La Ruleta De La Muerte

Capítulo 1. “Mike, Eduardo y Damián”

—Te lo juro, Elena, es verdad lo que leí —Nahuel mantenía la mirada fija en nosotros, mendigando nuestra atención—. Investigué a fondo: tres niños murieron.

Veamos: Nahuel seguía obsesionado con una historia delirante que rescató de algún rincón turbio del internet. Según él, en nuestra estúpida y fea ciudad existía una "ruleta asesina". Sí, claro, tremendamente creíble.

—Deberías alejarte de la red te está secando el cerebro —soltó Paola antes de estallar en una carcajada.

—¡Les digo la verdad! Es real —insistió él—. Solo déjenme terminar de contarles.

El grupo se acercó alrededor de Nahuel, atraídos por el morbo de su peculiar relato. Yo me limité a asentir, esbozando una leve y fingida sonrisa de lado.

—Está bien, pero después de esto no quiero escuchar ni una palabra más sobre esa bendita ruleta —suspiré con fastidio.

Nahuel sonrió. Era una expresión extraña: mitad entusiasmo, mitad puro nerviosismo.

—Ya verás que ustedes mismos van a pedir más —nos desafió con la mirada—. La historia es esta: la ruleta tiene un pasado ligado a rituales y sacrificios. Se usaba para marcar a los que debían ser destruidos.

Todo sonaba demasiado fantasioso, como el guion de una película de terror de bajo presupuesto. Estaba segura de que Nahuel sabía lo estúpido que sonaba y solo intentaba tomarnos el pelo. No podía ser real.

—¿De verdad es real? —la voz de José cortó el ambiente.

—No interrumpas, deja que termine —le espetó Juan, que ya parecía hipnotizado por el relato.

Asentimos al unísono. La atención del grupo volvía a gravitar sobre Nahuel.

—No los obligo a creerme. Yo sé lo que leí y ustedes son libres de pensar lo que quieran. Ahora, escuchen...

Victoria soltó una risita burlona.

—¡Por Dios! ¿En serio pretendes que nos traguemos esto?

Nadie le respondió. El silencio de los demás fue suficiente para que ella también callara, esperando la continuación.

—El juego consiste en esto: todos deben estar dispuestos a apostar su vida. Si aceptan, escriben su nombre en un papel y lo pegan en una de las casillas —Nahuel relamió sus labios, emocionado—. Lo siguiente es simple: girar la ruleta.

Parecía el tipo de estupidez que más de uno de nosotros haría por simple aburrimiento. No sonaba complicado. ¿Habría que recitar palabras mágicas o algo así?

—Al girarla es cuando entras en el verdadero conflicto —continuó él, bajando la voz—. Con cada vuelta que da la madera, estás entre la vida y la muerte. Si eres el elegido, no te quedarán más de cinco horas de vida; quizá ni siquiera un segundo.

—Sí, claro —José volvió a reír, aunque esta vez su risa sonó algo forzada—. Muy convincente. ¿De dónde sacaste esa basura? ¿De algún foro de Reddit?

—Sé que suena de locos, pero les propongo un trato —Nahuel nos recorrió con la mirada, buscando nuestra aprobación.

No hacía falta que lo dijera; todos sabíamos a dónde quería llegar. Era su plan desde el segundo en que abrió la boca. Mis amigos asintieron con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Yo era la única que permanecía en silencio.

—Elena, ¿tú qué dices? —preguntó él, clavando sus ojos en los míos.

Antes de responder, mi mente proyectó un desfile de escenas de terror: adolescentes haciendo algo estúpido y terminando muertos antes de que aparecieran los créditos.

—Acepto —dije al fin, forzando una sonrisa—. Esto es la vida real, no una película. Sé que no va a pasar nada.

—Andando entonces —Juan se puso de pie de un salto.

—Una cosa antes —detuve a Nahuel con un gesto—. Vamos a buscar esa ruleta, pero si la encontramos y resulta ser un pedazo de madera viejo, no volverás a mencionarla en tu puta vida. ¿Trato?

Nahuel asintió sin dudar.

—Esperen —intervino Victoria—. Los niños de la historia... ¿vivían aquí?

—Así es. Uno de ellos era el hermano de Pablo Gómez, el chico raro de la clase. Por eso les digo que es real.

Esa parte no la podía refutar. Todo el pueblo sabía que el hermano de Pablo había muerto, aunque la versión oficial no decía mucho de ser una ruleta diabólica o algo sobrenatural.

—Mierda, esto me emociona demasiado —Victoria parecía extasiada—. ¿Se imaginan que sea verdad? El poder que tendríamos sería increíble. Quiero poner los nombres de Milena y Airam en ella, ¿puedo?

—Y los de Dylan y Cesar —añadió Paola—. Esos imbéciles se lo merecen.

Las risas volvieron a llenar el sótano de mi casa, donde nos refugiábamos cada tarde después de clase. Arriba, mi madre preparaba la cena y mi hermana Jane miraba la televisión, ajena a todo. Jane siempre ha sido una rara; nunca entendí por qué no se junta con nosotros si tenemos casi la misma edad.

Al salir, el sol ya se estaba hundiendo en el horizonte. Le calculé una hora y media de luz antes de que la oscuridad nos tragara. ¡Dios! Yo debería estar recorriendo las calles de Nueva York, no persiguiendo leyendas urbanas en este pueblo pedorro. Algún día cumpliría mi sueño de largarme de aquí.




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