La Ruleta De La Muerte

Capítulo 6. “Primera ronda”

La escena era sencillamente horrible. Las paredes, los sillones y algunos de los cuadros que adornaban mi casa estaban ahora salpicados de sangre. En el centro, donde solía estar la mesa donde mi familia ponía botanas para ver películas, no quedaban más que añicos. En su lugar yacía una persona; una persona que ahora estaba muerta.

—¿Qué hacemos con ella? —la voz de José me sacó de mis pensamientos. Mis manos no dejaban de temblar.

No supe qué decir. Al parecer, nadie lo sabía. Únicamente nos quedamos allí, estáticos, observando a Mily tirada en el suelo, con el cuerpo en una postura imposible.

—¿Cómo que «qué hacemos»? —preguntó mi hermana Jane con la voz quebrada—. Hacer lo obvio: llamar a la policía. Tenemos que contarles lo de la ruleta, esa cosa es real.

No estaba segura de que fuera buena idea. Seguro no nos creerían; suena a algo sacado de una película de terror barata. Me giré hacia Nahuel, intentando recordar quién había tenido la ruleta por última vez en medio del pánico.

—Ellos no pueden saberlo. No podemos decirles nada, ¿estás loca, niña? ¡Iremos a la cárcel! —Juan se veía alterado, el pánico le nublaba por completo el juicio.

Intenté buscar el artefacto con la mirada, pero no lo vi por ningún lado. Supuse que alguien, quizá en un momento de lucidez, la había llevado nuevamente al sótano durante el caos.

—Juan tiene razón, la policía no nos va a creer —dije, tratando de sonar calmada aunque por dentro sentía que el alma se me escapaba.

Me agaché para observar a Mily. Nunca imaginé que así funcionaba la ruleta; aunque era lógico, no es como si el objeto fuera a sacar un cuchillo y ponerse a matar gente por sí solo.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Jane, y su mirada ahora desbordaba un enojo profundo.

—Claro que vamos a llamar a la policía —dije dando un suspiro pesado—, pero no diremos ni una palabra sobre la ruleta. Diremos que ella llegó, tocó la puerta y, al abrir, sucedió esto. Diremos la verdad... omitiendo ese maldito objeto.

Todos asintieron, excepto mi hermana, que me miraba con un odio que nunca le había visto.

—Elena, esto es tu maldita culpa. ¿Por qué mierda no me contaste en qué estaban metidos? —Jane me dio un empujón que casi me hace caer—. Si por una vez hubieses confiado en mí, Mily no estaría muerta. Es tu culpa, Elena. De nadie más. Solo tuya.

Paola soltó una risa seca y amarga, interviniendo para defenderme.

—No la culpes, no es justo. Tú fuiste la que se metió a usar cosas que no le pertenecen. Tu hermana, al igual que nosotros, no sabía que esa cosa era real hasta esta mañana. Así que deja de ser una perra; ya tenemos suficiente trauma con ver a tu amiga muerta en la sala como para aguantar tus berrinches.

Jane no respondió. Con los dedos temblorosos, sacó su celular y marcó a emergencias. En el fondo, yo sabía que tenía parte de la culpa por permitir que esa cosa se quedara en casa, pero el peso del remordimiento era insoportable. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas; finalmente, me quebré por completo.

—Ellos vienen para acá —sentenció Jane con frialdad—, y yo voy a decir toda la verdad.

Asentí en silencio. Si eso era lo que quería hacer, no podía detenerla. Nos dispersamos por la casa en un silencio fúnebre, esperando el sonido de las sirenas.

—¿Qué haremos con esa cosa? —susurró Victoria, refiriéndose a la ruleta.

—De momento, nada. La policía ya viene, no podemos actuar extraño. Solo diremos lo que vimos.

—Yo no puedo quedarme —habló Nahuel de repente, tras haber permanecido en un silencio sepulcral—. No podría lidiar con la policía. Lo siento.

Nahuel agachó la mirada y caminó hacia el sótano. Cuando lo vimos salir segundos después, llevaba su mochila al hombro. Justo cuando iba a decirle algo, el eco de las sirenas inundó la calle y mi hermana abrió la puerta principal.

***

Llevo horas con la mirada fija en el techo. He intentado dormir, pero el sueño se me escapa entre los dedos. No dejo de pensar en esa pobre chica, en sus ojos blancos y en ese vidrio atravesándole la cara. Son imágenes que jamás podré borrar de mi mente.

El reloj de mi mesita de noche marcaba las cuatro de la mañana. Con un esfuerzo sobrehumano, logré ponerme de pie. La policía no nos había creído ni una palabra; por suerte, a Victoria se le ocurrió decir que Mily actuaba de forma errática, como si estuviera drogada, y solo así dejaron de hostigarnos con preguntas sin respuesta.

Esa cosa tiene que desaparecer. Ahora mismo. Salí de mi habitación y fui directo al sótano. Bajé las escaleras a toda prisa, pero al llegar al final, el frío me caló hasta los huesos. Encima de la mesa no había rastro de la ruleta.

—¡Hijo de puta! —el recuerdo de Nahuel entrando al sótano por su mochila regresó a mi mente como un latigazo—. Te llevaste la maldita ruleta, enfermo estúpido.

Saqué mi celular y marqué su número. Sonó varias veces hasta que la llamada fue directo al buzón.

—Por favor, atiende... —mi respiración se volvió pesada. Nahuel es capaz de cualquier cosa con ese objeto en su poder. Intenté llamarlo una y otra vez, sin éxito. Por un momento pensé en ir a su casa a esa hora, pero era demasiado peligroso; si mis padres se despertaban y no me veían, las consecuencias serían fatales.




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