Sharon se hallaba de pie ante la ventana de la cocina con una taza de té en la mano, mirando cómo empezaban a encenderse las luces de la ciudad en ese nublado crepúsculo, cuando sonó el celular. Se lanzó sobre este igual que una pantera.
—Hola, amor —saludó la voz desde el auricular—. ¿Cómo está todo?
—¡Jack, no debiste llamar a larga distancia!
—No te preocupes, amor. ¿Encontraste a Regina?
—Sí, lo hice —Sharon se dejó caer en la silla, frente a la notebook que había tomado prestada de su hermana—. ¿Puedes creer que la muy cretina estaba de fiesta por ahí mientras nosotros nos preocupábamos? Justo me hallaba en la comisaría, haciendo la denuncia, cuando me llamó al celular.
—¿Estaba con sus amigas?
—No me lo dijo, pero me parece que pasó la noche con un hombre.
Jack soltó un suspiro que indicaba reprobación.
—Al menos está bien —dijo—. ¿Dónde está ahora?
—Duerme para curarse de la resaca: estoy con ella en su apartamento. —Sharon hizo una pequeña pausa y soltó la pregunta que llevaba todo el día deseando formular—. ¿Cómo te fue en el viaje?
—Acabamos de llegar al hotel. Estoy muy cansado: aquí son las dos de la mañana.
—¿Y los niños?
—Jessica los acostó: se cansaron con el traqueteo del avión. Ojalá no se desvelen, ya sabes, por el jet lag.
—¿Y cómo se lo tomó…?
—¿Mi mamá?: se puso hecha una furia cuando supo que no nos acompañarías.
—Lo imaginé.
—Papá se lo tomó mejor. Dijo que de haber sabido que tu hermana estaba desaparecida, se habría quedado para apoyarte y que eso debería haber hecho yo.
—Menos mal que no lo hiciste.
Hubo un silencio incómodo, que fue roto por Jack.
—¿Cuándo vendrán Regina y tú? ¿Ya pudiste cambiar los boletos?
—Sobre eso quería hablarte. —Sharon titubeó—. Creo que vamos a tardar más tiempo del que pensé.
—¿Cuánto?
—Como una semana.
—¿QUÉ?
El tono de Jack descolocó a Sharon. Tragó saliva.
—Quise cambiar los boletos por internet y me di cuenta de que no iba a poder así que llamé a la compañía. Ahí me dijeron que todos los vuelos con el mismo destino ya estaban reservados de aquí a una semana. Al parecer están en plena temporada.
—¿Y qué van a hacer ahora?
—No te preocupes, Jack: tengo pensado seguir insistiendo, quizás con otra compañía. Lo que pasa es que ahora estoy cansada. Además…
—¿Qué pasa?
—Estoy muy preocupada por Regina. Ha estado mucho mejor durante los últimos meses, pero me parece que está volviendo a recaer. Pienso que sería mejor que compartamos algo de tiempo a solas, ella y yo.
Jack dio un suspiro.
—No estarás diciendo que vas a dejarme solo, ¿o sí?
—No es eso. Lo que digo es que…—Sharon se puso nerviosa. El corazón le saltaba en el pecho, golpeando con fuerza sus costillas. No pudo continuar con la frase, así que hubo un breve momento de silencio que Jack interrumpió:
—Sharon, no vuelvas a hacerme esto. Te lo imploro.
Ella no le contestó. En su lugar, tocó el botón de finalizar llamada y se llevó la mano hasta la mejilla para enjuagarse las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos. Jack no volvió a llamarla.
...
Varias horas más tarde, vio a Regina dándole la espalda, y arrugó la nariz al notar el olor a quemado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, frotándose la mejilla marcada con la forma del teclado: se había quedado dormida sobre él, abrazada al rollo de servilletas de cocina. Regina quitó su atención de la mesada y le dedicó una sonrisa.
—Lo siento, no quería despertarte —dijo.
—No importa. ¿Te estás haciendo de cenar?
—En realidad, nos estoy cocinando a las dos. ¿Tienes hambre?
—Por supuesto, pero no confío mucho en tus dotes como cocinera.
Regina se rio.
—Por esta vez, tendrás que hacerlo —dijo, y colocó un plato frente a Sharon. Esta corrió la computadora y el rollo de servilletas a un lado, y se recogió el alborotado cabello en una coleta. La tortilla que Regina le sirvió antes de ir a ocupar un asiento frente a ella, tenía los bordes achicharrados. La suya propia también estaba así, de modo que Sharon supo que no lo estaba haciendo de mala fe, por lo que tomó el tenedor, y, luego de dar un profundo respiro, le hincó diente.
—¿Hablaste con Jack?
La pregunta la tomó desprevenida. Aferró el vaso de jugo y le dio un buen trago antes de responder.
—Así es —tosió Sharon, con el rostro arrugado en una mueca al sentir como la tortilla le raspaba el esófago al bajar. Se llevó una mano al pecho antes de proseguir—. Me llamó hace un par de horas, ni bien llegó al hotel.