabido cuándo insistir y cuándo no.
—¿Está...? —comenzó de nuevo Isadora y se detuvo.
—Está muerto —solloce.
Decirlo fue como dejar caer algo frágil sobre una mesa dura.
Mi madre no respondió de inmediato. Apretó los labios, y sus manos se agitaron alrededor de la taza de metal con vino caliente.
—Era necesario —replicó Isadora.
No levantó la voz. No la bajó. Lo dijo como se dicen las cosas que se repiten para sobrevivir.
—Lo sé —jadeé.
—Entonces… —balbuceó Isadora, dudosa.
—Eso no lo hace más fácil, mamá. Ni más justo —la interrumpí.
Alcé la mirada por primera vez.
Mis ojos estaban cansados. No rojos ni llorosos.
Cansados como los de alguien que lleva demasiado tiempo sosteniendo algo demasiado pesado.
—Nunca dijimos que lo fuera —dijo Isadora, con la voz entrecortada.
—Pero lo esperaban. Esperaban que pudiera hacerlo sin romperme.
Mi madre no lo negó. Tampoco lo confirmó.
Solo suspiró.
—Esperábamos que pudieras soportar el sufrimiento —insistió Isadora.
Solté una risa breve, seca.
—Soportarlo no es lo mismo que vivir con él —repliqué.
Entonces oímos pasos en el pasillo.
Mi madre y yo levantamos la cabeza al mismo tiempo.
Mi padre apareció en la puerta de la cocina.
Era una puerta de roble macizo, reforzada con hierro: clavos grandes, bandas gruesas y placas metálicas diseñadas para resistir ataques.
Y aun así, en ese momento, parecía más frágil que el silencio que había entre nosotros




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