La Rosa y la estaca

Capítulo 2 Manos del destino

Belladona de la Cruz

Supuse que él había estado en el salón, de pie. Siempre estaba así cuando no sabía qué hacer con las manos.

—¿Ya volvió? —pregunté, aunque era evidente.

—Sí —respondió mi madre.

Él me miró, no con dureza ni con orgullo, sino como a alguien que no regresa del todo.

—¿Estás bien? —preguntó mi padre, Phillip de la Cruz Valencourt, con tono seco.

Solté un pequeño Ahogo leve y bajé la mirada un instante; la sorpresa no venía de la pregunta, sino de que se atreviera a formularla.

—No, pero estoy aquí.

Asentí despacio.

—Eso basta por ahora, espinita mía —dijo, mientras la punta de sus dedos rozaba los míos por un instante y su mirada se suavizaba antes de mirar al suelo.

Mi madre se levantó y llevó la taza a la palangana de bronce. La sostuvo entre las manos como si pesara más de lo que debía. El borde, curvado hacia afuera, estaba gastado por los años; pequeñas abolladuras rompían su forma. El metal, de tono dorado mezcla de estaño y cobre, apenas devolvía su reflejo cuando se inclinaba.

Era pelirroja, de piel clara. Su cabello largo, de rojo intenso, enmarcaba unos ojos ámbar, penetrantes.

Vestía cuero oscuro, desgastado por combates. Los cinturones y piezas metálicas tintineaban apenas cuando se movía. Una mano descansaba sobre su vientre.

No lavó la taza. La dejó ahí, como una promesa pendiente.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Isadora—. Puedo preparar...

—No, no tengo hambre —respondí interrumpiéndola .

Mentí, pero no era una mentira importante.

Mi padre se sentó frente a mí en la mesa de madera

maciza. Apoyó los antebrazos y entrelazó las manos.

—Cuéntanos.

—No.

Negué con calma. No fue brusco; fue un límite.

—No ahora. No estoy lista. No sé cómo contarlo sin... desarmarlo todo.

Mi madre volvió y se sentó frente a mí, en su silla de roble oscuro, alta, firme, casi imponente.

—No tienes que cargar con esto sola, Espina —dijo.

—Siempre lo hice —respondí.

No era un reproche. Era un hecho.

Mi padre inhaló hondo.

—Te dimos una responsabilidad. Nunca dijimos que fuera razonable.

—Pero era mía. Eso sí lo dejaron claro.

Me limpié las lágrimas. Sentía su peso antes de que cayeran.

Jugueteé con el borde de la silla. Nadie sostuvo la mirada de nadie.

Mi padre tenía una constitución atlética, marcada por años de lucha contra vampiros. El cabello negro, algo largo y desordenado, le caía sobre los hombros. La barba corta endurecía sus facciones.

Los ojos de mi padre, Phillip, eran claros, fríos y grises; sostenían una mirada severa e intensa. Vestía ropas oscuras y gastadas, propias de alguien acostumbrado a la guerra y a los caminos difíciles. Sus manos eran fuertes y ásperas, y solía llevar una estaca de madera sujeta al cinturón, como todos en mi familia.

—Todo esto fue por nuestra herencia —concluyó Isadora.

Negué despacio.

—Lo hice porque estaba obligada.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Lo amabas? —se atrevió a preguntar.

La pregunta cayó como una piedra en el centro de la mesa.

—Sí, a mi modo lo amaba —contesté sin dudar.

—Entonces sabes por qué tenía que terminar su vida —apretó los labios Isadora, inquieta.

—Sé que ustedes necesitaban que terminara con su vida, pero no es lo mismo —dije con firmeza.

Mi padre apretó la mandíbula.

—El amor nubla el juicio —dijo.

—El deber también, solo que lo llaman honor para dormir mejor —repliqué.

Mi madre levantó una mano.

—¡¡¡Basta!!! —me regañó.

Tiró del brazo con tanta fuerza que casi me desequilibré, y su ceño se frunció hasta dolerle a la mirada.

—No estamos aquí para juzgarte. Estamos aquí porque eres nuestra hija —continuó Isadora.

Sentí algo moverse dentro de mí, no alivio, sino algo más frágil.

—Fui su verdugo. Eso no se borra, madre —dije.

—Fuiste su final. No es lo mismo —me corrigió Isis, el apodo que le había dado de niña.

Flashback:

El sol de la tarde se colaba por la ventana y formaba sombras en el suelo de la sala. Tenía apenas siete años. Me escabullía y escondía entre las camas de madera y las cortinas, con pergaminos en la mano, dibujando figuras que solo yo entendía.

—Mamá, ¿puedes venir? —susurré, cruzando los brazos sobre el pecho y balanceándome de un pie al otro.

Mi madre, Isis, apareció como siempre, con la espalda ligeramente encorvada y una sonrisa que se resistía a desaparecer. Se sentó a mi lado en la cama, y yo le pasé el dibujo: una mujer con un tocado dorado y ojos color ámbar que parecían leer todo, incluso lo que escondía en mi pecho. Sus dedos rozaron el papel con cuidado, y sus labios se curvaron un instante antes de mirar hacia otro lado.

—¿Quién es? —preguntó mirando el pergamino.

—Tú. Te voy a llamar Isis, porque proteges todo lo que quiero y eres fuerte y mágica —dije con seriedad.

Ella rió suavemente conmigo y me abrazó, prometiéndome que su apodo sería un secreto entre nosotras.

Presente:

—Para mí, ser su final y su verdugo es lo mismo; son sinónimos —se me cristalizaron los ojos.

Mi padre se reclinó en la silla.

—¿Te dijo algo? —preguntó Phillip.

Cerré los ojos un instante.

—No —mentí. Esa mentira me pertenecía y me identificaba.

—¿Y te miró enamorado? —preguntó mi madre, Isis.

Asentí.

—Eso basta —murmuró Phillip.

Mi madre me observó un rato.

—Hay decisiones que cambian quién eres. Esta es una de ellas —dijo Isis.

—Ya lo sé —respondí.

—¿Y sabes quién eres ahora? Después de la muerte de tu amante —preguntó Phillip.

Negué.

—No —respondí, con la voz brusca.

Lo que vino después no fue incómodo; fue sincero.

—Puedes quedarte en tu habitación el tiempo que necesites —respondió Phillip.




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