⛧☾༺♰༻☽⛧ PRESENTE : BELLADONA DE LA CRUZ ⛧☾༺♰༻☽⛧
Mi capa me cubría por completo, cayendo desde los hombros hasta el suelo. Estaba hecha de escamas de dragón superpuestas, rojas y negras, colocadas con tal precisión que parecían una única piel viva.
No era una prenda ligera. Al caminar, se ajustaba a mi cuerpo y me obligaba a avanzar con pasos medidos, como si cada movimiento debiera ser calculado. Las escamas chocaban entre sí con un sonido seco y discreto, un susurro rígido que rompía el silencio a mi alrededor.
La capucha descansaba sobre mi espalda, ancha y pesada, formando pliegues densos entre mis omóplatos. Su peso no era solo físico: imponía presencia, marcaba distancia.
El interior contrastaba con el exterior áspero. El forro, oscuro y suave, retenía el calor contra mi piel, como si intentara protegerme de algo más que el frío. No tenía nada frágil ni ornamental, pero resultaba elegante. Había sido diseñada para festejos... y, sin embargo, aquella noche cumplía otro propósito. Bajo la capa, mi vestido permanecía intacto, ajeno a lo que estaba a punto de hacer.
Salí de la fiesta y del castillo sin mirar atrás. La música quedó atrás, apagándose con cada paso, sustituida por un silencio más denso, casi expectante. Me dirigí hacia las ruinas abandonadas cercanas al palacio.
Descendí por sus escaleras, que me conducían al corazón olvidado de las catacumbas, con una daga oculta bajo la capa. No dudé.
Había elegido descender, aunque sabía que allí abajo no encontraría nada intacto.
Apoyé primero el talón. Después, la suela.
Bajé lenta y deliberadamente, rozando el suelo con cada paso, hasta dejar caer todo mi peso. El sonido fue mínimo, pero suficiente para recordarme que no estaba allí por error.
Había escuchado rumores sobre lo que habitaba en las profundidades de las ruinas en las que me encontraba: agua negra y algunas Mortívoras.
Al doblar el pasillo, el pavimento cedió bajo mis pies y caí en un lago subterráneo. El agua, oscura y espesa, parecía respirar; varios cráneos brillaban en la superficie. Allí, entre fósiles sumergidos y una neblina húmeda que me rozaba el rostro, lo sentí: un pulso frío, consciente, como si algo aguardara en el fondo, observándome.
Entonces lo noté. Una titiritera atravesó la piedra con un crujido extraño, ajeno tanto al viento como a la laguna.
Y después apareció.
La Mortívora extendió su cuerpo segmentado a lo largo de la orilla. Sus patas, como garras rotas, se reflejaban en el pantano, y su aguijón traslúcido goteaba un veneno azul fluorescente. Sus ojos brillaban en la oscuridad, fijos en mí.
Di un paso adelante, confiado en mi entrenamiento.
—No... no es posible —murmuré, más para mí que para la criatura.
La Mortívora se movió con un pulso óseo, silencioso y letal. Antes de que pudiera reaccionar, el aguijón me alcanzó, perforó mi brazo y dejó en mi interior una espiral de hueso bajo la piel.
Un dolor profundo me recorrió sin previo aviso. Empezó como una punzada leve y, en cuestión de segundos, se transformó en un peso denso que me oprimía el brazo y se extendía hacia la espalda y las piernas. Moverme se volvió un esfuerzo torpe, como si mis músculos hubieran sido vaciados de toda fuerza. La piel me ardía, pero un escalofrío persistente me sacudía al mismo tiempo.
El calor me subió como una marea hirviendo desde el pecho hasta la garganta. Me llevé la mano a la frente: ardía. Los ojos me punzaban, húmedos, incapaces de enfocar, y al tragar sentí la lengua áspera, pegada al paladar.
Intenté respirar hondo, pero el aire entraba a tirones, insuficiente, como si algo me oprimiera desde dentro. Volví a intentarlo. Fue peor: el pecho no cedía. Di un paso.
Las piernas me fallaron.
El mundo se ladeó.
Tuve que apoyarme para no caer. El cuerpo ya no respondía. Solo ese calor, ese pulso desbocado... y el peso brutal del agotamiento arrastrándome hacia abajo.
El tiempo empezó a deformarse. Perdí la orientación, atrapada en pensamientos fragmentados, incapaz de distinguir lo real de lo imaginado.
El calor ascendió por mi cuello como una llama viva. Cerré los ojos un instante, y tras los párpados surgieron manchas rojas y naranjas que latían con lentitud. Cuando volví a abrirlos, el techo parecía más alto, distante, como si las ruinas se hubieran estirado. La pared frente a mí se ondulaba, líquida, imposible.
Parpadeé varias veces, intentando fijar el mundo en su sitio. Me repetía que era la fiebre, que nada de aquello era real. Pero el corazón me golpeaba con violencia y las manos no dejaban de temblarme.
Entonces llegaron las visiones.
Antiguos vampiros traicionados por los suyos. Cazadores caídos por decisiones fatales. Rostros desgarrados que gritaban en la oscuridad. Caí de rodillas. Con un esfuerzo brutal, alcé la estaca, pero cada movimiento me arrancaba el aliento y las alucinaciones se volvían más intensas.
—Malditas seáis... Esto no puede detenerme —murmuré, con los dientes apretados.
Me apoyé en la roca fría para incorporarme.
Entonces lo sentí con claridad: algo en mi sangre se había alterado. El veneno avanzaba, vivo, recorriéndome... y la Mortívora lo sabía. Por un instante, tuve la certeza de que los árboles junto a las ruinas se inclinaban hacia mí.
«¿Es el veneno... o estoy perdiendo la razón?»
La criatura retrocedió lentamente hacia el lago. Sus ojos siguieron brillando en la oscuridad. No supe si lo que había visto era real o fruto del miedo.
«Ya no puedo confiar ni en mis sentidos.»
Un dolor profundo recorrió mi cuerpo sin previo aviso: comenzó como una molestia leve y, en cuestión de segundos, se convirtió en un peso constante que se extendía por mi brazo hasta irradiarse hacia la espalda y las piernas. Moverme se volvió difícil, como si mis músculos hubieran sido drenados de toda fuerza. La piel me ardía, pero al mismo tiempo un escalofrío me atravesaba y me hacía tiritar.