Las miradas de todos estaban clavadas en Nahuel. Él se limitaba a sonreír. Pasaron unos segundos que sentí como horas, hasta que por fin habló.
—La historia dice que pueden ser cinco horas, pero que también puede ser tan solo un segundo —añadió, sin borrar esa expresión de su rostro.
Mi corazón latía con una fuerza violenta; estaba aterrorizada y, por las caras de los demás, sabía que no era la única.
—¿Somos unos asesinos? —preguntó Victoria con la voz entrecortada por los nervios—. No quiero serlo, no quiero ser la culpable de la muerte de nadie. Él no tiene la culpa, no sabían lo que hacían, solo querían ser graciosos.
—¡Cállate, Victoria! —gritó José, perdiendo la paciencia—. No hemos matado a nadie... aún.
Victoria no respondió; simplemente comenzó a llorar en silencio. Se me formó un nudo en la garganta. ¿Qué se suponía que hiciéramos ahora? ¿Llamarlo? De alguna forma teníamos que asegurarnos de si la ruleta había funcionado o no. Pasaron los minutos y el silencio se volvió denso, cargado por el estrés que nos asfixiaba a todos.
—¿Cómo sabremos si funcionó? —preguntó Juan, rompiendo el hielo.
—No lo sé —respondió Nahuel. Por primera vez, se veía algo inquieto—. Lo siento, me tengo que ir. Dile a tu madre que agradezco la invitación a cenar, pero tengo muchas cosas que hacer.
Se puso de pie bruscamente y se acercó a la ruleta. La tomó para meterla en su mochila, nos dio un último vistazo y sonrió de nuevo.
—No, no puedes llevártela. La ruleta se queda aquí —dije, caminando hacia él para cortarle el paso.
—¿Qué dices? La ruleta es mía —replicó Nahuel, comenzando a irritarse—. Yo les conté la historia, así que, técnicamente, fuimos a buscar algo que ya me pertenecía.
Me planté frente a él. No iba a permitir que esa cosa saliera de la casa, y mucho menos con él.
—No podemos dejar que la tengas tú. Estás tan obsesionado que resulta peligroso —intervino Paola, acercándose a mi lado—. Es mejor que se quede aquí, en casa de Elena. Igual todos venimos casi todas las tardes.
Nahuel nos miró con una mezcla de furia y nerviosismo.
—Les mentí, ¿está bien? La ruleta no va a funcionar, solo quería asustarlos. Así que descuiden, no va a pasar nada malo, solo era una broma. Déjenme llevármela.
Negué de inmediato.
—No sale de aquí hasta que averigüemos si dice la verdad.
Extendí la mano hacia él. Tras un momento de tensión pura, él cedió y, con un gesto brusco, me entregó la mochila.
—Está bien, pero me voy —sentenció. No pude descifrar su última expresión, pero era evidente que se marchaba furioso.
Suspiré e indiqué a mis amigos que era hora de cenar. Seguíamos tensos, pero esperaba que la comida nos ayudara a despejarnos. Fuimos a la mesa, donde mis padres y mi hermana ya estaban sirviendo. Nos sentamos en un silencio sepulcral que contrastaba con la calidez del comedor.
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó mi padre con curiosidad.
Paola me miró nerviosa, sintiendo la presión de la pregunta.
—Un proyecto, señor Gilbert —interrumpió José, logrando que ella se relajara. Mi papá asintió y mi madre terminó de servir.
Con el paso de los minutos, la tensión por la ruleta pareció disminuir. Empezamos a respirar con cierta normalidad, aferrándonos a la esperanza de que Nahuel hubiera dicho la verdad.
—Elena —susurró Paola, dándome un codazo—. Pregúntales sobre esos niños.
Asentí, sintiendo de nuevo un pinchazo de inquietud.
—Mamá, te quería preguntar algo... por pura curiosidad. ¿Qué fue lo que realmente pasó con Mike, Damián y Eduardo?
Mi madre se detuvo, confundida, y miró a mi padre antes de volver la vista hacia mí.
—¿A qué viene ese interés ahora?
—Solo curiosidad —repetí, tratando de sonar casual.
Ella tragó saliva y le dio un sorbo a su bebida. Me dedicó una sonrisa algo forzada que no llegó a sus ojos.
—No sé mucho, pero sé que a esos tres les gustaba demasiado jugar en el bosque. En este pueblo todos saben que eso es peligroso, pero ellos nunca obedecían.
Su rostro se tornó serio de repente.
—Un día los encontraron a mitad de la maleza. Los había atacado un animal salvaje. Lo extraño fue que ninguno tenía ojos.
—¿Sin ojos? —Juan soltó la pregunta, aterrado.
Mi madre asintió en silencio y siguió comiendo. El apetito se me esfumó. No podía sacar de mi mente la imagen de César tirado en el bosque, en las mismas condiciones. Al terminar la cena, me despedí de mis amigos. Acordamos vernos en la escuela, todos con el miedo latente de descubrir la realidad.
De camino a mi habitación, pasé junto a la mochila de Nahuel. Pensé en abrirla, en mirar la ruleta una vez más, pero el miedo me ganó y seguí de largo.
—Tus amigos son raros —dijo Jane, mi hermana, soltando una risita antes de entrar a su cuarto—. Incluso más raros que tú, hermanita.
No le respondí. Me desplomé en la cama y el cansancio acumulado me arrastró a un sueño profundo.
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Editado: 23.04.2026