El cementerio no me daba miedo por lo que había, sino por lo que faltaba. Todo era gris y las tumbas parecían olvidadas. La tierra estaba dura, pisoteada, y las cruces de piedra se inclinaban como si ya no tuvieran fuerzas para mantenerse en pie. Vi restos de cera vieja pegados a las lápidas, flores secas convertidas en polvo y ceniza acumulada en los rincones. Aquel lugar llevaba años sin que nadie lo cuidara.
El frío se colaba por mi ropa y me dolía el pecho al respirar. La tumba no tenía nombre. Solo una cruz de piedra rota y un altar cubierto de ceniza, flores negras y promesas que nadie cumpliría.
Avancé sola. El aire estaba tan frío que me quemaba los pulmones. En la lápida, tallado con una letra que habría reconocido incluso a oscuras, leí:
Aquí solo existía la muerte.
Las manos me temblaron. La estaca colgaba de mi cinturón como una burla.
—Aquí solo existía la muerte... y nada puro podía crecer en la oscuridad —susurré, sintiendo el viento frío rozar mi piel.
Mis palabras se desvanecieron entre las piedras. No hubo respuesta, solo un peso inmóvil que me rodeaba.
Aun así, lo sentí. Un escalofrío me recorrió la espalda y, por un instante, creí que Benedict estaba ahí, detrás de mí, con esos ojos que nunca aprendieron a odiarme. Di un paso atrás, como si pudiera rozarlo con mi propia sombra.
—Entonces explícale a mi corazón por qué te ama —habló entre dientes Benedict, con la voz rota, repitiendo las palabras que me había pronunciado la última noche antes de morir.
Cada sílaba se alojó en mi pecho, imposible de ignorar.
Me arrodillé frente a la tumba. El frío de la piedra se filtró en mis dedos mientras apoyaba la estaca. El viento movía hojas secas a mi alrededor y, por un instante, juré sentir su aliento rozándome la nuca, tan cerca y, sin embargo, imposible de tocar. Mi corazón latía con fuerza, recordándome que a veces el amor dolía más que la muerte misma.
—Porque el amor floreció donde solo debía existir la muerte.
Recordé mi respuesta de aquella noche a Benedict. La punta de la madera raspó la lápida. El sonido fue lento, cruel, eterno. Letra por letra, la frase nació bajo mis manos sangrantes:
El amor floreció donde solo debía existir la muerte.
Apoyé la frente contra la piedra fría.
—Te amé, Benedict Vireaux, y esa fue mi condena... y mi salvación.
El viento movió las rosas negras alrededor de la tumba y cerré los ojos. Por un instante juré sentir unos labios que ya no existían rozando los míos. No recé; nunca supe cómo hacerlo. Me quedé allí unos segundos respirando despacio, contando latidos que no eran míos.
La estaca pesaba en mi cinturón ancho de cuero oscuro, resistente, pensado claramente para el combate y la caza contra vampiros. Rodeaba mi cintura y servía como portaobjetos multifuncional.
Llevaba numerosos colgadores y fundas integradas. En el lado derecho colgaban estacas de distintos tipos de madera, afiladas y alineadas como munición. Entre ellas tintineaban pequeños frascos de vidrio con líquidos de distintos tonos: agua bendita, pociones y otros preparados. También llevaba tubos metálicos y herramientas alargadas, bien aseguradas para que no se movieran mientras caminaba.
Del lado izquierdo descansaba un crucifijo metálico que se balanceaba suavemente con cada paso, recordando a cualquiera que lo viera cuál era mi oficio: cazadora de lo sobrenatural. La hebilla era discreta y funcional, sin adornos. Camuflaje puro.
Aquel cinturón no era solo equipo. Me recordaba quién era... y por qué había venido.
Cuando me aparté, mis dedos quedaron manchados de polvo y ceniza. Los limpié con mi capa sin pensar. Miré alrededor, esperando algo que no sabía definir: una señal, tal vez, o simplemente sentir menos vacío.
Pero el cementerio seguía igual, quieto e inmóvil, como si el mundo hubiera decidido no intervenir.
No hubo ruido ni movimiento, solo una presión en el pecho, leve pero constante, como cuando alguien se queda demasiado cerca, y el vendaval se volvió más pesado mientras tragaba saliva.
Todo a mi alrededor había cambiado sin moverse.
La estaca aún vibraba en mi mano. No sabía si era por la madera recién hundida en el corazón de Benedict o si era mi propio pulso, desbocado, negándose a aceptar lo que acababa de hacer.
Su cuerpo yacía contra el mármol roto del antiguo cementerio. Las velas blancas se apagaban una a una, como si la noche misma cerrara los ojos. La sangre espesa se deslizaba por la piedra, perdiéndose entre la lluvia que caía a través del techo derrumbado.
—No quería ser esto. No quería convertirme en lo que me hicieron.
Las voces de mi familia resonaban en mi memoria, el juramento, la sangre y la fe convertida en una cadena, me puse de pie con dificultad.
La estaca cayó de mi dedo y golpeó el suelo, pero no me agaché para recogerla.
—Si existía algo después de esto, espérame aquí. Porque yo ya no pertenecía a ningún lado —pronuncié en voz baja.
Antes de marcharme, arranqué la rosa manchada de sangre y la apoyé sobre el pecho de Benedict, en su cámara funeraria.
Por primera vez en mi vida no quise ser parte de la familia de la Cruz. Di la espalda al cuerpo del vampiro que amaba.
Al monstruo que nunca fue, al hombre que fue mi única verdad. No lo maté solo para salvar mi linaje; al obedecerlo también me condené a mí misma.
Lo entendí por mí misma, sin que nadie me lo enseñara, mientras me alejaba del cementerio bajo la lluvia. Al llegar a mi mansión, el frío de la piedra me cubrió de inmediato, aunque las paredes eran gruesas y desnudas en su mayoría. Algunos tapices pesados colgaban para protegernos del viento.
La taza que mi madre sujetaba entre las manos de metal viejo estaba gastada por los años, con marcas de uso que contaban silenciosamente tardes pasadas frente al fuego. El aire olía a humedad y madera vieja, mezclado con el aroma tenue del té. Por un instante sentí que la casa estaba viva de algún modo.