La Rosa y la estaca

⋆.˚♱ vampiro ♱˚ Parte Ⅲ ⋆.˚♱ vampiro ♱˚

⋆.˚♱ vampiro ♱˚BENEDICT VIREAUX .˚♱ vampiro ♱˚

La luna iluminaba las ruinas con un brillo pálido. Allí estaba ella: su cuerpo yacía entre los escombros, frágil, débil, sangrando por la herida envenenada.

Mi instinto me ordenó retroceder, pero la humanidad que aún me ataba a la vida me obligó a acercarme.

Aún recordaba lo que había prometido siglos atrás: jamás alimentarme de humanos. Hoy, sin embargo, mis palabras tendrían otro propósito.

—¡Eh! No hagas movimientos bruscos. No voy a hacerte daño —dije, procurando que mi voz sonara tranquila.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos se clavaron en los míos y me dejaron inmóvil. Respiraba con dificultad; su cuerpo temblaba. El veneno de la mortívora le estaba robando la fuerza.

—¿Quién eres?... Aléjate —susurró Belladona, con voz apenas audible.

—No puedo. Si te quedas ahí, morirás. El veneno no espera —respondí, arrodillándome junto a ella.

—Yo puedo... No necesito que intervengas —jadeó.

—Sí, puedes morir. Yo soy un vampiro. Tú no. Y no puedo permitirlo —dije en voz baja.

Se le erizó la piel al oír la palabra "vampiro". Soltó una risa breve y nerviosa, negando con la cabeza.

—¿Un vampiro... y aun así me salvas? —susurró, incapaz de comprenderlo.

Asentí mientras evaluaba la propagación del veneno en su sangre. Cada segundo contaba.

—No todos los monstruos buscan arrasar. Algunos intentamos enmendar lo que ni siquiera fue obra nuestra —añadí, intentando calmar su desconfianza.

Sus hombros se tensaron y su mandíbula se endureció. Sus dedos, fríos y temblorosos, se aferraron a mi camisa.

Intentó apartarme. El gesto fue torpe, débil, pero insistente. Di un paso atrás; mi talón falló y vacilé, pero no aparté la mirada de la suya.

—¡Suéltame! No necesito que un monstruo me salve —dijo entre dientes.

—No puedo. Si te dejo ahora, te costará la vida. No voy a permitirlo —respondí con firmeza mientras la levantaba con cuidado.

Sentí cada estremecimiento de su cuerpo contra el mío. Sus músculos temblaban bajo mis manos; su respiración se quebraba en jadeos irregulares.

La llevé hacia un claro donde la luna bañaba la tierra con su luz fría. Pensé en lo absurdo de la situación: un vampiro salvando a una cazadora que, de tener fuerzas, intentaría matarme. Pero no había tiempo para eso. Solo existía ella y la urgencia de mantenerla con vida.

—¿Quién eres? —preguntó de nuevo.

—Alguien que no va a dejar que mueras. Solo eso. —dije.




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