La maleta permanecía cerrada sobre la cama, con manojos de blusas y vestidos esparcidos alrededor, cuando volvió a oírse el timbre del celular. Regina regresó al dormitorio, dejó la humeante taza de café sobre la mesa de luz y se agachó para buscarlo entre las prendas, con tan poco cuidado que algunas acabaron en la alfombra.
—Como sea Sharon otra vez, juro que la voy a matar —se quejó. Cerró los dedos en el aparato y miró el número en la pantalla: no era ella.
—¿Regina? —preguntó la voz al otro lado del auricular.
—Hola, Claire, disculpa que tardara tanto en contestar; tengo la casa patas arriba. ¿Qué pasó?
—Noto un deje de mal humor en tu voz.
Regina dio un suspiro. Tomó un cigarro de la cajetilla que estaba junto a la taza de café, lo apretó con el costado de la boca y caminó hacia el balcón.
—No me hagas caso —dijo, hundiendo la mano en el bolsillo del vaquero, en busca del encendedor—. Es que mi hermana no para de llamar cada dos minutos para decirme que no me olvide de esto y aquello. Ya sabes, por lo del viaje.
—Entonces estás muy ocupada, ¿no?
—Mucho. De saber que sería tan complicado armar la maleta, habría adelantado trabajo ayer por la tarde. ¿Por qué lo preguntas?
—Hoy en la oficina quedaste de tomar unas copas con Susan y yo, ¿recuerdas? Hace quince minutos que estamos en el bar.
—¡Maldición, lo olvidé por completo! —exclamó Regina, escupiendo el cigarro sin encender—. ¡Lo siento tanto!
Desde el auricular se escuchó la risa de dos mujeres. La segunda le quitó el celular a la primera.
—Hola, soy Susan. ¿Por qué no dejas a un lado las disculpas y te vienes de una vez? No te irás del país sin tomar unos Martinis a nuestra salud, ¿o sí?
Regina no respondió de inmediato. Su apartamento estaba en un décimo piso, así que se acodó en el balcón y desde esa altura miró al horizonte de la ciudad. Aunque el cielo aún era azul, el sol acababa de ocultarse hacía menos de un minuto y rectángulos de luz amarilla empezaban a florecer en las negras fachadas de los edificios. Una brisa fresca le acarició el cabello color tinta, trayendo consigo el olor salino del mar, apenas perceptible entre la peste de los caños de escape omnipresentes. Por un momento, toda la tensión que cargaba en sus hombros desapareció.
Minutos después, entró en aquel bar céntrico que conocían tan bien y Claire le hizo señas desde una de las mesas. Era la misma que solían elegir, cerca de la barra. La rubia achinó los ojos, cuyas pupilas de avellana mantuvo en Regina mientras esta se le acercaba.
—¡Qué cara! —dijo.
—¿Qué pasa con ella?
—Parece que vienes de un funeral —apuntó Susan, quien llevaba su lacio cabello oscuro recogido en una trenza.
Regina se dejó caer en una silla, justo frente a sus amigas, y se cruzó de brazos.
—Me siento como si viniera de uno —concedió.
—¿Tan pesada es tu hermana?
—No es solo ella. Es que al viaje irá su esposo y este traerá a toda su familia.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—¡Por favor, Susan! —exclamó Claire—. ¿Cómo vas a preguntar eso? ¿No conoces al esposo de su hermana?
—No.
—Es el tipo más aburrido que te puedas imaginar. Siempre va por ahí dando la lata con temas de física cuántica mientras exhibe sus sosas camisas planchadas. Parece un clérigo.
—Y su padre realmente lo es —intervino Regina—. Sharon me obligó una vez a ir a uno de sus sermones. ¡Fue el domingo más largo de mi vida! Además, te puedes imaginar que no aprueban en absoluto nada de lo que soy.
—Pero no tienes que ir con ellos todo el tiempo —dijo Susan—, tendrás a tu disposición las mejores playas del mundo. ¿Me vas a decir que no fantaseas con tomar el sol junto al mar, rodeada de tipos macizos todos bronceados?
—Mi hermana detesta las playas, así que no nos acercaremos a una.
—¿Y entonces para qué quiere ir?
—Para ver la arquitectura.
Claire y Susan se rieron al unísono. Regina forzó una sonrisa.
—No entiendo por qué se ríen. Fue idea de ustedes que aceptara ir con ella de vacaciones.
—Por favor, Regina, no te lo tomes a mal: sabes que estamos bromeando— dijo Susan—. Es que a mí no me habías contado que la familia de tu cuñado te caía tan mal. Como sea, pienso que el viaje te vendrá bien para despejar la mente y olvidarte de...
—¿Olvidarme de qué? —preguntó Regina, notando la mirada que Claire le lanzó a Susan para que cerrara la boca.
Pero antes de que pudiera insistir, apareció una chica a preguntar si querían algo, así que le pidió su Martini. Luego, se limitó a beber mientras Claire aprovechó la interrupción para hacerse cargo de la charla, poniéndolas al día con una nueva relación de los problemas entre ella y su novio John, si es que la palabra “novio” lograba definir de algún modo lo que existía entre ambos: se conocían desde apenas una semana atrás. Tan expresivo, a la vez que absurdo, era su relato, que Susan se olvidó por completo de Regina y ambas charlaron ignorándola hasta que ella se puso de pie, dispuesta a volver al apartamento.