La Rosa y la estaca

ཐི❤︎ཋྀ Capítulo 4 La mujer del baile ཐི❤︎ཋྀ

ཐི❤︎ཋྀ BENEDICT VIREAUX MESES ANTES ཐི❤︎ཋྀ

La lluvia golpeaba los vitrales rotos de la antigua cabaña abandonada, y yo la oía como si marcara el pulso de algo a punto de romperse. Dibujaba ríos de plata sobre el polvo y la piedra húmeda, y durante un instante me quedé observando cómo se deslizaban, hipnotizado, como si pudieran arrastrar conmigo todo lo que no quería recordar.

El olor era a madera mojada y musgo. Cada vez que inhalaba, sentía la humedad instalarse en mis pulmones, con un regusto metálico a hierro oxidado y el rastro tenue del humo de las velas. El ventarrón se colaba por las grietas del techo y las hacía titilar, tercas, aferradas a una luz mínima. También percibí un matiz acaramelado, casi inapreciable: flores marchitas olvidadas en algún rincón. Me aproximé con cuidado y las vi vencidas, con los pétalos encogidos, como si hubieran esperado demasiado tiempo.

Me pasé la mano por el rostro, y la piel se me erizó bajo la gotera que se adhería al cabello y a la ropa.

La domus estaba sumida en la penumbra, y el relente lo impregnaba todo; las paredes, desquebrajadas, mostraban manchas de verdín que trepaban sin piedad. Una única ventana descompuesta dejaba pasar el soplo frígido, y la madera envejecida crepitaba, marcada por el paso inexorable del tiempo.

El entarimado, cubierto de polvo y hojas secas, acentuaba aquella sensación de olvido.

Sentí su presencia, demasiado cerca.

La domina pelirroja mantenía la espalda recta, aunque el vendaje en su costado le arrancaba un leve gesto de dolor con cada respiración. La piedra fría se filtraba a través del colchón. Yo la observaba desde el otro lado de la sala.

Sostenía una copa de hierro entre los dedos, sin beber, girándola lentamente. La madera chasqueaba bajo mis botas.

—Esta noche huele a ceniza —dije, sin mirarla.

La contemplé deslizar el pulgar bajo la capa, sobre la empuñadura que guardaba; el metal le robaba el calor a la piel, y aun así no apartó la mano.

—Las cabañas abandonadas siempre huelen a muerte —se apartó el cabello pelirrojo del rostro.

—¿Te gustan los bailes? —pregunté, casi en un susurro.

Mi pregunta la tomó desprevenida. Frunció el ceño.

—Depende del baile —contestó.

Asentí lentamente.

—El de Mabon fue particularmente interesante —respondí.

La mujer de cabello rojizo apenas reaccionó, pero algo en su expresión se quebró por un instante, como si una memoria hubiera intentado abrirse paso a la fuerza.

Lo vi en su mirada antes de que lo admitiera: la noche de máscaras conmigo, el tintinear de las copas, el roce de la seda moviéndose entre columnas antiguas bañadas en oro. Y yo, con el antifaz negro, apareciendo a su lado como si nunca hubiera dejado de pertenecer a aquel lugar.

—No recuerdo ese baile —mintió, sin convicción.

Sonreí apenas. No hacía falta que lo dijera en voz alta para saber que sí lo recordaba.

—Yo sí —respondí.

El silencio entre nosotros se tensó, breve pero preciso.

—¿Por qué me rescataste? —preguntó al fin.

La pregunta llegó sin defensa, como si no hubiera querido formularla y aun así no pudiera evitarlo.

—Porque estabas muriendo —dije.

Apreté sus manos con cuidado, más por instinto que por necesidad, como si sostenerla pudiera evitar que se deshiciera en el aire. Ella se apartó poco después, con una suavidad casi educada. Sus rizos cayeron sobre sus hombros como un gesto tardío de defensa.

—No son pocos los que mueren —murmuró, dejando que sus dedos rozaran las sábanas, ausentes.

—Pero no todos me miran como si ya me hubieran visto antes.

Ladeé la cabeza. El borde de mi labio se tensó entre la duda y el recuerdo.

—¿A quién? —preguntó, y en su voz había algo más que curiosidad.

Llevaba aún el vestido manchado de sangre, como si el tiempo no hubiera terminado de alcanzarla.

—A una mujer que conocí en un baile de máscaras —respondí.

La imagen regresó con una nitidez incómoda.

Y, sin quererlo, sonreí.

A la mujer que compartía cama conmigo en aquella cabaña se le tensó el vientre de repente. Vi cómo sus músculos abdominales se contraían bajo la piel, un espasmo involuntario provocado por el recuerdo de aquel encuentro que no pudo ocultar.

—¿Hermosa? —preguntó ella, mientras se presionaba la tripa con la palma de la mano.

—Feroz. Demasiado orgullosa para su propio bien —respondí.

La observaba de cerca. Ella sintió un calor molesto trepando por su garganta mientras mientras añoraba el baile que desbordaba mi sensibilidad.

—¿Y qué pasó con ella? —susurró. Sus dedos jugueteaban con el borde del colchón, en un movimiento oscilante.

Estaba desplomada sobre aquel jergón matusalénico, hundido y vencido por los años, con la mirada perdida en el techo

—Nunca supe su nombre —mis dedos se tensaron alrededor de la copa con la que estaba jugando.

—¿Y tú? ¿Valió la pena ese baile? —inquirí.

—No —bajó la mirada y negó apenas con la cabeza.

No mencionó que había buscado a un monstruo, ni que había encontrado algo mucho peor. Se limitó a rememorar mi presencia junto a ella, la intensidad de mi mirada y cómo la música todavía le vibraba en la piel.

Asentí con lentitud, como si yo también hubiera estado esperando ese silencio.

—Bien —murmuré.

Aparté la mirada de inmediato; me sentía demasiado expuesto. No hice más preguntas ni intenté acercarme, pero cuando el cierzo apagó una de las antorchas, sentí que ella estaba mucho más cerca de lo que dictaba la distancia física. Era como si el recuerdo de la fiesta aún nos mantuviera unidos en un lugar que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Permanecí inmóvil, observándola.

«No debería estar aquí», razoné. «Y, aun así, soy incapaz de irme».

«Si doy un paso más, todo cambiará», pensé sin apartar los ojos de ella.




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