BENEDICT VIREAUX
Entré al salón cuando las velas ya se habían consumido a la mitad de la noche. Siempre supe que mi presencia imponía. Mi piel era pálida, casi fría bajo la luz dorada de los candeleros; destacaba con mi cabello oscuro, largo hasta los hombros, ligeramente ondulado y peinado hacia atrás con un descuido calculado. Mis facciones eran marcadas. Mis ojos eran profundos y sombríos, parecían guardar más siglos de los que mi rostro adolescente aparentaba.
Llevaba una media máscara negra, mate, con relieves delicados. Los bordes estaban envejecidos en dorado antiguo, y una filigrana fina contorneaba mis ojos, afilando aún más mi expresión. Vestía una camisa marfil de cuello alto, impecable, ajustada con elegancia bajo un chaleco brocado negro con detalles en rojo vino que apenas brillaban cuando la luz los tocaba.
Mis hombros estaban cubiertos por una capa larga de terciopelo oscuro; el interior era rojo profundo, como vino espeso. Un broche dorado sujetaba la capa a la altura del pecho, y bajo él colgaba un antiguo colgante con una gema que descansaba sobre mi torso. Mis manos llevaban guantes negros de cuero fino, y varios anillos plateados adornaban mis dedos. El pantalón negro, ajustado, y las botas altas completaban mi figura con sobria autoridad.
Las puertas del salón se cerraron detrás de mí. La música de un vals lento se expandía por mi castillo, interpretada por instrumentos antiguos. La armonía del baile clásico llenaba la gran sala, serena y constante sobre el frío alabastro. Avancé.
—El príncipe ha llegado —susurró una dama, asomando sus ojos tras un abanico negro de metal y madera, adornado con filigranas rojas y doradas, mientras se preparaba para descender las escaleras.
—Siempre llega cuando la noche está más vulnerable —masculló, tenso, apretando la mandíbula
Me situé en el corazón del salón y dejé caer la cabeza apenas un instante. No fue sumisión; fue la quietud de quien sabía que dominaba el espacio.
—Mis queridos invitados, ¿disfrutan de mi hospitalidad o aún temen probarla? —pregunté con voz baja, pero firme.
Desde la escalinata de mi palacio descendió una figura. Llevaba una máscara dorada con una gema roja incrustada que capturaba la luz como una brasa viva. Su cabello, recogido en trenzas que formaban una corona, caía en parte suelto; un delicado adorno de bronce en forma de flor lo sujetaba, replicando la misma joya carmesí. Una única trenza se deslizaba a un lado de su rostro, como un detalle calculado de su elegante peinado.
Su vestido, carmesí y negro, de terciopelo profundo, se ceñía a su figura con encajes sutiles y mangas acampanadas que se movían como sombras vivas.
—Temer es humano, alteza... y esa noche ninguno de nosotros lo es —afirmó Belladona al detenerse frente a mí. Su sonrisa apenas se insinuó bajo la máscara.
—Entonces, bailemos con el alma desnuda —le ofrecí mi mano enguantada.
Ella la aceptó sin dudar.
La música cambió, volviéndose más lenta, más íntima. Mientras girábamos, su voz rozó mi oído como un secreto prohibido.
—Se rumorea que tu mirada ha condenado reinos.
Sus zapatos, rojos y negros, se deslizaban con precisión sobre el suelo. Cada paso que dábamos arrancaba destellos de sus adornos dorados y de las piedras que llevaba, como si sus joyas danzaran conmigo, reflejando la luz al compás de la música. Su tacón se elevaba con delicadeza, manteniendo el equilibrio perfecto, mientras la punta del zapato guiaba cada movimiento con una elegancia casi hipnótica.
Parecía fluir, haciendo que los bordes de los ricos terciopelos se movieran. El tacón firme golpeaba el piso con gracia, cada paso acompasado con sutileza; como un vals, fusionando el lujo entre ella y yo.
—Exageran. Solo ajusticio traiciones —respondí.
Ella rió suavemente.
—¿Y qué desaprueba un príncipe inmortal? —La falda giró con ella, abriéndose para mostrar un rojo profundo, como una herida viva.
—El aburrimiento y la deslealtad —susurré.
Las parejas danzaban a nuestro alrededor, pero el círculo parecía abrirse sin que nadie lo ordenara. La expectación comprimía el espacio a mi alrededor.
Una vampiresa con máscara dorada se acercó a nosotros, sosteniendo en su mano una copa oscura que contenía sangre.
—Mi príncipe. Las casas del norte esperan su veredicto —dijo, inclinándose con una reverencia.
La observé sin responder de inmediato.
—Esta noche no se decretan guerras —murmuré mientras tomaba la copa. La levanté apenas y humedecí mis labios sin probar la sangre, manteniendo una tranquilidad profunda a pesar de la tensión que me rodeaba.
—Esta noche se recuerdan las jerarquías —seguí comentando.
La mujer hundió un poco más la cabeza.
—Como ordene, alteza —sonrió, una vampiresa frente a mí.
La mujer del vestuario aterciopelado mantuvo la mirada fija.
—Gobierna con calma, pero todos aquí saben que podrías destruirlos —dijo la pelirroja , dando una vuelta con su vestido.
—No es necesario destruir —contesté, y todos comprendieron quién sostenía la noche.