Regina suspiró de nuevo.
—Te dije que lo siento —repitió Sharon—. No pensé que quedaríamos atrapadas; este tránsito no es normal y lo sabes.
—Lo que sé es que debiste hacerme caso cuanto te señalé que no tomaras la salida al oeste —dijo Regina—. Teníamos que salir primero por la autopista al sur, para cruzar de una vez todas las grandes ciudades. Así lo hice cada vez que Vincent y yo fuimos de paseo a las montañas, y nunca tuve problemas. Ahora, gracias a la señorita “seguiremos el itinerario”, la noche nos encontrará sin que siquiera abandonemos la ciudad.
—¿Sugieres que demos marcha atrás? Podemos dormir en casa de nuevo y mañana temprano tomar el camino que a ti te parezca mejor.
—No digas tonterías.
En realidad, no habrían podido volver marcha atrás ni aunque lo hubieran querido. Se hallaban en medio de una autopista de cuatro carriles que se alejaba de la ciudad, apretadas en medio de centenares de vehículos que avanzaban al paso de una persona; los techos de los automóviles se difuminaban, oscilando como llamas transparentes bajo el abrazador sol de la tarde, y el olor a neumáticos calientes impregnaba el aire, así como el sollozo de los cláxones; aquí y allá, se escuchaban conductores insultándose a los gritos, e incluso la propia Sharon fue blanco de algunos de ellos. No obstante, ella mantuvo la vista al frente, con ambas manos sobre el volante mientras tarareaba “My Sweet Escape”, de Gwen Stefani, que había sonado en la radio unos minutos atrás. A Regina, que estaba malhumorada por el calor y no paraba de dar sorbos a una botella de agua que retorcía entre las manos, su actitud la molestó sobremanera.
—Quizás sería todo más llevadero si la radio no apestara tanto—comentó. Y es que más allá de la canción que tarareaba su hermana, la radio solo había pasado anuncios y canciones al estilo de Justin Bieber.
—Entonces pon algún disco —dijo Sharon—. Hay varios en la guantera.
Al abrirla, Regina vio que era así: había tantos discos que apenas se podía meter los dedos para tomarlos; apretó la botella entre sus rodillas y extrajo un manojo.
—Keane, Thirteen Senses, Coldplay... —leyó mientras repasaba las portadas—. ¿Qué clase de música es esta? ¿No tienes algo más pesado, como AC/DC, Guns and Roses o alguna banda digna de escucharse en un viaje por carretera?
—No te quejes y pon alguno.
—¿Cuál sugieres?
Sharon señaló una portada: era Begin to Hope, de Regina Spektor. Su hermana la miró con recelo, pensando que quizás le estaba tomando el pelo, pero aun así puso el disco en el reproductor, y el piano cristalino de Fidelity invadió el interior del monovolumen.
—Esto es peor que la radio —señaló.
—A mí me gusta —dijo Sharon—. Amo la música de esta mujer desde que la escuché cantar al final de la película de El príncipe Caspian. Además, es el disco favorito de Jill.
Regina no le respondió. Se cruzó de brazos y se quedó mirando la ventana que tenía a su derecha: seguía enojada, pero la mención de Jill la hizo recordar lo duro que estaba siendo para su hermana estar lejos de sus hijos, y retomó la actitud de reserva que se había planteado mantener para no mortificarla más de la cuenta. Además, el disco no estaba tan mal, así que el humor de Regina mejoró de a poco, y tuvo que esforzarse en mantener los brazos y las piernas rígidos, para evitar dejarse llevar por el ritmo y que su hermana viera que lo estaba disfrutando. Siguió peleando con ella para disimular.
—No entiendo cómo puedes utilizar ese sombrero— dijo, y Sharon la miró con desconcierto.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó, apoyándose una mano sobre la cabeza: llevaba una capelina color paja encima de su cabello recogido, y solo dos mechones se escapaban por debajo cerrándose como una pinza, uno a cada lado de su rostro.
—Está bien para trabajar en tu jardín, pero es tonto que lo utilices en el auto: te hace ver mayor de lo que eres.
—A mí me gusta, y me protege la vista del sol, ¿acaso no ves lo fuerte que está?
—Para eso existen las gafas de sol, Einstein.
—Pues yo prefiero mi sombrero.
Y así siguieron. Para su sorpresa, no pasó mucho tiempo hasta que llegaron al punto donde los vehículos quedaban atascados: al parecer, un enorme camión con tráiler había volcado en mitad de la autopista, formando un muro perpendicular sobre el asfalto. Regina estiró la cabeza cuando pasaron a su lado a través del único carril libre, intentando ver si había algún herido entre los vehículos de emergencia que lo rodeaban, pero se llevó una decepción al notar que todo parecía intacto. Esta decepción le duró poco al notar que el tránsito ganaba velocidad a partir de ahí.
—Eso es —dijo Regina, con la mirada clavada en el velocímetro: ya casi iban a cien kilómetros por hora—, por fin empieza nuestro verdadero viaje.
Apenas dijo esto, hubo una fuerte detonación y el volante se movió con voluntad propia entre las manos de Sharon: primero le dio un tirón a la derecha, luego a la izquierda y después a la derecha una vez más hasta que ella logró estabilizarlo. Sharon apretó los puños y cada tendón de su brazo quedó en tensión bajo su piel; lo mismo le pasó a su hermana, que se aferró con fuerza al salpicadero, como si temiera que podría salir volando del asiento: llevó el monovolumen hasta la banquina.