POV Rodrigo.
La noche estaba cayendo y, con ella, se sentía una pequeña brisa que hacía que las hojas de los árboles se movieran, dándole un toque tétrico al bosque.
—Para serte sincero, no me gusta estar aquí —dije, sintiendo cómo los nervios me recorrían la espalda. A diferencia de mi amigo, yo estaba aterrado—. Tú pareces muy feliz.
—Puedes irte si quieres. No necesito tu ayuda, ya te lo dije.
César sonrió y siguió caminando, adentrándose cada vez más en la espesura que, en cuestión de minutos, quedaría sumida en la oscuridad absoluta. Mierda. Si no fuera mi mejor amigo, jamás lo habría seguido; es solo que no quería dejarlo solo, y menos al caer la noche. En el pueblo circulaban muchas historias sobre este bosque, pero la más reciente era la del hermano de Pablo: fueron atacados por animales salvajes y fue un milagro que lograran encontrar sus cuerpos.
—¿Vienes o no? —gritó César sin detenerse.
Todo dentro de mí quería dar media vuelta y correr, pero solo asentí. Él sonrió y siguió avanzando. Yo fui detrás, sintiéndome como un completo imbécil.
—¿Por qué querías venir aquí exactamente? —pregunté, tratando de romper el silencio del bosque.
—Te tengo una sorpresa. —César se agachó y, bajo lo que parecían unas ramas secas y piedras amontonadas, sacó un objeto envuelto en un pañuelo.
Pensé que sería droga, pero lo que vi cuando apartó la tela me hizo retroceder de golpe hasta chocar contra un árbol.
—¿Qué mierda? —pregunté con el corazón en la garganta—. ¿De dónde sacaste eso?
—Se la robé a mi papá. —César sonrió mientras me apuntaba directamente. Miré su dedo apoyado firmemente sobre el gatillo y comprendí que haber venido era la peor idea de mi vida—. Ven, te enseñaré a usarla.
Negué frenéticamente con la cabeza. Esto no podía terminar bien; haríamos demasiado ruido, la noche ya estaba encima y estábamos en el maldito bosque.
—No me obligues a apuntarte en serio.
César comenzó a caminar lentamente hacia mí, acorralándome contra el tronco del árbol.
—Vete a la mierda, amigo. Me voy. —Sin mirar atrás y con el miedo nublándome la vista, me di la vuelta, dispuesto a dejarlo allí solo con su locura.
Regresar era mucho más difícil ahora sin la luz del sol. Justo cuando iba a sacar mi celular para alumbrar el camino, un fuerte grito me hizo sobresaltarme. Me giré, pero la oscuridad ya era casi total. Encendí la linterna de mi celular e intenté regresar, buscando desesperadamente el punto donde lo había dejado hacía unos segundos.
—¡César! ¿Estás bien? —Mi voz sonaba aguda y entrecortada. Mis pensamientos me bombardeaban con imágenes de mi amigo siendo devorado por alguna bestia. —¡Responde, por favor! —supliqué al ver un movimiento brusco entre unos arbustos—. ¿César?
Un fuerte grito me hizo caer de nalgas al suelo. Allí estaba él. Estaba tirado en la tierra, retorciéndose y luchando violentamente contra algo que yo no podía ver.
—¡Ayúdame, Rodrigo!
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
—Mis ojos... me duelen... ¡Ayúdame, por favor!
Me levanté justo cuando él también lo hacía. ¡Dios mío! Parecía poseído. Entonces entendí el horror de sus palabras: sus malditos ojos estaban completamente blancos, vacíos. Un grito agudo escapó de su boca mientras corría hacia el árbol más cercano. Comenzó a golpear su cabeza contra el tronco una, otra y otra vez con una fuerza inhumana. De repente, se detuvo en seco y se giró hacia mí.
—¡Detente! —grité, con el rostro bañado en lágrimas.
La pistola seguía en su mano. Lo vi llevarse el cañón a la boca y, sin un segundo de duda, apretó el gatillo.
***
POV Elena.
No. Mi mente se bloqueó, negándose a procesar las palabras de la maestra. Él no podía estar muerto. Mierda, fuimos nosotros. Nosotros lo matamos. El aire se volvió pesado, como si el salón se estuviera quedando sin oxígeno. Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas bajo el pupitre.
—Les dije que la ruleta era auténtica —susurró la voz de Nahuel a mis espaldas, cargada de una emoción inquietante.
—Somos unos asesinos —Victoria se puso de pie bruscamente. Estaba tan pálida como un cadáver—. Nosotros lo matamos.
Rompió a llorar de forma desconsolada. La maestra se acercó a ella con paso lento, mirándola con compasión.
—Lo siento mucho, entiendo que debieron ser muy cercanos —dijo con suavidad—. Todos pasaremos al gimnasio ahora; habrá una misa en memoria de su compañero. Los veo allá.
En cuanto la maestra cruzó la puerta, Victoria se derrumbó por completo.
—Ay Dios, esto no está pasando...
Suspiré, tratando de aferrarme a cualquier lógica. Esto tenía que ser una coincidencia, una estúpida y macabra coincidencia. No estábamos en una película de terror; estas cosas no podían ser reales.
—No, la ruleta no puede hacer esto —sentencié, tratando de sonar más segura de lo que me sentía.
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Editado: 23.04.2026