La Rosa y la estaca

⛧☾༺♰༻☽⛧ Capítulo 6 La sentencia Ⅰ parte ⛧☾༺♰༻☽⛧

⛧☾☽⛧ BELLADONA DE LA CRUZ⛧♰༻

La sala de juramentos de mi morada era vasta, pero el aire se sentía estancado, como si las paredes de piedra oscura hubieran sido diseñadas para asfixiar cualquier rastro de calidez. Las sombras se estiraban hasta el techo, apenas interrumpidas por el parpadeo de las velas en sus soportes de hierro. Me sentía pequeña, una mota de polvo atrapada en un engranaje milenario que no permitía el escape.

Al fondo, sobre el mármol negro, se erguía el altar: una masa de aerolito agrietada por el tiempo. Allí descansaban los instrumentos del rito: el cuenco ennegrecido, los pergaminos de bordes amarillentos y el emblema de mi familia, grabado. No había ventanas. Era un vacío absoluto, un lugar donde el cielo no podía juzgar lo que estábamos a punto de hacer.

—Per sanguinem meum et per nomen quod porto, tibi, Benedict, hoc iuramentum do... Si umquam contra te manum levavero, anima mea in tenebris aeternis pereat.— Mi voz salió monótona, arrastrando las sílabas latinas como si fueran cadenas.

Recité el juramento de mi familia, tal como estaba escrito en el pergamino dispuesto sobre el altar.

—Deme la orden —solté, con la mirada perdida en las grietas del altar.

—Debes matar a Benedict —soltó mi padre. Su voz no tembló; era fría como el metal del cuenco.

—¿Cuándo?

—Esta noche —sentenció mi madre, Isis. Sus dedos se cerraron sobre la daga ceremonial con una familiaridad que me revolvió el estómago.

—No. No lo haré.

Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos hasta que sentí el pinchazo del dolor. La sangre me subió a las mejillas.

—No es una opción —replicó él, dando un paso hacia mí.

—¡Tú dirás que no, pero yo tengo derecho a elegir por mí! —el grito me desgarró la garganta, rompiendo el silencio sepulcral de la sala por primera vez en años.

Mientras mi madre acariciaba la hoja opaca de la daga, distraída por los grabados antiguos del acero, mis dedos se movieron por instinto. Agarré el pergamino y lo estrujé. Sentí el crujido del papel viejo rindiéndose bajo mi fuerza, deformando la tinta hasta que el nombre de Benedict desapareció en un nudo de arrugas.

—¿¡Qué estás haciendo!? —el grito de mi padre se quebró al final.Se quedó petrificado, con los brazos extendidos hacia el altar como si intentara sujetar el tiempo. La calidez de su rostro se evaporó, sustituida por una palidez grisácea que hacía resaltar sus venas azuladas en las sienes. Sus labios, apretados en una línea blanca, empezaron a vibrar, incapaces de articular la siguiente orden.

—Debí hacer esto mucho antes.

Lancé el papel hacia la vela más cercana. El borde se encrespó, se volvió negro y, en un parpadeo, una lengua naranja comenzó a devorar los siglos de tradición. Isis se abalanzó hacia el altar, pero sus manos solo atraparon el humo. Las cenizas bailaron en el aire, burlándose de ella.

—¡Detente! —bramó.

—No. Se acabó. No voy a derramar sangre por vuestra locura.

El pecho me ardía. El aire entraba en mis pulmones en ráfagas cortas y desesperadas, como si el oxígeno se estuviera agotando. De un zarpazo, arrebaté la daga del altar. Mis padres retrocedieron de golpe, sus ojos se abrieron desorbitados y sus manos buscaron apoyo en el aire. No los ataqué; simplemente sentí el peso del arma antes de lanzarla lejos. El metal golpeó el suelo con un estruendo seco que vibró bajo mis pies.

—Si quieren este ritual, háganlo sin mí.

—Estás rompiendo más que un juramento —la voz de Adrien surgió de la penumbra, cargada de una advertencia que me erizó el vello de la nuca.

—Entonces que se rompa —me defendió Yara—. Que Belladona rompa el juramento.

—No basta con dar la espalda.Has cruzado una línea. Aunque corras hasta el fin del mundo, la marca de lo que has rechazado te perseguirá en cada umbría— intervino Vespera.

«No basta con alejarme». La idea me revolvió las entrañas y sentí cómo la sangre huía de mis mejillas. Una mano de hierro parecía cerrarse alrededor de mi garganta, obligándome a tragar saliva en seco. Por dentro, el corazón se desbocó; era un galope frenético que me golpeaba los huesos y me recordaba que, aunque mis pies quisieran huir, mi sangre seguía encadenada a ese suelo.

Un escalofrío me recorrió la columna. El corazón me golpeaba las costillas, una presión sorda que amenazaba con hacerme caer de rodillas.

Mi padre recogió la daga con una parsimonia aterradora. De su cinturón extrajo un pergamino de piel curtida que no cedía al tacto. Me miró fijamente mientras lo guardaba.

—Damos paso a la continuación de la ceremonia.

Sobre la mesa, una pócima comenzó a burbujear en un frasco de vidrio. El líquido violeta palpitaba con motas luminosas, como si hubiera atrapado luciérnagas moribundas en su interior. Un aroma dulzón, empalagoso como la miel podrida, inundó mis fosas nasales. Al agitarse, el remolino en el frasco pareció ensancharse, tirando de mis ojos, nublándome el juicio, prometiéndome un vacío donde ya no tendría que decidir nada más.

—El poder no se toma; se reclama bajo el precio que otros temen nombrar. Ansías la corona, pero te estremece el frío del metal. Recuerda: para encender una hoguera que jamás se apague, primero hay que estar dispuesto a convertirse en la leña —sentenció Vespera.

Mi padre me obligó a beber de ella, introduciendo el tarro con brusquedad en mi boca. El líquido descendió áspero por mi garganta mientras mis párpados se volvían pesados. Apenas tuve tiempo de procesarlo antes de que ya estuviera en mi estómago.

Después, desabrochó la hebilla de su cinturón y extrajo la daga. Se la entregó a mi madre, Isis, para hacerme un corte breve en el brazo: un gesto ceremonial para sellar el pacto.

—Ahora que has probado la pócima, es momento de sellar el pacto del que ibas a huir. Toma la daga, hija mía, y permite que el corte te una a nosotros.




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