Al volver a casa de Sharon, las hermanas gastaron el resto de la tarde evaluando sus compras, apiladas en varias bolsas y paquetes que acarrearon en el taxi: más que un viaje en auto, parecía que iban a hacer un viaje a la Luna, observó Regina. Luego, se reunieron en la cocina a cenar; para esa hora, estaban tan cansadas que apenas intercambiaron algunas frases sobre lo que habían hecho y lo que les quedaba por hacer antes del viaje. La charla fue muriendo de a poco, hasta que Regina se levantó de su silla para ir a su cuarto en la habitación de invitados.
—¿A dónde vas? —preguntó Sharon—. ¿No quieres ir conmigo a la sala? Podemos ver una película.
—No, gracias —dijo Regina, y se llevó la palma de la mano a la boca para cubrir un bostezo—, estoy muy cansada. Además, no estoy dispuesta a soportar otra vez a Barbol o a Jar Jar Binks.
Sharon se sonrojó.
—Tú te lo pierdes —dijo—. Sin embargo, antes de acostarte deberías telefonear a alguna de tus amigas. Ayer las llamé para preguntarles por ti, y luego les avisé que estabas bien, pero todavía me llegan algunos mensajes suyos.
Esas palabras fueron como una puñalada entre las costillas: con el ajetreo del día, Regina se había olvidado por completo de Claire y Susan.
—Tendré en cuenta la sugerencia. Buenas noches.
Una vez estuvo en su habitación, se sentó en la cama con la cartera en el regazo y extrajo el celular. Marcó el número de Claire, y ella le tomó la llamada al instante.
—¡Por fin te acuerdas de mí! —exclamó desde el auricular—. ¿Qué te pasó? No estarás enojada por lo que pasó en el bar, ¿o sí?
—Tranquila, estoy bien —dijo Regina—. Han pasado tantas cosas desde que nos separamos, que recién ahora estoy aclarando mis ideas.
—Sé que Susan y yo no nos comportamos bien contigo, y te pido disculpas en nombre de las dos: supongo que todas estábamos un poco frágiles esa noche.
—Descuida, no pasa nada.
—¿Qué estás haciendo ahora? ¿Estás en tu apartamento?
—No, estoy en casa de mi hermana.
—¿Y por qué no vienes a reunirte conmigo en el bar? Podríamos hablar y más tarde unirnos a Mónica y a Susan: quedamos para ir de nuevo a la discoteca.
—Está bien, nos vemos en un rato.
En cuanto cortó, se encerró en el baño para asearse y maquillarse. Luego desarmó una de sus maletas para extraer una falda y un top que cubrió con su chaqueta favorita, y volcó en el piso la maleta donde se había traído los zapatos; como ya de por sí era bastante alta, no solía usar plataforma, pero sentía una debilidad por los tacones: tomó un par entre sus manos y salió del cuarto caminando sobre la punta de los pies, para no advertir a su hermana. La vio al bajar la escalera, sentada en un sillón de la sala: le daba la espalda, con la silueta marcada por el resplandor del televisor, que llenaba el ambiente con la voz de Harrison Ford.
“Otra vez viendo Los Cazadores del Arca Perdida”, pensó Regina, agitando la cabeza con desaprobación mientras caminaba hacia la puerta de salida. Se quedó petrificada al notar que Príncipe estaba sentado en el vestíbulo, con los ojos brillando como faros en la penumbra.
—Mueve tu peludo trasero de ahí, saco de pulgas —susurró, pero el gato permaneció impasible, agitando la cola rayada contra la parte inferior de la puerta al tiempo que se relamía los bigotes. Regina miró de un lado a otro, para descubrir si por casualidad la escoba estaba a mano, pero no podía simplemente barrerlo, porque haría un gran escándalo y no quería tener que darle explicaciones a Sharon sobre adonde iba, ya que su hermana no confiaría en ella luego de la manera en que la dejó plantada el día anterior; pero tampoco podía pasar así como así junto al gato, porque se arriesgaba a que la arañara o la mordiera, y le haría flecos las pantimedias. En lugar de eso, se dio media vuelta y fue hasta la cocina, donde buscó a tientas la puerta que daba al patio trasero, y contuvo una maldición cuando plantó un pisotón en el tazón de leche de Príncipe.
Tuvo que regresar a su habitación y cambiarse las pantis. Para cuando volvió al vestíbulo, el gato se había ido a dormir al regazo de su dueña, que ahora estaba roncando, y pudo abandonar la casa sin llamar la atención.
...
En el bar, Claire y Regina se sentaron una frente a la otra en una mesa cerca de la barra, y se mojaron los labios con las frías copas de Martini que sostenían entre las manos. Entonces Claire se disculpó otra vez por su forma de actuar dos noches atrás: argumentó que fue por seguirle la corriente a Susan; como bien sabía Regina, ella no estaba al tanto como Claire de cuánto había sufrido unos años atrás, y de que existían temas que la ponían un poco frágil. Por su parte, Regina le contó a Claire todo lo que le pasó después de irse llorando del bar, pasando por su ahora vergonzosa aventura con Tom Perri, el enojo de Sharon y el plan para cruzar el país en auto.
—¡Es el plan más genial que he escuchado en mi vida! —exclamó Claire—. Serán como Thelma y Louise. Aunque estaría bien que se mantuvieran lejos de los acantilados, para variar. ¿Cuándo se van?
—Lo más probable es que partamos el lunes, o a más tardar el martes. Todo depende de cuándo el mecánico le entregue a Sharon su estúpido monovolumen.