—¿Qué fue eso? —solté, con la voz quebrada. El corazón me golpeaba las costillas y mi respiración se volvió errática.
Nadie respondió. Solo unos gritos desgarradores llenaron el vacío del sótano. Del susto, el celular se me resbaló de las manos y el impacto contra el suelo nos sumergió en una oscuridad absoluta. De pronto, un haz de luz me dio directo en la cara, obligándome a cerrar los ojos. Era Nahuel.
—Solo fue la puerta. No es como si esos niños estuvieran molestos porque entramos —dijo él, soltando una risita nerviosa.
Apuntó la luz al suelo para que yo pudiera recuperar mi teléfono. Al iluminar al resto del grupo, mi sangre se heló: Victoria estaba en el suelo y había una mancha roja extendiéndose a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó José, acercándose con cautela.
Victoria levantó la mano; de su palma brotaba un hilo de sangre constante. Al bajar la linterna, descubrimos el culpable: una tabla podrida con varios clavos oxidados que sobresalían como colmillos.
—Solo se pinchó con un clavo, no se mueran —Juan interrumpió a Victoria, quien se puso de pie en silencio mientras se limpiaba la sangre en el suéter, dejando una marca oscura en la lana.
—Estoy bien, en serio. No pasó nada.
Asentí, tratando de que mis pulmones recuperaran su ritmo. Solo fue la tonta puerta, me repetí. Nos acercamos de nuevo a la ruleta. Estaba sepultada en lo que parecían décadas de polvo, pero los tres papeles con los nombres de Mike, Eduardo y Damián seguían ahí, desafiantes. Alargué la mano, los arranqué de un tirón y los dejé caer al suelo como basura.
—¡No, idiota! Yo los quiero —Nahuel se arrodilló para rescatar los restos de papel. Al levantarse, miró el artefacto con una fascinación casi religiosa—. Mírenla... es hermosa.
La duda se instaló en mi mente. La historia tenía partes ciertas: la ubicación, los nombres... Pero la verdadera pregunta era la que nadie se atrevía a hacer en voz alta: ¿realmente podía matar?
—¿La probamos? —Nahuel nos barrió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—¿Estás demente? —Paola dio un paso atrás, visiblemente molesta—. No vamos a jugar con eso, y mucho menos a sacarla de aquí.
—Tú no, pero yo sí —replicó Nahuel. Su mirada brillaba con una intensidad insana mientras acariciaba la madera—. Quiero ver si es verdad. Quiero saber si es una asesina. Además, hace un rato en tu casa, Elena, varios tenían sus "candidatos".
En un movimiento ágil, Nahuel arrojó los papeles viejos al suelo y metió la ruleta en su mochila. Sin esperar respuesta, se dirigió hacia las escaleras.
—¿Se van a quedar ahí a oscuras?
La puerta se abrió y Nahuel salió casi trotando. Confundidos, lo seguimos. No sabía qué estaba pasando, pero una cosa era segura: Nahuel no se iba a detener hasta ver esa ruleta girar.
—¿A dónde vamos? —preguntó Juan cuando logramos alcanzarlo fuera de la casa.
—A probarla. Airam y Milena van a ser los conejillos de indias perfectos para este experimento.
Negué con la cabeza, incapaz de procesar la velocidad de los eventos. Todo parecía un sueño febril. La ruleta era real, las muertes eran reales... pero ¿podía un trozo de madera decidir quién vive y quién muere?
—A tu casa, Elena. Ahí estaremos tranquilos —dictaminó Nahuel.
Al salir de la propiedad, el aire fresco me supo a gloria. El olor a podrido se quedó atrás, pero la inquietud me acompañó en cada paso. Si existía aunque fuera una mínima posibilidad de que la leyenda fuera cierta, nos estábamos convirtiendo en cómplices de algo terrible.
Sabía que Airam era una persona despreciable, pero ¿quiénes éramos nosotros para dictar sentencia de muerte? El camino de regreso fue un desierto de palabras. Nahuel caminaba tan rápido que casi teníamos que correr.
—¡Elena! —la voz de mi madre me sobresaltó al cruzar el umbral—. La cena casi está. ¿Tus amigos se quedan?
No pude articular palabra; solo asentí con la cabeza y nos escabullimos hacia el sótano. Nahuel colocó la ruleta sobre una mesa circular en el centro del cuarto. Le quitó el polvo con las manos y sonrió.
—Qué asco... ¿eso es sangre? —Victoria señaló unas costras oscuras sobre la superficie de madera.
—Tal vez de alguno de los niños —respondió Nahuel como si hablara del clima—. Pero eso no importa. ¿A quién ponemos primero?
—Ni se pregunta. Pon a Airam, Milena, Dylan, Pablo y César. Total, no va a funcionar —Juan soltó una carcajada forzada—. No somos tan estúpidos como para poner nuestros propios nombres.
José sacó una libreta de su mochila y empezó a rasgar hojas.
—¿Por qué a Pablo? —pregunté, sintiendo un pinchazo de culpa.
—Para rellenar espacios —dijo Juan, pasándole un bolígrafo a José.
Me quedé pensando en Pablo. Primero perdió a su hermano y ahora sus "compañeros" ponían su nombre en una ruleta maldita por puro capricho. Sentí el impulso de tomar mi celular y escribirle, era la curiosidad que me quemaba por dentro. Necesitaba saber los detalles de la muerte de su hermano, confirmar si había algún hilo que uniera esa tragedia con el trozo de madera que teníamos enfrente. Tenía que ser inteligente y cautelosa; mañana en clase buscaría la forma de sacarle la verdad sin que sospechara nada.
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Editado: 05.04.2026