En la mañana, ninguna de las dos mencionó lo que pasó en el lago. Se turnaron para darse una ducha y quitarse así el pegote de la noche, treparon al monovolumen con sus maletas y cruzaron el puente por encima de la represa, en dirección al pueblo que estaba en el extremo opuesto. Mientras tomaban el desayuno en silencio, sentadas una frente a la otra en la mesa de una cafetería sumida en el estupor de gente que todavía seguía con las sábanas pegadas, Sharon se dio cuenta de que ya no podían eludir la cuestión de si continuaban el viaje o se volvían para tomar el avión fuera del país. Pero cada vez que abrió la boca para decir algo, la detuvo la certeza de que acabarían discutiendo.
Por eso se cruzó de brazos y permitió que Regina tomara el volante. Notó que, a pesar de su silencio, no parecía estar afectada, ni que durmiera la mitad de mal de lo que lo hizo ella, porque iba tarareando una canción mientras conducía fuera del pueblo en dirección al oeste, tomando la decisión que no se animaban a verbalizar. Tan notorio era su buen humor, que Sharon se relajó hasta el punto de que se puso a ojear distraídamente el itinerario, diciéndose que lo ocurrido no tenía importancia, que había hecho bien al volver al dormitorio y acostarse como si nada. En aquel momento, se la pasó un buen rato dando vueltas sobre las sábanas, atenta a los sonidos del exterior, con la esperanza de que anunciaran el regreso de su hermana. Este ocurrió tres cuartos de hora más tarde, y Regina fue derecho a esconderse en el baño, donde se escuchó el traqueteo de la ducha. Pasado el miedo que la poseyó al borde del lago, el pecho le ardía hasta el punto que Sharon creyó que haría erupción como un volcán, y tuvo que aferrarse a la almohada con ambos brazos para contenerse. Mantuvo el cuerpo hecho un ovillo, de espaldas a la cama de Regina, y procuró ignorarla mientras ella salía del baño y se tendía para dormir.
—Espera un momento —dijo Sharon, sacada de su ensimismamiento—. Estás tomando el camino equivocado. Este nos lleva muy al norte.
—Lo sé —dijo Regina—, no estoy siguiendo tu itinerario.
—¿Y se puede saber por qué no?
—Porque ni tú ni yo pactamos todavía continuar la búsqueda del hotel; y, por lo tranquila que estás, doy por hecho que tampoco tienes interés en volver con tu esposo. Por eso pensé que deberíamos probar cambiando un poquito los planes. ¿Alguna vez te hablé de Lindsey?
—No, pero imagino que se trata de alguna de tus amigas alcohólicas.
—Exacto. Es una prima de Claire con la que alguna que otra vez he salido de fiesta cuando va de visita al este. Hablé con ella esta mañana, mientras te duchabas, y me dijo que encantada nos recibirá unos días. Su familia tiene un rancho y ella ayuda a su padre en las tareas administrativas. Por lo que me dijo, la casa es grande y tendremos habitaciones para cada una.
—¿Y qué se supone que vamos a hacer metidas en una casa que no conocemos?
—Ya te lo dije: es la prima de Claire, así que no será una visita a unos desconocidos. Además, es la persona más genial que conozco, por lo que estoy segura de que tener su compañía por un par de días nos subirá el ánimo. Creo que no tengo por qué señalar cuánto lo necesitamos.
Sharon no siguió discutiendo. La incomodaba tener que dejarse llevar de nuevo por los caprichos de Regina, porque fue por culpa de eso que estaban metidas en ese viaje para empezar. Pero después de ver la reacción de su hermana en el lago, se dio cuenta de cuán importante era continuar, y no podía negar que ella tenía razón: debían subirse el ánimo. Entonces, aceptada la idea, cerró el itinerario que tenía apoyado sobre las rodillas y se puso a revolver entre los discos de la guantera para distraerse de otro pensamiento que ya asomaba desde el fondo de su mente:
¿Cómo se lo diría a Jack?
...
Faltaban dos horas para la puesta de sol cuando divisaron la casa de Lindsey, y ninguna de las dos fue más feliz que Sharon. Regina se había pasado la hora anterior conduciendo por senderos de tierra que culebreaban entre las plantaciones de maíz, trigo y soja que emparchaban aquellas colinas desoladas, al mismo tiempo que seguía las instrucciones de su amiga, que le hablaba por el celular que mantenía apretado entre el hombro y la oreja izquierda. Esto hacía que su conducción fuera descuidada, y en más de una ocasión mordió con las ruedas el borde de las cunetas que estaban a la orilla del camino; y aunque Sharon llevaba puesto el cinturón de seguridad, fue agarrada a los costados de su asiento, gritándole a su hermana que tuviera cuidado y encomendándose a la divina providencia con el deseo de que no acabaran el viaje patas arriba.
La casa coronaba la cima de una colina que dominaba a todas las demás, y sus tejados empinados y chimeneas asomaban detrás de un muro de árboles, junto a un invernadero, varios graneros y silos, asemejando a un castillo. Un seto de espinos separaba aquel sitio de los cultivos amarillos, con una sola abertura que fue la que traspasaron para subir por el camino hasta la entrada misma de la casa, delante de la cual Lindsey daba saltos y les hacía señas con el brazo que no sostenía el teléfono.
—Hola, chicas —las saludó mientras se apeaban del monovolumen; y dirigiéndose a Regina agregó—: No me extraña que tardaras tanto en llegar en esa carcacha: ¿Se puede saber dónde te la compraste?
Regina se rio.
—La carcacha es de mi hermana, no mía. Y te informo que tardamos en llegar porque tu casa está en medio de la maldita nada. Por cierto, ella es mi hermana: se llama Sharon.