La Ruta del Atardecer

6. Fidelidad

Esa noche, Regina se la pasó dando vueltas en su saco de dormir, atenta a la respiración de su hermana, que al parecer era tan incapaz de pegar los ojos como ella. Quería volver a preguntarle por Jack y su motivo para ocultarle el viaje, porque todavía no salía de su asombro. Sin embargo, una barrera tan densa como la oscuridad de la noche se había levantado entre ambas, y Regina tenía la sensación de que estaban en mundos opuestos a pesar de lo apretadas la una contra la otra que las mantenía el pequeño perímetro de la carpa.

Por eso estaba tan abatida cuando Sharon salió de la carpa al despuntar el alba. La siguió al exterior y se la pasó un buen rato dando vueltas por el claro, fumando su primer cigarro del día mientras su hermana empezaba a guardar los utensilios del campamento en el interior del monovolumen. Más tarde, la ayudó a guardar los sacos de dormir, desarmaron la carpa y se abrocharon los cinturones, con Sharon tras el volante. El guardia que las saludó por la noche, volvió a saludarlas desde su caseta al verlas abandonar el camping, y ellas le devolvieron el gesto esbozando las sonrisas más falsas que se hayan visto jamás. Tomaron la carretera hacia el suroeste, en busca de una zona de descanso donde pudieran desayunar, y antes de que hubieran recorrido un kilómetro el celular de Regina empezó a sonar. Abrió los ojos como platos cuando vio en la pantalla a quién pertenecía; ni bien dijo “hola”, le llegó la voz exasperada a través del auricular:

—¿Qué fue lo que hiciste esta vez? —preguntó—. ¡Me acabo de enterar que Sharon y tú todavía están en el país!

—Mamá, yo...

—¿Está Sharon contigo? La he llamado como tres veces y me da tono de ocupado.

—Sí, está a mi lado —confirmó Regina, intercambiando una mirada con su hermana, que apretó el volante con fuerza entre sus manos—. Si quieres te la paso.

Sharon negó con la cabeza, como queriendo eludir la necesidad de hacerle frente a la furia de su madre, pero Regina estiró el brazo con el teléfono hacia ella, sosteniéndolo como si se tratara de una serpiente peligrosa. No tuvo más remedio que afrontar lo inevitable.

—Hola, ¿mamá? —la saludó, apoyándose el celular contra la oreja—. Sí, soy yo...

Regina se quedó de brazos cruzados, como si así pudiera protegerse de la hostilidad del tono de su mamá, cuya voz se escuchaba como un bramido inteligible entre las respuestas monosílabas de su hermana. Para cuando ella bajó el celular y se lo devolvió, indicando que todo había pasado, las manos le temblaban y sentía el estómago revuelto, igual que si hubiera sido testigo de una matanza. Sharon estaba pálida.

—Hacía años que no la escuchaba gritar —observó Regina, y Sharon asintió de forma robótica.

—Una tía de Jack le hizo llegar el chisme de que me quedé aquí contigo. Luego habló con él para preguntarle lo que había pasado, y se le cayó el alma al piso al saber que apenas tenía noticias de nosotras, así que fue a casa. Me temo que la señora Carter le contó de nuestro viaje al oeste, y que muy pronto Jack se enterará también.

Regina se abrazó con más fuerza el torso.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó al cabo de un minuto.

—No lo sé.

Permanecieron en silencio hasta llegar a la zona de descanso, donde quedaron de reunirse en la cafetería después de que Sharon cargara el tanque de combustible del monovolumen. Regina pidió el café para ambas, así como una buena porción de una tarta de manzana, y se acomodó en una mesa que estaba junto al ventanal que daba a la carretera, que brillaba dorada a la luz de la mañana ante un muro de pinos que se mecían con la brisa; pero hizo como que no vio a su hermana, que caminaba de un lado a otro por el estacionamiento, haciendo ademanes en el aire con la mano derecha mientras se apretaba el celular contra un lado de la cara. Si Regina cerraba los ojos, por debajo del rugido de los camiones y los vehículos que entraban y salían de la estación de servicio, podía escuchar su voz suplicante.

Sharon entró al comercio al cabo de varios minutos y se sentó frente a su hermana sin pronunciar palabra. Aunque Regina notó que las personas desde la barra y desde las otras mesas cuchicheaban a su alrededor, siguió atacando la tarta con el rostro vuelto hacia la mesa. Solo al notar que Sharon apenas probaba su café, se atrevió a mirarla a la cara y notó que tenía los ojos rojos por llorar.

—Deberías probar esta tarta antes de que me la acabe —le dijo—: está para chuparse los dedos.

—No tengo hambre —dijo Sharon, y como se dio cuenta de que habló de forma brusca, agregó—: sabes que no me gusta la tarta de manzana. Prefiero la fruta fresca.

—Es cierto, olvidé que eres una especie de hípster. El café no lo rechazarás, espero. Eso sí que iría en contra de tus principios.

Sharon curvó los labios en una mueca similar a una sonrisa y estiró la mano hacia su taza de café.

—Por supuesto que no —dijo.

...

A partir de ahí, Regina se hizo cargo del volante, y continuaron el viaje por la carretera hacia el oeste. Sin apenas notarlo, habían dejado atrás a las montañas y se encontraban metidas de lleno en mitad de los humedales, que fueron sucediéndose junto a ellas entre pueblo y pueblo. Ahí, la niebla parecía atrapada sobre los espejos de agua, entre las matas de juncos y las ramas retorcidas de los cipreses, y el olor de algas en descomposición les llegó por las ventanillas bajadas, junto al canto de las aves acuáticas; aunque a esto último apenas le prestaron atención. Aquella era también la tierra del jazz y del blues, lo que ya se notaba en la radio, que encendieron en un intento de subirse el ánimo. Ni Regina ni Sharon eran muy fanáticas de este estilo: a Sharon le iba más la música indie y alternativa, mientras que Regina solía quedarse a medio camino entre el punk y el pop; pero encontraron un punto medio entre sus gustos y lo que se oía en aquellas latitudes, sintonizando una radio que pasaba solo rock sureño, desde bandas clásicas como Lynyrd Skynyrd, a otras más modernas como Drive-By Truckers. Precisamente sonaba una canción de esta última, titulada: “Zip City”, cuando cruzaron el puente sobre el gran río de aguas pardas, que las dejó en el centro de una de las ciudades más grandes de aquel estado.




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