La Ruleta De La Muerte

Capítulo 5. “La ruleta es real”

—Bueno, aquí va una más —Nahuel mantenía esa sonrisa cínica en el rostro—. Una vez sería una casualidad, pero dos... eso nos dejaría claro de lo que somos capaces.

Es un imbécil. No podía creer que todo esto lo tuviera tan emocionado. Su mirada estaba clavada en la ruleta, que aún giraba con un chirrido sordo, aunque ya no faltaba mucho para que se detuviera.

—Elena, ¿de qué está hablando? —Jane me miró, completamente confundida.

Suspiré con nerviosismo. Tenía que saberlo; ahora ella estaba involucrada en esta mierda hasta el cuello.

—Hay algo que tienes que saber, Jane.

No sabía cómo empezar, pero necesitaba decírselo antes de que el destino se sellara. Desvié mi mirada hacia la ruleta; le faltaban apenas unos segundos para detenerse. Mi respiración se agitó y, finalmente, ocurrió. La aguja marcó un nombre: Mily.

—¿Quién es? —pregunté de inmediato, con un nudo en la garganta.

—Una de mis mejores amigas... ¿por qué? —Jane frunció el ceño.

Por un momento, todos nos quedamos en un silencio sepulcral. No sabía cómo explicarle que su amiga estaba sentenciada por culpa de un trozo de madera, así que fui directa:

—Ella va a morir, Jane. La ruleta es mala.

Mi hermana soltó una carcajada de incredulidad. Entiendo que parece una locura sacada de una mala película, pero es real. Esta pesadilla es real.

—Claro. ¿Y ahora me vas a decir que tienes poderes sobrenaturales y puedes predecir el maldito futuro?

Negué con la cabeza, pero antes de que pudiera responder, Nahuel intervino con veneno en la voz:

—Tienes razón, Jane. Tu hermana solo intenta jugar con tu mente, no caigas en sus mentiras.

—¡Es real! Nosotros matamos a César. No fue nuestra intención, pero así fue; solo queríamos ver si funcionaba —gritó Juan. Pude notar cómo la culpa lo estaba destrozando por dentro.

Tenía que creerme. Saqué mi celular y le mostré la historia que Nahuel nos había enseñado. Jane comenzó a leer, perdiendo la sonrisa segundo tras segundo. Yo miré de nuevo la ruleta y leí los otros nombres que estaban ahí: Aylen, María y Mel.

Sigo sin entender qué la hace especial. Es madera, pintura y nada más. ¿Cómo terminó en esta ciudad? ¿Qué secretos esconde?

—Esto no puede ser verdad... —Jane se veía pálida, el miedo finalmente asomándose en sus ojos—. Mierda, Elena, dime que no es cierto.

Sentí unas ganas inmensas de abrazarla, pero ella se apartó de mí bruscamente, como si mi cercanía la quemara.

—Si tu amiga Mily muere, descubriremos la verdadera naturaleza de la ruleta —añadió Nahuel, más emocionado que nunca.

Jane me fulminó con la mirada.

—¿Qué mierda hiciste, Elena? Sabías lo que esa cosa era y no me dijiste nada. ¡Mi amiga va a morir por tu culpa!

Sin dejarme responder, salió corriendo del sótano. Iba a ir tras ella, pero José me tomó con fuerza de la mano.

—¿Creen que debamos buscar a Mily? —preguntó José con urgencia.

—No, no podemos estar cerca de ella —dijo Paola, aterrada—. Si algo la mata, podría llevarnos con ella. Solo queda esperar.

En un arrebato de ira, tomé la ruleta, arranqué los nombres, los hice una bola y los lancé al suelo. No quería que siguieran pasando cosas malas. Esto se terminaba hoy.

—Vamos a quemarla —sentencié.

—Ni se te ocurra, es mía —Nahuel intentó arrebatármela, pero fui más rápida y la pegué a mi pecho.

—Elena tiene razón. Si es algo diabólico, el fuego es la única solución —comentó Juan—. Aunque... ¿creen que podríamos venderla? Quizá valga algo.

Negué ante su estúpida pregunta. Venderla sería condenar a alguien más. Subí las escaleras decidida a destruirla; los demás eran demasiado manipulables y sabía que Nahuel intentaría convencerlos de lo contrario.

—¡Elena, ven rápido! —la voz de Jane gritó desde la entrada de la casa.

Me asusté tanto que, en un error que lamentaría después, le entregué la ruleta a la persona más cercana, Nahuel, y corrí hacia la puerta. Afuera, bajo la luz del día, había una chica joven. Era Mily.

—¿Qué hace ella aquí? —pregunté, sintiendo un frío glacial en los huesos.

—Yo la invité ayer... ¿Qué hacemos? ¿Se lo decimos? —susurró Jane.

Mily nos miraba confundida; se veía perfectamente bien, con una sonrisa ligera. Paola llegó a mi lado y, con una frialdad que me espantó, preguntó:

—¿Por qué todavía no estás muerta?

Mily soltó una risa burlona.

—Ahora entiendo lo que me decías de tu hermana y sus amigos, Jane. Sí que son bichos raros.

—Lo siento, Mily, pero debes irte. No es un buen momento —intervino Jane, azotándole la puerta en la cara.

Pero justo antes de que la madera cerrara el paso, vi algo. Una chispa de oscuridad en sus pupilas. Sus ojos.

—¿Vieron eso? —pregunté, sintiendo que el aire me faltaba.




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