Se detuvieron en un restaurante para tomar una cena que ambas comieron con avidez, y luego, ya en estado de somnolencia, siguieron a un motel cercano. Tuvieron suerte de conseguir una habitación, la cual tendrían que compartir. Estaba en una segunda planta: aunque por suerte tenía dos camas, solo había un baño, así que se turnaron para usar la ducha. La primera en hacerlo fue Sharon, mientras Regina salió al pasillo exterior que conectaba toda la planta para fumarse un cigarro apoyada en la baranda que daba al estacionamiento. Entonces se le ocurrió encender el celular, que lo mantenía apagado desde la noche antes de partir de la casa de su hermana, y vio que tenía un par de mensajes de Claire: en ellos, se disculpaba por su comportamiento y le pedía que por favor la llamara para hacer las paces. Regina no dudó ni un momento en hacerlo.
—Hola, Claire —la saludó en cuanto le tomó la llamada.
—Regina, ¿cómo estás? —saludó ella—. Me ignoraste por tanto tiempo que temí perderte como amiga.
—Eso nunca, aunque sí estoy dolida por lo que me dijiste el sábado.
—Y yo lo estoy por el baño que me ligué. Tuve que volver a casa para cambiarme de ropa y después quedé de tanto mal humor, que decidí no salir a bailar: ¿te imaginas a Claire, reina de las fiestas, quedándose a dormir un sábado por la noche? Pues así de afectada quedé.
Claire hablaba con su habitual tono sarcástico, así que Regina no pudo contener las ganas de reír.
—Maldita sea, Claire: ¿por qué no puedo enojarme contigo? —preguntó, escuchando como su amiga también se reía—. Te mereces eso y más, pero lo cierto es que me remuerde la conciencia haberte arruinado la blusa tan bonita que llevabas ese día, así que te pido disculpas por eso.
—Y a mí me remuerde la conciencia haber dicho que eres una zorra. Lo eres, porque de lo contrario no serías tan genial, pero no eres una roba novios.
—Gracias por el cumplido: disculpas aceptadas.
Así de fácil les resultó pasar página a sus problemas. Regina sabía que, si todavía seguía cuerda, era gracias a Claire, y si en algunas ocasiones llegaba a olvidarlo, nunca era por mucho tiempo. Conversaron un rato de temas intrascendentes, como lo eran las efímeras relaciones de Claire, o el nuevo novio de Susan, y al final su amiga terminó preguntándole a Regina cómo iba todo en el viaje.
—De momento, mejor de lo que esperaba. La verdad es que me está haciendo bien estar lejos de la ciudad.
—¿Ya te embriagaste?
—Claro que no: hace como cuatro días que no pruebo un trago.
—Entonces las cosas no están yendo tan bien. Espero que tu hermana no te esté corrompiendo.
—Lleva años intentándolo, así que tendrá que esforzarse mucho si quiere lograrlo esta vez. Como te dije el sábado, solo espero el momento adecuado para salirme con la mía.
—Ojalá que sí, pero si te ves muy asfixiada por ella, no te olvides que puedes hacerle una visita a mi prima Lindsey: la única chica fiestera en el mundo que tiene tanto estilo como yo. Anoche le comenté sobre tu viaje y me dijo que estaría más que encantada de recibirlas en su casa a ti y a tu hermana. ¿Sabías que tiene un hermano que está para chuparse los dedos? Si te ves muy necesitada, puedes echarle los perros; o en su defecto pegárselo a tu hermana.
—Interesante dato —dijo Regina, exhalando una bocanada de humo que subió como un fantasma a la luz de las farolas—. Lo tendré en cuenta.
...
Al día siguiente, su viaje por las montañas no fue tan solitario, si se puede decir así, como en la jornada anterior. Solitario jamás fue, porque estaban en mitad del verano y los caminos del país estaban atestados de turistas que, como ellas, querían disfrutar de la belleza de aquellos territorios bañados por el sol, pero sí que ya no estuvieron tan ensimismadas y se decidieron a detenerse en atracciones más concurridas. El principal problema fue que Sharon ya no estuvo tan flexible con el itinerario, y a todas partes donde se detenían se paraba a consultar su reloj de pulsera. “Tranquilo, Phileas Fogg, recuerda que estamos de vacaciones”, le dijo Regina en más de una ocasión. Sin embargo, su actitud no cambió ese día ni el siguiente, y aunque Regina se esforzó por mantener su buen humor, recordándose también a sí misma que estaban de vacaciones, tenía que poner de todas sus fuerzas para ser indulgente con su hermana. Para colmo, los lugares que eligió para detenerse rozaban entre lo aburrido y lo insufrible: la mañana del tercer y último día en las montañas, fue ella quien miró con impaciencia el reloj mientras recorrían una mina abandonada escuchando a un guía de voz monótona relatarles la vida de aquellos que la excavaron alguna vez. El alivio le llegó a la hora del almuerzo, que tomaron en una zona de descanso cercana; después continuaron por la carretera.
—Regina, dime por favor cual es nuestra siguiente parada en el itinerario —pidió Sharon entonces, pero Regina, en el asiento del copiloto, se mantuvo de brazos cruzados—. Te lo pregunto porque se me acaba de ocurrir una idea.
—¿Qué idea?
Sharon condujo medio kilómetro antes de responder.
—He pensado que esta noche podríamos acampar. Hay una zona en ideal para hacerlo pasando la próxima ciudad.
—Suena bien, supongo.
—El único problema es que me acabo de dar cuenta de que no compramos malvaviscos, así que tendremos que parar en un supermercado.